Mi problema.

Capitulo 4: Bajo la lluvia.

Llegué corriendo a ese lugar seguro al que siempre voy cuando la vida pesa demasiado.

El cementerio estaba vacío.
La lluvia caía constante, fina, fría.

Me senté frente a la tumba de mi mamá y lloré, con el agua deslizándose por mi cara, mezclándose con mis lágrimas.

La extraño mucho.

La perdí hace tres años, después de luchar contra el cáncer.
Desde entonces, mi papá y mi hermana mayor han sido todo lo que me queda... pero hay días en los que la necesito tanto que duele respirar.

—Mami... te extraño mucho.

Mi voz salió rota.

—Hay días... como hoy... en los que duele respirar sin ti.

Me incliné hacia adelante, llorando.
Mis lentes cayeron al suelo, pero no me importó.

—¿Por qué te fuiste?... ¿por qué me dejaste sola? No sabes cuánto te necesito...

Y era verdad.
Sabía que tenía a mi papá y a mi hermana... pero no era lo mismo.
Quería escucharla.
Quería que me dijera qué hacer, como siempre.

¿Por qué ella me ataca?... ¿por qué es así conmigo?

Me abracé a mí misma. Tenía frío.

No sé cuánto tiempo estuve allí.
Solo sé que la lluvia empezó a calmarse... y mi cuerpo a rendirse.

Mis dedos dolían.
Todo se sentía pesado.

Mi espalda estaba pegada al cemento frío.

Quería cerrar los ojos.
Quería que el dolor se apagara.

—Cuatro ojos...

Escuché una voz lejana.

—Cuatro ojos, ¿qué haces aquí?

Sentí cómo alguien me movía suavemente.

Abrí los ojos.

Eduardo.

—No tengo ganas de hablar contigo... —murmuré.

—Pues no parece que estés en condiciones de decidir —respondió—. Vamos, te llevo a casa.

—Gracias... pero puedo caminar...

Intenté incorporarme, pero mi cuerpo estaba rígido, torpe.

—¿Te has vuelto loca?

Me levanté... y casi caí.

Lo escuché maldecir en voz baja.

Y entonces... me levantó en brazos.

—Iba a caminar... —protesté, débil.

Pero en lugar de apartarme... me aferré más a él.

Porque tenía calor.
Y yo estaba helada.

—Cuatro ojos, estás casi morada.

—No es tu problema...

Murmuré, apoyando la cabeza en su pecho.

Me subió a su camioneta, me puso el cinturón y cerró la puerta.
Luego rodeó el vehículo, se sentó al volante, encendió la calefacción y arrancó.

—Estás completamente loca —dijo en voz baja—. Pudiste morir de hipotermia.

Guardé silencio unos segundos.

El calor empezaba a envolverme... pero el vacío seguía ahí.

—¿Cuándo deja de doler...? —pregunté, casi inconsciente.

Escuché cómo soltaba un suspiro.

Nunca deja de doler.

Fue lo último que escuché... o tal vez imaginé...

Sentí algo cálido a mi lado.
Y un olor conocido.

Abrí los ojos de golpe.

Estaba en mi habitación.

—¿Pero...? ¿Cómo llegué aquí? ¿No estaba con Eduardo? ¿Fue un sueño?

Miré alrededor.

No veía bien.

Me llevé las manos al rostro.

Ah... ahí estaba el problema.

No tenía mis lentes.

Tanteé la mesa de noche... pero no estaban.

La puerta de mi cuarto se abrió.

Mi hermana entró con un vaso de jugo y un plato con un sándwich.

—Señorita, usted tiene una larga explicación que darme —dijo con tono de regaño, dejando todo en el escritorio, junto a mi laptop.

—¿Sí? —pregunté, todavía confundida.

Cruzó los brazos.

—¿Por qué Eduardo apareció en la puerta cargándote en brazos, dormida, mojada y temblando de frío?

Me quedé congelada.

—...¿Entonces sí pasó? —dije casi gritando.

—¿Pasó qué?

Me levante como resorte y empecé a caminar de un lado a otro.

—Oh, Dios mío... espera... espera...

Me giré hacia ella.

—¿Me cargó?

—Sí.

—¿En brazos?

—Kiara...

—¿Tipo... novela? ¿Cómo protagonista dramática bajo la lluvia?

—Kiara.

—¿En serio tipo telenovela?

¡KIARA! —gritó—. Deja de dar vueltas y empieza a hablar ya.

Me detuve.

Porque ahora sí...

tenía que explicar demasiadas cosas.

Y no sabía por dónde empezar.

—Primero necesito saber algo —dije.

—¿Qué?

—¿Tú fuiste quien me trajo a mi cuarto, verdad?

Mi hermana negó con la cabeza.

—Él subió —dijo—. Te dejó en la cama.

—¿Qué? No... dime que no es verdad.

—Pues sí.

—¿Por qué lo dejaste? —pregunté, mirando el desastre de mi cuarto.

—Así empiezas a limpiar tu habitación, ¿no crees?

La miré horrorizada.

Ella solo sonrió.

—¿Por qué? —grité, lanzándome a la cama.

—No seas dramática, Kiara. Solo te subió a tu habitación y se fue. No duró mucho.

—¿En serio? —pregunté, levantándome de golpe, con un brillo de ilusión que no pude ocultar.

—No iba a dejar a un chico en tu habitación —respondió, arqueando una ceja.

Me levanté y la abracé.

—¡Gracias!

—Ah, no, no... nada de abrazos —dijo, apartándome mientras cruzaba los brazos.

Me miró fijamente.

—Ahora sí. ¿Por qué estás así? Y quiero la verdad.

Tragué saliva.

Ahí estaba.

Mi fin.

Si esta historia ya te está haciendo sentir cosas… ven a mis redes, ahí hablamos sin filtros sobre lo que acaba de pasar.




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