Lobo controlador de demonios
Duelo a muerte
Realmente despertó mi demonio. Se mostraba ante un maldito lobo, alguien que se supone podría estar destinado, pero los demonios no son de acatar el destino, sino de ir contra él, rompiendo la ley del cielo y la tierra.
Mis pensamientos se volvieron más oscuros que una mancha negra en la pared. Nadie tomaría mis decisiones por encima de mí. Era el momento en que actuaría, pasara lo que pasara entre los reinos. Era de aceptar mi humanidad ya; si no estaban listos, se preparen o no, pienso reinar este mundo a mi manera.
Mis ojos color de sangre se mezclaban con la neblina que se generó. Quien pudiera respirar estaría muerto. Ahora denle la bienvenida a una bruja y demonia. Verán de lo que estoy hecha. Nadie vendrá a pisotearme solo por resistir y no volcar sus planes.
Mi cabello se encendió en una aura de sangre. Mi sangre surgía como una llamarada que, si alguien intentaba tocarme, lo calcinaría. Era impresionante y aun así me sentía más fuerte, con ganas de degollar cientos, no, miles de cabezas, atravesar mi mano en su pecho y explotar su corazón.
Y de una vez empecé atacándolo. Todo fue rápido. Él seguía esquivando mis ataques, pero ya no podía neutralizarlos hasta que un hilo de sangre cayó sobre su pelaje. Gritó tan fuerte que desgarró y fascinó escucharlo. Mantenía la concentración, podía sentirlo. Estaba aguantando, reteniéndose, pero ¿a qué?
Hasta que salieron miles de hilos de sangre de mi espalda. Se veían como llamas encendidas ardientes, pero cambiaron a ser más negras, yendo en dirección al lobo. Uno llegó hasta debajo de su brazo, pero Edmond me embistió con garras y fuerza de alfa, neutralizando la ola de sangre y fuego que había lanzado.
Sentí cómo cada golpe absorbía mi energía, drenándome mientras mi demonio rugía en protesta. Era lo que contenía su energía. La recargó hace minutos y pudo esquivar mis ataques nuevamente.
—¿Eso es todo? —dije, dejando que mi voz se mezclara con un rugido infernal.
Estaba utilizando las potestades del infierno a mi favor. Habría portales con hilos de mi sangre para atrapar a Edmond y sujetarlo hasta torturarlo y luego matarlo.
Mi demonio surgió parcialmente, sus tentáculos de sangre y fuego atravesando el aire. Unas garras negras salieron de mi brazo derecho, chocando contra las garras de Edmond. Chispas de energía oscura y roja salieron disparadas, quemando el suelo y dejando surcos ardientes en la tierra. Mis ojos cada vez se encendían más por la necesidad de degollar su cabeza.
—¡Hah! —gruñó Edmond, bloqueando y contrarrestando cada ataque con su poder de alfa, con movimientos precisos que parecían coreografiados, evitando cualquier contacto letal directo por ahora.
Estaba retándome en serio. Lo vi a los ojos. Nunca me gusta hacerlo, ya que puedo ver más allá, pero sus miedos infiltrados en valor se negaban a resistir. Su espíritu de lobo estaba agotado, pero la fuerza bruta que él contenía no era más que un hechizo. Por eso resistía tanto.
Magia maldita, grité en mis adentros. Es quien me hace perder el tiempo de solo jugar a cazar a un lobo y despedazarlo ya.
Los otros tres lobos atacaban sin cesar, formando un círculo a mi alrededor. Cada zarpazo me obligaba a saltar, esquivar y reaccionar, usando fuego y sangre de forma defensiva y ofensiva. Cada vez que lograba herir a alguno de ellos, otro aparecía en su lugar, la tensión aumentando al límite.
Esta magia, ¿de dónde diablos era? No lograba divisarla, pero ellos seguían conectados, por eso seguían respirando. Aún no entiendo cómo ellos lucharon en aquella batalla de los últimos reinos.
Melodie gritó y lanzó agua concentrada, formando un escudo líquido giratorio, protegiéndome de embestidas letales y dispersando el fuego de forma parcial. Aún no me acordaba que ella seguía peleando contra esos tres lobos y yo solo luchaba con Edmond, mientras que los otros dejaban a Melodie neutralizada y me atacaban de uno solo.
—¡Anne! ¡Concéntrate! ¡No te pierdas en tu demonio!
Pero perderme en mi demonio era inevitable. Su hambre era demasiado fuerte. Cada golpe que daba drenaba mis emociones, mezclándolas con sangre, fuego y oscuridad. El bosque mismo parecía responder a mi poder: ramas rompiéndose, hojas suspendidas, tierra ardiendo por mis ondas de sangre y fuego.
Y no, ya no era por el Cronos de cristal, sino por mi fuerza bruta.
Edmond avanzó, esquivando y neutralizando cada ataque. Su control de alfa era perfecto, casi aterrador: podía detener la expansión de mi demonio sin esfuerzo, absorbiendo la fuerza de mis ataques como si fueran simples ráfagas de viento. Esto me cabreaba cada vez más.
—Increíble… —gruñó mientras saltaba sobre mí, mis garras chocando contra las suyas—. No sabía que un demonio de sangre podía ser tan violento.
Sonreí. Sé que trataba de desconcentrarme, pero no lo lograría.
El duelo se volvió brutal y sangriento. Cada golpe de Edmond que bloqueaba mis ataques era una humillación para mi demonio, mientras cada ataque mío se transformaba en fuego, sangre y oscuridad que impactaba en el bosque, dejando surcos y marcas de devastación.
No sé qué dirían mis tías por este bosque. Me harían plantar miles de árboles y purificar su esencia, pero ahora estaba maldito y era todo mío. Mi territorio ya estaba marcado aquí.
Los otros lobos aprovecharon la tensión. El primero saltó desde un árbol, otro embistió desde la izquierda y el tercero desde atrás. Cada movimiento debía ser calculado al milímetro, porque un solo error podía significar la muerte. Con esa corriente que emanaban juntos eran más fuertes, lo notaba en cada movimiento que daban.
Mi demonio se sentía insatisfecho y la mezcla de sangre infernal y fuego de bruja me daba reflejos sobrenaturales que incluso Edmond no podía predecir completamente. Ahora estaba volando. Mis alas surgieron de mis hombros, oscuras y rojas. Cada una de ellas encendida era una belleza. Amé verme así. Sé que nadie me querría, todos me tendrían miedo, pero esta seré y soy ahora.