Mi Regalo Para Siempre

Capítulo 5 Siempre voy a ir.

El sonido de una voz pequeña sacó a Rafael de sus pensamientos.

—Papá...

Rafael levantó la vista de inmediato. Mateo acababa de despertar. Tenía el cabello completamente revuelto, una marca roja en una mejilla por la almohada y los ojos todavía pesados por el sueño.

Por un instante, el peso de todo el día pareció disminuir.

—Hola, campeón.

Mateo parpadeó varias veces antes de incorporarse lentamente sobre el sofá.

—¿Ya vamos casa?

La voz le salió adormilada.

Rafael miró el reloj que descansaba sobre una esquina de su escritorio. Siete de la noche. Había trabajado mucho menos de lo que tenía planeado.

—Todavía no, campeón. Me faltan algunas cosas por terminar.

Mateo observó las carpetas apiladas sobre el escritorio.

—¿Muchas?

—Algunas.

—¿Muchitas?

Rafael sonrió.

—Bueno... más o menos.

Mateo dejó escapar un suspiro dramático que hizo que Rafael tuviera que contener una risa.

—Eso significa que son muchas.

—¿Y tú cómo sabes?

—Polque tú siempre dices "algunas" cuando son muchas.

Rafael arqueó una ceja.

—¿Me estás vigilando?

—Sí.

—Eso suena preocupante.

—Soy un espía.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Y para quién trabajas?

Mateo lo pensó con absoluta seriedad.

—Palá mí.

Aquella respuesta le arrancó una carcajada.

—Al menos eres honesto.

Mateo sonrió satisfecho consigo mismo.

—¿Me ayudas mientras termino?

—¿Con mis figulas?

—Con tus figuras.

—Bueno.

Se deslizó del sofá y caminó hasta la caja que guardaba en la oficina. Rafael lo observó acomodarse boca abajo sobre la alfombra mientras sacaba cuidadosamente cada pieza. Aquella imagen era tan cotidiana que resultaba imposible no sentir cierta paz.

Volvió al trabajo. O al menos lo intentó. Porque cada pocos segundos terminaba mirando a Mateo. El niño alineaba las figuras geométricas con una precisión casi obsesiva. Si una pieza quedaba apenas inclinada, la corregía inmediatamente. Después revisaba otra vez. Y otra. Hasta quedar satisfecho. Cuando terminó con las formas, comenzó a organizarlas por colores. Después por tamaños.

Y finalmente pasó a sus planetas.

—Melculio.

Movió una pequeña esfera gris.

—Venus.

Otra más.

—Tiela.

—Tierra —corrigió Rafael automáticamente sin levantar la vista de un documento.

—Tiela.

—Tierra.

—Tiela.

Rafael sonrió.

—Eres imposible.

—No.

—¿No?

—Tú sí.

Aquella lógica infantil hizo que negara con la cabeza mientras seguía firmando documentos. Minutos después, Mateo comenzó a cantar suavemente la canción de los planetas.

Rafael ya conocía cada palabra. Era una de las pocas canciones que lograban tranquilizarlo incluso en los días difíciles. La oficina permaneció en calma durante varios minutos.

Hasta que Mateo levantó la cabeza.

—Papá.

—¿Sí?

—Te amo.

Las palabras llegaron tan naturales como una respiración. Tan simples. Tan sinceras. Rafael dejó el bolígrafo sobre el escritorio. Porque sabía lo que significaban. Para muchos padres aquellas palabras podían ser algo cotidiano. Para él no. Mateo expresaba cariño a su manera, pero verbalizar emociones no siempre le resultaba sencillo. Por eso cada vez que lo hacía, Rafael sentía que le apretaban el corazón.

—Ven aquí.

Mateo se levantó de inmediato. Caminó hasta el escritorio.

—¿Pala qué?

—Ven.

El niño rodeó el escritorio y Rafael lo levantó hasta sentarlo sobre sus piernas.

—Ahora repite lo que acabas de decir.

Mateo lo observó confundido.

—¿Qué cosa?

—Lo que me dijiste.

—¿Qué te amo?

—Eso.

Mateo frunció ligeramente el ceño.

—Ya lo dije.

—Lo sé.

—¿Entonces?




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