Mi problema.

Capitulo 7: Volver a repetir

La peor forma de comenzar el día.
Tuve que usar los lentes de contacto para ir al colegio porque, si no, iba a terminar chocando con cada estudiante en el pasillo.

Eduardo me había respondido en la mañana con un simple:

ok.

Y no sé si es que tengo el cerebro un poco mal... pero ese simple mensaje me molestó.

Claro.
¿Cómo no?
No soy esa chica.

Mi celular vibró.

Mejor amigo:
Estoy fuera.

Salí.

José había pasado por mí.
Y sí... con Natalia.

Por un segundo, quise llamar a Eduardo y cambiar de idea. Decirle que sí, que podía pasar por mí. Pero suspiré y seguí mi rutina de todos los días, como si nada hubiera pasado.

El camino fue incómodo.

Todavía tenía las palabras de Natalia dando vueltas en mi cabeza... y, sinceramente, verlos tomados de la mano, felices... no era bueno para mi corazón.

José y Natalia se despidieron en la entrada con un beso, como siempre.
Un beso que claramente me lastimaba. Me mataba. Lo odiaba.

Después caminamos juntos a clase.

—Kiara... siento mucho lo de ayer. Fui un idiota por no decirle a la profesora que fue mi culpa. Pero lo arreglé.

Lo miré sin entender.

—Le expliqué que yo fui quien empezó a molestarte y a pasar los papelitos. Perdón... no volveré a meterte en problemas.

Ahí caí en cuenta.

Él pensaba que todo lo de ayer... era por el castigo.

Solté un suspiro interno.

A veces odiaba eso de él...
y al mismo tiempo, por eso me gustaba tanto.

Siempre estaba dispuesto a arreglar todo por mí.

—No tienes que presentarte al castigo —dijo José—. Yo lo haré por ti.

—¿Ah? —parpadeé, todavía embelesada.

—No tienes por qué hacerlo.

Sonreí, negando con la cabeza.

—José, tranquilo. Eres mi mejor amigo... además, te lo cobraré más adelante.

—Kiara...

—Iré a ese castigo —me encogí de hombros—. Además... me vendrá bien.

Frunció el ceño.

—¿Desde cuándo un castigo te hace bien?

Soltó una risa suave.

En ese momento, el profesor entró al salón.

Nos sentamos en nuestros puestos y pasamos la primera hora de física haciendo un taller que José y yo resolvimos tranquilos, como siempre. Cómplices. Demasiado cómplices para ser solo amigos.

Luego sonó el timbre para la segunda clase: biología. Caminé con José riendo y bromeando. Ese era el problema. Él tenía ese encanto de hacerme olvidar todo.

Por eso me gustaba. Por eso llevaba cuatro años completamente derretida por él.

La clase de biología fue ligera. El profesor era de esos que hacían todo más fácil.

En el receso, José tomó mi brazo y lo rodeó con su mano. Siempre hacía eso.
Y mi corazón... como siempre, se aceleró.

Al entrar a la cafetería, Natalia nos esperaba en la mesa de siempre. Caminamos hacia allá, pero antes de sentarme algo llamó mi atención.

Eduardo caminaba por el jardín... con mis lentes en la manos.

—Vuelvo después —le dije a José.

Salí sin esperar respuesta y corrí tras ese huracán de problemas, hasta que lo vi meterse debajo de las gradas.

Mi corazón empezó a hacer marionetas dentro de mi pecho.

Dejé de correr y me acerqué despacio.

—Oye, esos son mis lentes.

—Cuatro ojos... ¿nos volvimos a encontrar? —dijo señando el lugar—. Me trae recuerdos. Aunque hoy no eres cuatro... te ves bien.

Rodé los ojos.

—Dámelos.

—Claro... —respondió—. Pero primero quiero mi pago por haber tenido que ir a buscarlos bajo la lluvia.

Gruñí.

Me cruce de brazos a la defensiva.

—¿Y qué será?

Se puso de pie y se acercó peligrosamente.

—Me gustaría repetir ese beso.

Mis pensamientos se apagaron.

—¿Q... qué?

Se acercó mucho más.

Podía contar cada de sus pestañas largas y oscuras.

—Un beso, cuatro ojos... o mejor, varios.

—Estás loco —dije, retrocediendo.

Pero me tomó de la cintura y me atrajo hacia él.

Sentí mi boca seca.

—Tú quieres los lentes. Yo quiero ese beso… y sé que tú también.

—Eso es extorsión.

—Yo lo llamo ser justos.

—No te voy a besar.

—Bueno... entonces me quedo con tus lentes.

—Puedo vivir con los de contacto.

Sonrió apenas.

—¿En serio? Porque te ves más guapa con estos.

Mi corazón latía demasiado rápido.

Mi mente... completamente en blanco.

Mi cara seguramente... muy roja.

Se inclinó otra vez.

Sus labios quedaron a centímetros de los míos, como tentándome. Iba a dar un paso atrás, lo juro... pero rozó sus labios con los míos y todo se congeló.

Solo fue un roce.
Uno mínimo.
Pero suficiente para que mis labios empezaran a cosquillear.

Creo que mi cerebro se frito, porque di un paso... y en lugar de retroceder, avancé.
Volví a rozar sus labios.

Nos quedamos mirándonos, sin entender, como si buscáramos una explicación que ninguno tenía.

Entonces llevó una mano a mi cuello, levantando ligeramente mi rostro, como cansado de ese juego.

Y esta vez...

No me dio tiempo de pensar.

Porque...

Fui yo.

Lo besé.

Subí mis manos a su pecho, mientras él apretaba mi cintura con más fuerza.

Mi corazón estaba completamente fuera de control.

Perdóname Diosito pero este chico besa muy rico.

Me puse de puntillas, mientras mi manos subieron a su cuello.

—Eduardo, es... —la voz de un chico apareció de repente.

Me separé de golpe, jadeando por aire.
Le arranqué los lentes de la mano y salí corriendo sin mirar atrás.

Pero lo peor… fue una sensación extraña de querer volver...

Nota.

Si esta historia ya te está haciendo sentir cosas... ven a mis redes, ahí hablamos sin filtros sobre lo que acaba de pasar.




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