Regresamos al campamento.
Llegamos nuevamente; aún era tarde, pero cada uno ingresó a su cabaña sin decir absolutamente nada. Ya sabemos que está repleto de lobos, así que es mejor ser cuidadosos con nuestra siguiente movida, sin dejar cabos sueltos.
Me senté en la cama mientras la luz del atardecer se filtraba entre las rendijas de la cabaña. Las chicas del instituto dormían profundamente, vencidas por el cansancio. Preferiría no compartir este lugar con nadie que no fuera Melodie; no me agrada la idea de mostrar debilidad frente a quienes no confío del todo.
La pelea de madrugada y el largo camino de regreso nos habían dejado exhaustas. El eclipse no solo consumió nuestras fuerzas; también dejó una sensación extraña en el aire, como si el tiempo se hubiera detenido. Sabía que nadie despertaría pronto. El cansancio era demasiado profundo, incluso para mí.
Me quedé un instante en la cafetería, entre mesas vacías y el eco de mis propios pasos. No había rastro de Edmond ni de sus hombres, y aun así no podía sentirme tranquila. Mi poder latía bajo mi piel, un fuego que exigía liberación y que me recordaba lo peligrosa que podía ser… incluso para mí misma.
Cerré los ojos y escuché la voz interior que siempre aparece cuando la oscuridad me abraza:
—Sabes que nada ni nadie puede detenerte. Ni ellos, ni tú misma.
Un escalofrío recorrió mi espalda, pero no era miedo. Era anticipación.
Cada fibra de mi ser quería explotar, sentir el mundo arder bajo mi control, probar hasta dónde podía llegar.
Pensé en Edmond. Su presencia se sentía como un imán invisible; no estaba allí y, aun así, cada sombra parecía susurrar su nombre. Una parte de mí quería huir. Otra quería acercarse, sabiendo que solo él podría desafiar a la reina que he sido o seré.
Ahora creo que me estoy tomando el papel muy importante, cuando no me interesaba serlo.
Respiré hondo, intentando calmar el caos que llevaba dentro, aunque sabía que era inútil. El eclipse había despertado algo que ya no podría volver a dormir.
Y mientras la cafetería seguía en silencio, un pensamiento oscuro se instaló en mi mente:
Si realmente quisiera, podría destruir todo a mi alrededor… y aun así decidiría dónde y cómo estallar.
Porque sigo siendo yo quien gobierna.
Un suspiro escapó de mis labios. Tal vez enfrentarme a mí misma era el único sacrificio digno de la corona que llevo. La única forma de saber si aún queda algo en mí que valga la pena proteger… o si todo debe arder.
De repente, la cafetería ya estaba repleta de estudiantes del instituto. Regresar al campamento se sentía como caminar hacia una mentira bien organizada.
Risas. Fogatas encendidas. Voces que fingían normalidad.
Nadie sabía lo que había ocurrido bajo el eclipse. Nadie imaginaba la sangre que aún parecía latir en mis venas.
Caminé entre ellos sin bajar la cabeza. Nunca lo hacía.
No porque no sintiera miedo, sino porque aprendí hace tiempo que mostrarlo era una invitación a la destrucción.
Lo sentí antes de verlo.
Esa presencia no era humana. No del todo. Era firme, dominante, antigua.
Mis pasos se ralentizaron apenas un segundo… lo suficiente para odiarme por ello.
Edmond estaba allí.
No vestía como un alfa, sino como uno más del campamento, mezclado entre estudiantes, instructores y sonrisas falsas. Pero no importaba cuánto intentara ocultarlo: su esencia lo delataba. Los lobos siempre creen que pueden camuflarse. Se equivocan.
Nuestros ojos se encontraron.
No fue un choque.
Fue una conexión inevitable.
Aparté la mirada primero. No por debilidad, sino por decisión.
No necesitaba un alma destinada.
No necesitaba a nadie.
Mi hermano caminaba a mi lado, atento, silencioso. Sabía que Edmond estaba allí. Sabía que yo lo sabía. No dijo nada. Nunca lo hacía cuando el peligro aún no mostraba los colmillos.
—Llegamos —murmuró alguien detrás de nosotros.
Una chica salió corriendo y se acercó a Edmond. Pude oler su esencia de bruja y lobo.
Es su hermana.
Tienen un parecido distinto, pero innegable.
Ambos se alejaron. No tenía idea de que estudiara en el mismo instituto; se supone que su fiesta sería en unos días. La conexión se siente intensa, quizá por nuestra naturaleza, y noto que Melodie también lo percibe.
—¿Qué haremos ahora que la familia está reunida? —comentó mi mejor amiga.
—No nos entrometamos hasta no tener una razón. Después del último incidente, ese lobito no se ve nada contento —dijo Adrien.
Ambos se rieron. Solo fijé mi vista en ellos cuando se alejaron.
Ya se acerca la fiesta. Debemos tener un plan.
—Vamos, integrémonos a las actividades. Y tú, Adrien, ni una palabra de todo esto a mis tías.
Nos dio un beso en la mejilla a cada una y luego se marchó.
Tomé a Melodie del brazo y nos formamos con los demás. Íbamos hacia un patio muy grande del bosque. Formamos equipos; en fin, competiríamos.
Uno de los maestros habló. Ya era tarde, pero el sol aún no se escondía. Aprovechamos la claridad para empezar con las actividades.
Teníamos que sobrevivir una noche en carpas, organizados en grupos de cinco.
Estaba claro que no confiaban del todo en que estos adolescentes pudieran lograrlo.
Aquello parecía más un campamento organizado por militares… o incluso por los mismos lobos. Como si se prepararan para una defensa.
¿Pero de qué?
Ellos sabían algo más que nosotros. Eso era seguro.
Parece que quieren tomarnos como sacrificio para alguna bruja malévola. Sí, existen. Pero ¿quién será? Aún no siento su presencia. Parece estar muy bien escondida.
Luego de la división de grupos, nos tocó con tres chicos. No sé sus nombres, pero Melodie está feliz, supongo; tiene una sonrisa de oreja a oreja.
Nos dieron los materiales para armar una carpa bastante grande para cinco personas. Me gusta tomar la decisión de dirigir, coordinar, asegurarme de que todo esté completamente en orden. Porque esta noche será larga si queremos superar esta prueba.