Mi Regalo Para Siempre

Capítulo 1 El universo de Mateo

—Queda aprobado el presupuesto para el programa de intercambio.

Nadie discutió la decisión. Rafael Ibarra cerró la carpeta que tenía frente a él y recorrió la mesa con una mirada firme. El salón quedó en silencio casi de inmediato. A sus cuarenta y seis años se había convertido en uno de los decanos más respetados de la universidad, no porque intentara agradar a todo el mundo ni porque buscara reconocimiento, sino porque era un hombre justo. Nunca exigía algo que él mismo no estuviera dispuesto a hacer y rara vez levantaba la voz. No lo necesitaba.

Su sola presencia imponía respeto. Alto, de hombros anchos y complexión atlética, conservaba una imagen impecable incluso después de horas de reuniones. El cabello negro, ligeramente ondulado, comenzaba a mostrar discretas hebras plateadas en las sienes, mientras que la barba cuidadosamente recortada acentuaba aún más la firmeza de sus facciones. Sin embargo, eran sus ojos oscuros los que más intimidaban. Había en ellos una inteligencia observadora y una serenidad difícil de alterar, propia de alguien acostumbrado a tomar decisiones importantes sin perder el control.

Muy pocas personas conocían la verdad. Toda aquella fortaleza desaparecía en el instante en que algo tenía que ver con su hijo.

—Enviaré el informe al rector esta misma tarde —comentó uno de los directivos.

Rafael asintió brevemente. Estaba a punto de dar por concluida la reunión cuando el teléfono que descansaba sobre la mesa comenzó a vibrar. Lo ignoró y permitió que el directivo continuara hablando. Sin embargo, pocos segundos después volvió a sonar. Su expresión apenas cambió, pero el ligero movimiento de sus cejas reveló cierta inquietud.

Solo tres personas podían llamarlo de manera insistente durante una reunión. Tomó el teléfono y observó la pantalla.

Escuela Little Oaks.

Un nudo se formó de inmediato en su estómago. Se puso de pie sin pensarlo dos veces.

—La reunión ha terminado.

Algunos directivos intercambiaron miradas confundidas.

—Pero aún faltan varios puntos por revisar, decano.

—Los veremos mañana.

Mientras recogía las llaves del automóvil, la llamada entró nuevamente. Contestó de inmediato mientras avanzaba hacia la salida con pasos rápidos.

—Rafael Ibarra.

La voz de la directora sonó al otro lado de la línea.

—Señor Ibarra, necesitamos que venga cuanto antes.

Algo en su tono hizo que Rafael se detuviera en seco.

—¿Qué ocurrió?

—Mateo tuvo una crisis.

Durante un instante dejó de ser el decano respetado. Solo quedó un padre aterrado.

—¿Está herido?

—No, señor.

Rafael cerró los ojos durante un instante y soltó lentamente el aire.

—Explíqueme qué pasó.

—Durante una actividad escolar algunos maestros llevaron globos para los niños.

El silencio se hizo pesado.

—¿Globos?

La directora dudó antes de responder.

—Sí.

Rafael apretó con más fuerza el teléfono.

—Les entregué un informe completo explicando que los sonidos repentinos son uno de sus principales detonantes.

La directora no respondió de inmediato. Rafael guardó silencio durante unos segundos y aquella ausencia de explicaciones fue suficiente para comprender lo ocurrido. No habían leído el informe o, peor aún, lo habían leído sin darle la importancia necesaria. Sintió cómo una rabia fría comenzaba a extenderse por su pecho. No era la primera vez que enfrentaba una situación así. A lo largo de los años había tenido que explicar una y otra vez que Mateo no era un niño problemático ni malcriado, pero demasiadas personas creían saber más que él sobre las necesidades de su propio hijo y terminaban ignorando advertencias que estaban allí precisamente para evitar situaciones como aquella.

—Voy para allá.

Colgó sin esperar una respuesta.

Al salir del edificio, el aire cálido de la tarde golpeó su rostro, pero apenas lo notó. Caminó con rapidez hasta el estacionamiento mientras intentaba controlar la preocupación que crecía dentro de él. No podía dejar de imaginar a Mateo asustado, rodeado de ruido, incapaz de escapar de una situación que para otros niños habría sido un simple juego. Esa idea fue suficiente para que acelerara el paso.

Subió al automóvil, encendió el motor y abandonó el campus universitario sin perder un segundo. Mientras conducía hacia la escuela, sus manos se tensaron alrededor del volante. No sabía exactamente qué encontraría al llegar, pero conocía demasiado bien el desgaste que una crisis podía provocar en Mateo. Lo único que tenía claro era que su hijo lo necesitaba y que llegaría hasta él lo más rápido posible.

Porque incluso los corazones más cansados merecen un nuevo comienzo.

Bienvenidos a esta historia.




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