Mi Reina Anne

V CAPITULO - II PARTE

El Cronos de Cristal

El bosque parecía atrapado en un tiempo suspendido, con una vida lenta y neutralizada, como si todo quisiese detenerse. Aun así, estaba segura de que esos lobos no podrían detenerme. Las ramas de los árboles apenas se movían, emitiendo una energía extraña que hacía que todo a su alrededor reaccionara de manera inquietante. El agua flotaba en el aire como gotas suspendidas; las hojas caían o permanecían quietas, y era imposible discernir hacia dónde se dirigían realmente.

A lo lejos, divisé a Edmond. Sus ojos de alfa irradiaban superioridad, como si un simple conejo hubiera cruzado la frontera hacia territorios prohibidos.

Escuché mi nombre claramente, sin distorsión.

—Anne —gruñó Edmond—. No hay escapatoria.

Tener un artefacto antiguo no me hacía vulnerable, pero sí me daba ventaja para preparar mis movimientos y divertirme. Aún no había intentado despertar a mi demonio desde la última pelea.

Algo lo retenía; necesitaba enfurecerlo para que activara la sangre del infierno y destruyera ese maldito artefacto. No me importaba quién estuviera detrás de todo esto.

—Pagará por ello igual. No pueden encerrar a la reina de brujos… y reina del infierno —susurró mi demonio.

El viento se volvió helado. Debía encontrar la manera de despertarla, y rápido.

De pronto, sentí cómo mis venas se incendiaban con fuego rojo y negro, la sangre hirviendo con furia contenida.

—¡Ni tú ni tus lobos me detendrán! —grité, mientras un torrente de llamas se expandía alrededor de mis manos.

Todo a su paso se consumía, sin dejar rastro. Sus ojos reaccionaron instintivamente; trató de relajarse, como si el miedo no existiera. Era un lobo fingidor.

Pero Edmond permaneció impasible. Su aura de alfa resonaba en el bosque, neutralizando la onda de mi demonio; el fuego retrocedió como si chocara contra un muro invisible.

Antes de que pudiera reaccionar, los otros tres lobos atacaron.

—¡Melodie! —grité. Ella alzó las manos y el agua explotó en escudos y barreras, arremolinándose como serpientes líquidas que repelían las garras.

Nos colocamos en posición de combate, listas para enfrentarnos a lo que vendría.

Los lobos venían contra nosotras. Melodie fue decidida a enfrentarlos, mientras mi demonio percibía las vibras que emanaban de ellos, cargadas de una sed de venganza. Lo que no sabían era que yo tenía trucos bajo la manga: había cientos de espejos abiertos en cada rincón del bosque.

Edmond no se veía alegre; estaba molesto, enfadado. Un lobito, que podría ser mi perro faldero, necesitaba usarlo a mi favor.
Dejé que neutralizara mi poder por un momento, pero luego mi energía aumentaría. Me dupliqué en cada espejo, y él no tendría idea con cuál de mis copias realmente tendría que enfrentarse. Ya tenía a un lobo peleando cuerpo a cuerpo con una navaja. Me encanta ver la sangre caer; huele exquisita.

Edmond, por otro lado, luchaba contra mi fuego de sangre. Era más fuego que demonio, porque mi verdadero demonio seguía dormido. Necesitaba despertarlo.

En una ráfaga de viento, se abalanzó sobre mí, intentando incrustar sus garras en mi espalda. Pero en un paso rápido y calculado, le clavé mis garras en el cuello. Ahulló con fuerza, pidiendo refuerzos, pero no dejaría que más entraran a este bosque.

Entonces utilicé la neblina demoníaca: una especie de doble sentido, un espacio donde quedas atrapado fuera de la realidad, luchando por no morir. Mientras él se debatía contra ella, yo continué mi pelea con Edmond, concentrando cada fibra de mi poder hibrido.

El Cronos de Cristal maximizó su poder y el tiempo logró ralentizarse casi por completo. Cada movimiento y cada empuje de fuerza se volvían pesados; las chispas que salían de mis manos parecían flotar en cámara lenta. Los segundos eran una eternidad, y cada uno de ellos me perturbaba de rabia. Solo quería que todo terminara de una vez.

Respiraba con fuerza. Dejé que mi demonio tomara el autocontrol parcialmente, porque aún no estaba lleno de poder. Esa magia extraña todavía lo mantenía neutralizado. Ese maldito lobo me las pagaría.

La onda de sangre salió desde lo más profundo de mi propia oscuridad, haciendo que el aire se convirtiera en torbellinos e hilos carmesí. Melodie usó su protector de agua desde su boca. Los demás lobos habían bajado la guardia, pero Edmond aún resistía.

—¡¿De qué eres capaz, demonio?! —gruñó Edmond.

Sus ojos brillaron con superioridad mientras contraatacaba contra mí, neutralizando nuevamente cada intento de ataque. Aún no se rendía, pero yo no tendría piedad en ninguno de los golpes que le diera con mis garras. Gotas de sangre subían en el aire. Él sufría… y me gustaba condenarlo así durante cada segundo en que el Cronos de Cristal existiera.

Sabía que no podía atacarlo con fuerza bruta. Debía contener mi poder y usar estrategias que pudieran debilitarlo con menos energía.

Los demás lobos, casi sin fuerzas, seguían atacando desde los márgenes. Su alfa continuaría luchando hasta tenerme contra la pared. Yo esquivaba sus ataques sin necesidad de usar demasiada fuerza. Mi demonio se alimentaba de la debilidad… y eso lo saciaba aún más.

Lancé ráfagas de fuego contra ellos. Trataban de esquivar, pero siempre terminaban alcanzados por las llamas, quemándolos y reduciendo a cenizas partes de su pelaje. Gritaban, se desgarraban… pero seguían atacando. Y debo admitir que me encantaban las caras que ponían al ver sus propias quemaduras.

Mi demonio reaccionó a la sangre que llevaba dentro, como si quisiera salir y quemarlo todo a su paso, dejando esta tierra envuelta en mi sangre y maldiciendo este lugar.

Cada vez que la sangre tocaba el aire, quemaba el bosque sin piedad. Las llamas avanzaban hacia los lobos, obligándolos a retroceder momentáneamente. Aun así, yo quería disfrutar esta batalla. Sería una de mis mejores: estaba enfrentándolos casi sola. Sin mencionar que Melodie lo estaba dando todo, es verdad… pero el mérito sería mío.




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