Rafael permaneció varios segundos abrazando a Mateo después de escuchar aquellas palabras.
"Porque cuando llegas todo deja de dar miedo."
No era la primera vez que su hijo decía algo que le apretaba el pecho, pero seguía sin acostumbrarse. A veces olvidaba que detrás de las dificultades para expresar ciertas emociones, Mateo observaba el mundo con una claridad que muchos adultos jamás alcanzarían. Le besó la frente y respiró hondo antes de volver a la realidad. Todavía tenía trabajo pendiente y responsabilidades.
Y, según el insistente estómago de Mateo, también tenía hambre.
Como si hubiera leído sus pensamientos, el pequeño levantó la cabeza.
—Papá.
—¿Sí, campeón?
—Tengo hamble.
—Eso ya me quedó claro.
—Mucha hamble.
—También eso me quedó claro.
—Demasiada hamble.
Rafael soltó una pequeña risa.
—¿De verdad?
Mateo asintió con absoluta seriedad.
—Mi pancita está haciendo sonidos estlaños.
—Eso suele pasar cuando alguien lleva horas sin comer.
—Tú también.
—Lo sé.
—Eso está mal.
—Lo sé.
—Y no hiciste caso.
—Lo sé.
Mateo cruzó los brazos.
—Eles mal paciente.
—¿Ahora soy paciente?
—Sí.
—¿Y tú eres el doctor?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde aholita.
Rafael negó con la cabeza.
—Me sorprende que no me avisaras de tu ascenso.
Mateo sonrió.
—Fue secleto.
La puerta de la oficina se abrió en ese momento.
—Lamento interrumpir.
Rafael levantó la vista. Era Sofía. La mujer llevaba más de veinte años trabajando en la universidad. Había visto pasar generaciones enteras de estudiantes, varios rectores y una cantidad incontable de profesores. Sin embargo, pocas personas conocían a Rafael tan bien como ella.
Y ninguna lo había visto convertirse en padre.
—Buenas noches, señor Ibarra.
—Buenas noches, Sofía.
La mujer dirigió una sonrisa cariñosa hacia Mateo.
—Hola, jovencito.
Mateo levantó una mano.
—Buenas noches, Sofía.
—Veo que ya despertaste.
—Sí.
—¿Y cómo estás?
Mateo lo pensó.
—Cansado.
Sofía asintió.
—Yo también.
Mateo pareció satisfecho con la respuesta.
—Entonces somos iguales.
—Parece que sí.
La mujer volvió a mirar a Rafael.
—Solo venía a avisarle que ya me retiro.
—Gracias, Sofía.
—Ah, y la cafetería que estaba cerrada por remodelación volvió a abrir hace un par de días.
Rafael levantó una ceja.
—¿La de la esquina?
—Esa misma.
—Pensé que tardarían más, pero vi que estaban dando servicio en la mañana.
—Yo también. Escuché que los nuevos dueños hicieron prácticamente todo el trabajo ellos mismos.
—Eso explica muchas cosas.
—Dicen que son muy amables. Al parecer vienen de otro país.
Mateo levantó la cabeza inmediatamente.
—Papá.
—¿Sí?
—Tengo hamble.
Sofía soltó una carcajada.
—Creo que el mensaje quedó bastante claro.
—Empiezo a sospecharlo.
—Mucha hamble —insistió Mateo.
—Lo sé.
—Muchísima.
—También lo sé.
—¿Podemos il?
—En cuanto guardes tus cosas.
—¿Y pastel?
Rafael sonrió.
—Tal vez.
Los ojos de Mateo brillaron.
—¡Eso significa sí!
—No.
—Sí.
—Tal vez.
—Sí.
—Tal vez.
Mateo decidió ignorar la corrección.
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Editado: 25.07.2026