Mi problema.

Capitulo 9: Esto se pone interesante.

Los dos dieron un paso como si fueran a acercarse a mí.

Sus hombros casi se rozaron y me miraron.

Yo, como persona totalmente razonable o cobarde mirare por los dos lados, me di la vuelta y corrí hacia Lucía.

—Estoy un poco impresionada —dijo ella, con una sonrisa enorme—. No sabía que tenías a dos locos en duelo.

La miré negando en modo drama.

—¿Qué dices?

—Kiara, se nota a kilómetros. —Señaló con la barbilla—. Ese —José, sentado con unos chicos— y ese otro —Eduardo, riendo con su equipo—. Están en duelo a muerte por ti.

—Lucía, creo que el sol te afectó. Ese es mi mejor amigo y tiene novia. Muy bonita, por cierto.

—Ajá.

—Y ese otro... —apunté a Eduardo— es solo un idiota que me molesta desde que tengo cinco años.

Lucía me miró con un brillo peligroso en los ojos.

—Eres mi ídola. Tener a esos dos peleando por tu atención debe ser emocionante.

—No escuchaste nada de lo que dije.

— Si si lo ...

Un alboroto interrumpió su monologo.

Giramos la cabeza.
Un círculo de estudiantes se había formado.

José y Eduardo estaban en el centro.

—Oh Dioos —murmuró Lucía.

Antes de que pudiera reaccionar.

José empujó a Eduardo.

Y todo pasó rápido.

Un golpe directo al estómago.

Eduardo se dobló apenas...
sonrió.

Y le devolvió el golpe.

Directo a la cara.

José cayó.

Mi cuerpo reaccionó solo.

Bajé de las gradas corriendo.

—¡José!

Me arrodillé a su lado. Tenía el labio partido.

—¿Estás bien? —pregunté, tocándole el brazo.

—Sí —dijo, tenso.

—¿Qué pasó?

—Ese Imbécil que se cree importante.

—Ven. —Lo tomé de la mano—. Vamos a la enfermería.

— El no necesita niñera — escucho que dijo un voz conocida pero no miré atrás.

No miré a Eduardo.

No mire a nadie.

Porque sabia muy bien que el no necesitaba niñera pero era mi mejor amigo y no iba a dejarlo allí.

La enfermería estaba vacía.
Lo senté en la camilla.

—Quédate quieto.

Tomé algodón, desinfectante. Mis manos temblaban un poco mientras limpiaba la sangre de su labio.

José me miraba en silencio, podía sentir como su sus ojos recorrían mi cara.

—¿Por qué? —pregunté suave.

—Por nada.

—José.

Suspiró.

—Es simple, es un completo imbécil que se cree muy importante.

—Ajá. ¿Y eso te hizo pelearte con él?

Silencio.

—No pero dice muchas idioteces alguien debe de romperle la cara.

—¿Qué dijo?

Dudó un rato.

lo alenté a hablar.

—Te nombró a ti.

Mi mano se detuvo.

—¿A mí?

—Solo olvídalo.

Le limpié el labio con más cuidado.

Mis manos temblaban, así que intenté concentrarme en el algodón, en el desinfectante, en cualquier cosa que no fueran sus ojos.

Pero sus ojos estaban en mis labios.

Lo sentí.

Levanté la mirada.

Y ahí estábamos.

Muy cerca.
Demasiado.

Su respiración se mezclaba con la mía.
El olor a jabón.
El calor de su piel.

Mi corazón empezó a latir tan rápido que pensé que él podría escucharlo.

No podía moverme.
Mi mente... colapsó.

Tal vez.
Solo tal vez...

José se inclinó un poco.

Yo también.

Su mano subió despacio hasta mi mejilla.
La rozó con una suavidad que me hizo temblar.

El mundo se quedó en silencio.

Y entonces...

sus labios se acercaron.

Mi corazón se detuvo.

Un segundo más...
y habría pasado.

Pero no.

Desvió el movimiento.

Y besó mi mejilla.

—Gracias, mejor amiga.

Las palabras cayeron pesadas.
Como algo que me empujaba hacia atrás.

Me separé un poco.

Sentía el cosquilleo en mi mejilla, ese medio beso...

—De... nada, mejor amigo.

En ese momento se escucharon pasos.

Nos apartamos de golpe.

—¡Amor! ¿Estás bien?

Natalia entró a la enfermería, agitada.
Sus ojos pasaron de José... a mí.

—Sí —respondió él rápido—. Ya estoy bien. No fue nada, amor.

Ella lo abrazó de inmediato.
Yo di un paso atrás.

—Nos vemos en clase, Kiara —dijo José, con una sonrisa suave.

Y se fue con ella.

Me quedé sola en la enfermería, con el algodón en la mano y el corazón completamente desordenado.

Siempre casi.

Y empezaba a dolerme vivir en un lugar donde nada terminaba de pasar.

Tomé otro algodón, empecé a limpiar y a botar lo usado, intentando distraerme...
hasta que unos pasos me hicieron voltear.

—Es fascinante cómo alguien tan inteligente puede volverse tan... ingenua.

Rodé los ojos.

—No empieces. No hay otra chica por allí que quieras molestar.

—Cuatro ojos... si tú eres la chica que siempre molesto, ¿para qué buscar reemplazo?

—Eres un idiota, ¿sabías?

Se encogió de hombros.

—Me lo dicen mucho, ¿sabes?

No me di cuenta en qué momento me acerqué tanto a él.

¿Ya va... por qué me había acercado?
¿Qué clase de brujería era esta?

El enserio me estaba asustando.

—Porque lo eres —dije, levantando la cara para mirarlo.

Sus ojos me atraparon...
y, por un microsegundo, bajé a sus labios.

Recordé los besos que habíamos compartido.

Me separé de golpe.

El timbre sonó.

—Te llevo a casa —dijo, dándose la vuelta como si nada.

—No, gracias. Voy con...

No terminé la frase.

Ir con José no parecía la mejor idea ahora mismo.

Él giró un poco la cabeza.

—¿No te gustaría un batido?

Lo dudé... solo un segundo.

—Claro —acepté.

Y entonces algo hizo clic en mi cabeza.

—Lo siento... pero será después. Tengo un castigo que cumplir.

Me miró como si acabara de decir la cosa más absurda del universo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.