Mi Reina Anne

VIII CAPITULO

Que carajos.

Lo había besado… sí.
Mi demonia lo había hecho.

Pero ahora… yo quería más.

El silencio se volvió eterno.

Me acerqué de nuevo, atraída por él, por su sangre… por esa delicia que todavía sentía en mis labios.

—Anne… ella quería hacerlo, pero ¿tú quieres? —preguntó.

No respondí.

Tomé su cuello y lo atraje hacia mí.

Estampé mis labios contra los suyos.
En serio… me volvía loca. Era adictivo. No podía separarme de él.

Sus brazos rodearon mi espalda, aún sorprendido, sin reaccionar del todo al beso.

De pronto, me levantó, dejándome suspendida contra su pecho.
Mis piernas se cruzaron alrededor de su cadera casi por instinto.

Nuestros labios se movían con intensidad, con urgencia.
Los sentía hinchados… y aun así quería más.

Esta vez era yo.

No mi demonia.

Yo.

Nos separamos apenas para respirar… bueno, él.
Yo no lo necesitaba.

Me bajó con cuidado.

Lo miré.

Lo deseé.

Y entonces lo sentí… él también sabía hacia dónde iba esto.

Pero se detuvo.

Como si no fuera el momento.

Fruncí el ceño.

—Eres mío. Debes complacerme… así que no pares.

Sí… tal vez había hablado demasiado.

Se quedó inmóvil, confundido.

Sin entender.

Al besar a un demonio y probar su sangre al mismo tiempo…
se crea un sello.

Un vínculo.

Un dueño.

Pero él…

era un lobo.

Y eso lo cambiaba todo.

—¿A qué se debe ese cambio repentino? —dijo, con un tono peligrosamente seductor.

—Cavaste tu propia tumba al besarme —respondí con naturalidad.

Fue mi primer beso.

Él no lo sabía.

Y algo era seguro…

no entendía nada de los demonios.

¿No estaba eso en su biblioteca?
Tanto que nos han estudiado…

y aun así…

no sabía lo que había provocado.

El silencio entre nosotros no era vacío.

Era incómodo.

Pesado.

Demasiado real.

Sostuve su mirada más de lo necesario.
No quería ser la primera en apartarla.

Pero algo en mi pecho… no encajaba.

No era poder.

No era control.

Y eso me irritaba.

—Deberías irte —dije al final.

Mi voz no sonó como una orden.

Eso me molestó más de lo que debería.

Él no se movió.

Ni un solo paso.

—No quieres que lo haga —respondió.

Fruncí el ceño.

—No decidas por mí.

Dio un paso más cerca.

—No lo hago… lo siento.

Mi respiración se volvió más pesada.

Otra vez eso.

Esa forma en la que hablaba como si pudiera verme… más allá de todo.

Desvié la mirada apenas un segundo.

Error.

Porque en cuanto lo hice… sentí el vacío.

Y no me gustó.

—Esto no significa nada —dije rápido, demasiado rápido.

—Entonces mírame y repítelo.

Silencio.

Largo.

Insoportable.

Levanté la vista.

Pero esta vez no había control en mis ojos.

Había duda.

Y eso… era peor.

—No me gustas —susurré.

No sonrió.

No discutió.

Solo dijo:

—No tienes que mentirte tan pronto.

Algo en mi pecho se tensó.

Retrocedí un paso.

No porque él avanzara.

Sino porque algo dentro de mí lo hizo.

Y eso…

eso sí me dio miedo.

No debería estar pasando esto.

Y aun así… no me moví.

Él tampoco.

El aire entre nosotros se volvió más denso, como si cada respiración pesara el doble.

—Entonces aléjame —murmuró.

Mi pulso se aceleró.

No por miedo.

Eso sería más fácil.

Lo miré fijamente.

Debería poder hacerlo.

Ordenarlo. Controlarlo. Terminar esto.

Pero no lo hice.

Di un paso hacia él.

Solo uno.

Suficiente.

—No me provoques —advertí, en voz baja.

No sonó como amenaza.

Sonó… diferente.

Sus ojos no se apartaron de los míos.

—No te estoy provocando —dijo—. Solo no estoy huyendo.

Eso me descolocó.

Porque todos huían.

Siempre.

Mi mano se movió antes de que pudiera detenerla.

Se apoyó en su pecho.

Firme.

Caliente.

Demasiado real.

Sentí cómo su respiración cambiaba bajo mis dedos.

Y eso… hizo que la mía también lo hiciera.

—Esto no cambia nada —dije, aunque ya no estaba tan segura.

Él bajó la mirada hacia mis labios.

Y ese pequeño gesto…

fue suficiente.

—Entonces detente —susurró.

No lo hice.

Me acerqué más.

Lo suficiente para sentir su aliento.

Para saber que si avanzaba un poco más…

no habría vuelta atrás.

Mi corazón golpeaba con fuerza, como si quisiera delatarme.

O liberarse.

No sabía cuál.

—Dime que no quieres esto —murmuré.

Silencio.

Corto.

Intenso.

—No voy a mentir —respondió.

Eso fue todo.

No pensé.

No dudé.

Lo besé.

Esta vez no fue impulso.

Fue decisión.

Mis manos se aferraron a él, como si necesitara comprobar que era real, que no era solo otra sensación que podía ignorar.

Pero no.

No podía ignorarlo.

Su respuesta fue inmediata.

Firme.

Cercana.

Como si tampoco quisiera detenerse.

Y eso…

eso fue lo que terminó de romper algo dentro de mí.

Porque ya no era solo yo.

Éramos los dos.

Y ninguno estaba retrocediendo

Sus manos se separaron apenas un instante, pero el calor permaneció.Aun así, un pensamiento me recordó que no podíamos quedarnos ahí para siempre. El castillo nos esperaba, y con él, la fiesta de los quince de su hermana. Caminamos lado a lado. El silencio ahora era más pesado, lleno de promesas y preguntas sin respuesta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.