Mi problema.

Capitulo 8: Algo acababa de empezar.

Llegué al baño, me encerré y me eché agua en la cara hasta que mi corazón empezó a calmarse.

—No fue nada, Kiara. Solo un estúpido beso... que no va a volver a pasar otra vez—murmure con las mano temblando como si hubiera cometido el peor de los crímenes.

Suspiré y volví a echarme agua.

Un beso que te gustó, gritó mi mente.

—Cállate.

Te gustó, acéptalo, insistió.

—No.

Entonces, ¿por qué estás temblando por un simple beso? se burló.

Tomé más agua y me la lancé en la cara tres veces seguidas.

Mi respiración se aceleró.

Me llevé una mano al pecho.

—¿Pero qué me pasa? ¿Por qué ese idiota hace esto conmigo?

La puerta de uno de los cubículos se abrió.

—¿Estás bien?

Una chica bajita, de mi tamaño, cabello cobrizo, pecas y una sonrisa bonita me miraba con curiosidad.

—Sí... solo... mucho calor.

Me observó como si pudiera leerme por dentro.

Soltó una risita y negó con la cabeza mientras se acercaba a lavarse las manos.

—Sí... los chicos causan desastres.

La miré con horror.

—¿Se nota mucho?

Soltó una carcajada.

—Solo un poco.

—¿En serio? —pregunté, con una mínima esperanza.

—No. Se nota a kilómetros que estás hiperventilando por un chico.

Hice un puchero.

—Es un grandísimo idiota.

—Me lo imagino. Es bastante común en la mayoría de los chicos —dijo con naturalidad—. Un placer, soy Lucía.

—Kiara —le di la mano.

—¿Te ayudo con los lentes de contacto? Sé que pueden ser incómodos.

—Gracias, pero tengo el kit en mi bolso.

Mientras me los cambiaba, Lucía se quedó conmigo.
Y no sé cómo pasó, pero empezamos a hablar... y de repente ya estábamos riéndonos como si nos conociéramos de toda la vida.

—En serio no puedo creer que hicieras eso —le dije entre risas.

—Ni yo, pero culpo al alcohol.

El timbre sonó, devolviéndonos a la realidad.

—Tengo educación física —dijo.

—¿En serio? ¡Yo igual!

Nos miramos y soltamos un grito bajito de emoción.

Fuimos a cambiarnos mientras me contaba su desastre de verano en casa de sus abuelos... y de un chico que conoció, besó... y luego dejó plantado.

La profesora nos llamó para formar un círculo para calentar.

José entró con el uniforme de educación física de la escuela.

Solté un suspiro.

Se veía... guapísimo.

Perfecto.

Mi chico ideal.

—¿Es él el responsable de tu colapso hormonal? —susurró Lucía.

Iba a decirle que tal vez, cuando...

Eduardo entró con el uniforme del equipo de béisbol.

Y literalmente me quedé como estúpida.

Mierda.

Ese uniforme le quedaba demasiado bien.

¿Desde cuándo los chicos tenían... traseros atractivos?

Sentí a Lucía empujarme suavemente.

—¿Estás bien? Te estás sonrojando.

—Sí... solo es el sol.

La profesora sopló el silbato.

—Hoy vamos a jugar béisbol. dividiremos en dos equipos.

Mi estómago se tensó.

—Kiara, equipo B.

No.

No, no, no.

Nooo.

José estaba ahí.
Pero también Eduardo.

Ok, universo... Estoy lista para morir.

Me fui al final de la fila.
Lucía quedó en el equipo A y me lanzó una mirada de "fuerza, soldado".

— Profesora.—llamó Eduardo

Levantó la mano con tranquilidad.

—¿Puedo cambiar de equipo? —dijo con una media sonrisa—. Ese tiene demasiada ventaja... no sería justo.

La profesora lo miró, claramente tentada a lanzarle el silbato en la cabeza.

Pero luego observó a los equipos... y suspiró.

—Está bien. Cambien.

Perfecto.

Ahora sí iba a morir.

Los equipos terminaron de organizarse... y lo que debía ser un juego amistoso se convirtió en un duelo.

Uno peligroso.

Porque en un lado estaba José.

En el otro... Eduardo.

Y yo... justo en el medio.

No sé en qué momento pasó, pero José y Eduardo empezaron a jugar como si estuvieran en una final profesional.

Competían por cada bola.
Por cada punto.
Por cada mirada.

—Relájense —murmuró alguien.

Pero ninguno de los dos lo hizo.

El sol pegaba fuerte. Yo intentaba concentrarme, pero cada vez que uno corría, el otro lo hacía más rápido. Cada lanzamiento era más fuerte. Cada jugada... más personal.

Parecía una demostración.

Veamos quién es mejor.

El marcador subía y bajaba hasta que, al final...

—¡Empate! —gritó la profesora.

Algunos aplaudieron.

Otros se quejaron.

Yo solo respiré.

José se quitó la gorra, sudado, agitado. Miró el marcador y luego a Eduardo.

—Bueno... —dijo con una media sonrisa—. Solo estaba calentando.

Hizo una pausa, inclinando un poco la cabeza.

—¿Qué pasó? ¿La estrella se apagó... o es que solo eres un mimadito mas?

El ambiente se tensó al instante.

Algunos chicos rieron nerviosos.

Eduardo ni se inmutó.

Se limpió las manos con la camiseta, tranquilo. Demasiado tranquilo. Luego sonrió, con ese sarcasmo suave que ya empezaba a conocer.

Se acercó un paso.

—Si quieres... —dijo con calma— puedo demostrarte lo que este "mimadito" puede hacer cuando quieras.

José avanzó también.

—Te crees muy importante.

Eduardo soltó una pequeña risa.

—No.
Se inclinó apenas hacia él.
—Eso ya lo dijeron aquí... ¿no crees?

Silencio.

—Por algo soy yo el capitán del equipo... —dejó la frase en el aire.

No terminó.

No hacía falta.

La mirada lo dijo todo.

José apretó la mandíbula.

Un par de chicos se movieron incómodos.




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