Miré a José. Tenía la cara un poco roja, tenso, los labios fruncidos.
Lo supe al instante: Había discutido con Natalia, su novia.
—¿Estás bien? —le pregunté separadme un poco de el.
—Sí... —suspiró—. Vamos a clase.
Asentí, porque sinceramente no tenía cabeza para escuchar sus dramas cuando mis labios todavía estaban palpitando.
Corrimos a Historia.
La profesora ya estaba allí, así que nos ganamos una mala cara en cuanto entramos.
Nos sentamos en nuestros asientos y, como si mi mente no fuera ya un caos, la profesora anunció que pasaríamos la hora viendo una película de la cual tendríamos que hacer un ensayo.
Todos soltamos un suspiro resignado.
Pasé una hora así... sin ver absolutamente nada.
Mi mente seguía atrapada en esos besos.
Sin querer, pasé mis dedos por mis labios, justo donde leve ardor volvió a mis labios.
¿Acaso... me había mordido?
Una mini sonrisa apareció en mi boca.
¿Qué me estaba pasando?
Él y yo nunca hemos sido amigos. Bueno... amigos-amigos, no.
Él solo vive para molestarme. Nos conocemos desde pequeños, pero no porque seamos vecinos. Simplemente hemos ido al mismo instituto desde niños.
Es lo que pasa cuando vives en un municipio pequeño, ¿no?
Pero tampoco es que nos llevemos tan mal. Eduardo es... complicado.
Sus padres murieron en un accidente de tránsito cuando él era apenas un bebé.
Desde entonces, su hermano mayor obtuvo su custodia y se hizo cargo de todo: de criarlo... y de las empresas familiares.
La familia de Eduardo era dueña de varios talleres en la ciudad, un negocio que, con los años, se convirtió en algo bastante rentable.
Nunca fueron exageradamente ricos, pero sí lo suficiente como para vivir con ciertos lujos.
Pero crecer así no es fácil.
Su hermano tuvo que convertirse en adulto demasiado pronto, y Eduardo... bueno, Eduardo creció aprendiendo a no depender de nadie.
Todo el mundo conocía su historia.
Pero nadie entendía realmente lo que había hecho con él.
—Kiara... Kiara.
José me sacó de mi trance de pensar en Eduardo, pellizcando mi brazo.
—¿Qué? —susurré, para que la profesora no nos escuchara.
—¿Por qué te estás sonrojando?
— No me estoy sonrojando.
—Claro que si, que te pasa.
—No me pasa nada.
—Claro que sí.
—Que no.
—Que sí.
—Que no.
—Kiara...
—¿Tiene algo que compartir con la clase, señorita? —la voz de la profesora nos cortó.
Los dos bajamos la cabeza.
La profesora retomó la película.
José me pasó un papelito.
Te conozco. Sé que pasó algo.
Tomé mi lápiz.
Nada. Solo que hace calor.
Le pasé el papel.
¿Calor? Si está lloviendo.
Miré hacia la ventana.
Ni siquiera me había dado cuenta de que había empezado a llover.
—Señorita Kiara, ¿puede venir? —me llamó la profesora.
Me levanté.
—Con sus cosas.
Ahí mi corazón se detuvo.
Tomé mi bolso con manos temblorosas y caminé hasta su escritorio.
—Sígame.
Salimos al pasillo y fuimos directo a dirección.
—Señorita Tonso, yo... —empecé a decir.
—Shh —me calló.
Entramos.
—Buenos días, director.
—Buenos días, señorita Tonso. ¿En qué puedo ayudar?
—Bueno, esta señorita se cree muy chistosa: habla en mi clase y, además, comparte papelitos con su compañero.
Cuando la profesora se apartó, el director me miró sorprendido.
Lo entendía. Yo siempre he sido una alumna que no se mete en problemas.
Y literalmente estaba temblando.
—Kiara —dijo el director.
—Buenos días —respondí bajando la cabeza.
—Creo que un día en detención la ayudará.
—¿¡Qué!?
—Señorita Tonso, lo siento mucho. Le prometo que no volverá a pasar —dije rápido.
—Shh. Silencio.
Me callé.
El director me miró, escuchó a la profesora y, como según él es mi primera vez, no me enviaría a detención... pero sí tendría que hacer servicio en la escuela.
Yupiii... Mi dia mejora.
—Con que recoja los materiales de la cancha estará bien.
Suspiré.
Pero al ver la cara furiosa de la profesora, algo hizo clic en mi cabeza.
Estaba lloviendo.
No había entrenamiento.
La práctica se había cancelado.
No había nada que recoger.
Ah... por eso estaba molesta.
No había castigo real.
Director, usted es mi ídolo, quise gritar.
—Pero... —empezó a decir la profesora.
— señorita Tonso, Kiara es una alumna ejemplar. Creo que por esta vez podemos ser un poco más... flexibles —intervino el director.
—Señor director, la señorita Kiara ha tenido un comportamiento indiscutible hoy en mi clase, y no creo que usted, premiándola, esté dando el ejemplo correcto...
—¿Le parece que la señorita Kiara recoja todos los útiles de educación física durante 30 días? —propuso el director.
Sentí que el mundo se me venía encima.
No... no, no, no.
—Perfecto. Yo misma la supervisaré —añadió la profesora, con evidente orgullo.
Genial.
Mi día oficialmente acababa de arruinarse.
