Mi Regalo Para Siempre

Capítulo 4 Un día a la vez

Cuando Rafael regresó a la universidad, el reloj apenas marcaba el mediodía.

La oficina del decano permanecía en silencio, ese silencio que solo existe después de una tormenta emocional.

Mateo dormía profundamente sobre el pequeño sofá que Rafael había acondicionado años atrás dentro de su despacho. Una manta ligera cubría su cuerpo y una de sus manos seguía aferrada al borde del cojín, como si incluso dormido necesitara asegurarse de que todo seguía exactamente en su lugar.

Rafael permaneció unos segundos observándolo.

Después regresó a su escritorio.

Sobre él se acumulaban expedientes, solicitudes de estudiantes, convenios empresariales y documentos que requerían su firma. La universidad seguía funcionando con absoluta normalidad, ajena a la crisis que apenas unas horas antes había sacudido por completo su mundo.

Tomó la primera carpeta e intentó concentrarse. Firmó una autorización. Respondió un correo. Revisó una solicitud de intercambio académico. Sin embargo, al llegar a la siguiente carpeta, levantó la vista de forma involuntaria hacia el sofá.

Mateo seguía dormido.

Solo entonces Rafael permitió que el aire escapara lentamente de sus pulmones. Aquel era el único momento del día en que podía convencerse de que todo estaba bien. Se levantó para cubrir mejor al pequeño. Al acomodar la manta, abrió el cajón del mueble que estaba junto al sofá en busca de otra almohada.

Dentro encontró un pequeño estuche azul. Lo abrió casi por instinto. En su interior descansaban los protectores auditivos de Mateo. Los sostuvo unos segundos entre las manos. Todavía recordaba el día en que los compró. Mateo tenía apenas tres años.

Hasta entonces todos le repetían lo mismo.

—Solo es muy sensible.

—Cada niño tiene su ritmo, es un exagerado consentido.

Pero Rafael sabía que había algo más.

Lo veía cubrirse los oídos ante sonidos que para los demás pasaban desapercibidos. Lo veía llorar cuando una licuadora comenzaba a funcionar, cuando una moto pasaba, cuando escuchaba un taladro, con mucha gente hablando o gritando, con los globos o cuando una puerta se cerraba con demasiada fuerza, en realidad era con ruidos específicos. Lo veía quedarse completamente inmóvil después de una sobrecarga sensorial, con gritos, se tiraba al suelo como si el mundo entero dejara de existir por unos instantes.

El diagnóstico no fue un alivio. Tampoco una condena. Fue una respuesta a sus dudas. Y, al mismo tiempo, el comienzo de un camino para el que nadie lo había preparado.

Desde entonces comenzó a estudiar todo cuanto encontraba.

Libros.

Artículos científicos.

Conferencias.

Especialistas.

No porque quisiera convertirse en un experto.

Sino porque era padre. Y cuando eres padre, aprendes cualquier cosa si eso significa comprender un poco mejor a tu hijo.

Había cometido errores.

Muchos.

Hubo noches en las que se preguntó si estaba haciendo lo correcto. Otras en las que terminó llorando desesperado, cuando Mateo por fin conseguía dormir, agotado después de una crisis.

Pero al amanecer siempre volvía a intentarlo. Porque rendirse nunca fue una opción. Rafael sonrió apenas mientras acariciaba los protectores auditivos con el pulgar.

—Hemos avanzado mucho, campeón... —susurró.

Guardó nuevamente el estuche en el cajón. En ese momento escuchó un pequeño bostezo.

Levantó la vista.

Mateo acababa de despertar. El niño parpadeó un par de veces antes de buscar con la mirada el escritorio. Cuando encontró a su padre, sus hombros parecieron relajarse.

Rafael se acercó enseguida y se sentó junto a él.

—¿Cómo te sientes?

Mateo tardó unos segundos en responder.

—Cansado.

—Es normal.

El pequeño acomodó la cabeza sobre el brazo de su padre. Rafael pasó una mano por su cabello con la misma paciencia de siempre. No necesitaban hablar. Había silencios que ambos entendían perfectamente. Permanecieron así unos minutos.

Después Mateo levantó un poco la cabeza.

—¿Ya tlabajaste?

Rafael soltó una risa baja.

—Lo intenté.

—¿Mucho?

—Un poquito.

Mateo sonrió.

—¿Puedo ayudalte?

Aquella pregunta le hizo sonreír aún más.

—Claro que sí.

Rafael tomó una hoja en blanco y una caja de colores que siempre guardaba en el despacho.

—Mientras papá termina unos documentos, tú puedes dibujar el sistema solar.

Los ojos del niño brillaron de inmediato.

—¿Con Plutón?

Rafael fingió pensarlo unos segundos.




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