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El Castillo nuevamente...
"Llego la fiesta."
El castillo no imponía por frialdad ni por distancia. Era grande, sí. Elegante. Moderno, incluso. Pero no se sentía vacío. Había vida en cada ventana iluminada, en cada paso que resonaba dentro, en cada presencia que no huía de la mía… sino que simplemente la reconocía.
—Bienvenida a casa —dijo Edmond.
Casa.
Otra vez esa palabra.
Entramos.
Y esta vez no fui yo la que analizó primero.
Fue el lugar el que me envolvió.
Calidez.
No debilidad.
No descuido.
Calidez… sostenida por algo fuerte.
Nos guiaron directamente al comedor principal, pero antes de cruzar, alguien más apareció.
—¡Edmond!
Una figura se lanzó hacia él sin dudar.
Rachell. Era su hermana muy bella por cierto.
No necesitaba presentación. Se notaba en la forma en que él reaccionó, en cómo su postura cambió apenas, en cómo la sostuvo sin resistencia cuando ella prácticamente se colgó de él.
Tiene la misma emoción que reconocí en el campamento.
—Llegaste —dijo ella, separándose solo lo suficiente para mirarlo—. Y no solo.
Sus ojos cayeron en mí.
Rápidos.
Curiosos.
Brillantes.
No había juicio.
Había emoción.
Eso… no lo esperaba.
—Tú eres Anne —dijo, acercándose un paso más sin miedo—.
No preguntó.
Afirmó.
—Depende —respondí, observándola con el mismo nivel de atención—.
Sonrió.
Amplio. Real.
—Me agradas.
Directo.
Sin filtros.
Sin estrategia.
Fruncí apenas el ceño.
—No deberías decidir eso tan rápido.
—¿Y por qué no? —respondió sin perder la sonrisa—. Mi fiesta es mañana. Tengo derecho a elegir bien a mis invitados favoritos.
Silencio.
Corto.
Extraño.
Edmond soltó una leve risa por lo bajo.
—Rachell…
—¿Qué? —se encogió de hombros—. Mamá y papá quieren conocerla. Yo solo me adelanto.
Las puertas del comedor se abrieron en ese momento.
Y ahí estaban.
El rey.
La reina.
Pero lo que más me desconcertó…
no fue su poder.
Fue cómo estaban.
Cerca.
No por protocolo.
No por imagen.
Por costumbre.
Por elección.
—Hijo —dijo el rey, acercándose primero. Su voz era firme, profunda, pero no fría.
Edmond asintió.
No se inclinó.
No se sometió.
Pero tampoco desafió.
Era… equilibrio.
Eso me hizo observar más.
—Y tú debes ser Anne —añadió, ahora mirándome directamente.
Sostuve su mirada.
—Supongo.
Pausa.
Y entonces… sonrió.
No como alguien que prueba.
Como alguien que ya decidió.
—Bienvenida.
Eso…
no encajaba con nada de lo que conocía.
La reina avanzó después.
La reina dio un paso al frente, observándome con atención, pero sin invadir.
—Anne —dijo con suavidad—, ¿prefieres que te llamemos así o tienes algún título que debamos respetar?
—Anne está bien —respondí—. Los títulos suelen incomodar más a quienes los escuchan que a quien los lleva.
Rachell abrió los ojos con interés.
—Eso suena como alguien que sí tiene uno.
La miré.
—Tal vez
La reina me seguía observando, desde nuestro ultimo encuentro no nos presentamos.
Su presencia era distinta. Más silenciosa, más profunda… pero igual de firme. No había duda en ella. No había fragilidad.
Pero tampoco había rechazo.
—Gracias por venir —dijo la reina, y no sonó como formalidad.
Sonó… sincero.
Fruncí levemente el ceño.
—Ustedes me invitaron.
—Y aun así viniste —respondió ella con suavidad—. Eso dice más de lo que crees.
Silencio.
No incómodo.
Denso… pero cálido.
—Siéntense —añadió el rey, señalando la mesa—. No solemos convertir las cenas en interrogatorios.
Rachell rodó los ojos divertida.
—A veces sí.
—No hoy —respondió él, mirándola apenas.
Y fue suficiente.
Se sentaron.
Todos.
Como si no hubiera jerarquías entre ellos.
Pero las había.
Y aun así… no pesaban.
Tomé asiento con cuidado, observando cada pequeño detalle. Cómo la reina acomodaba ligeramente la copa del rey sin mirarlo. Cómo él, sin decir nada, apartaba la silla de Rachell lo justo para que estuviera cómoda. Cómo Edmond… simplemente encajaba ahí.
Como si siempre hubiera pertenecido.
Eso…
me incomodó.
Más de lo que debería.
—Sebastián —dijo el rey sin alzar la voz.
—Mi señor —respondió una figura desde el fondo.
El beta.
Su presencia era firme, contenida, atenta. No invadía, pero estaba en todo. Sus ojos pasaron por mí solo un segundo… suficiente para registrar.
Le devolví la mirada.
Igual de breve.
Igual de clara.
Entendió.
—Asegúrate de que todo esté listo para mañana —añadió el rey.
—Ya lo está —respondió Sebastián con seguridad—. Solo faltaba… confirmar la invitada.
Silencio.
Ligero.
Pero con intención.
—Entonces ya puedes marcarlo como completo —dijo la reina.
Sin tensión.
Sin presión.
Solo… decisión.
Silencio.
Esta vez más largo.
Más… interesante.
La reina fue quien lo rompió.
—Siéntate, Anne —dijo, señalando la mesa—. Prefiero conocer a alguien conversando, no evaluando en la puerta.
Tomé asiento sin esperar más indicaciones.
Edmond se sentó a mi lado.
Rachell frente a nosotros.
Sus padres en los extremos.
No era una disposición casual.
Pero tampoco se sentía como una estrategia.
La cena comenzó.
Conversaciones suaves. Naturales.
Rachell hablando sin parar sobre la celebración, Edmond respondiendo con esa calma que no le había visto antes, el rey escuchando más de lo que hablaba… y la reina observándolo todo, como si tejiera hilos invisibles entre cada uno.