Mi Reina Anne

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La noche seguía... o el amanecer estaba por llegar.

No logré diferenciar en qué punto del día o noche estábamos, porque su compañía se volvió tan agradable, algo que no me molestó, como antes lo hacía. Odiaba eso, pero no entendía por qué ni sentía ese sentimiento.

Era como un imán para mí, extraía esos sentimientos negativos. ¿Me hacían vulnerable? No lo sé.

Caminábamos alrededor del castillo, por jardines, fuentes hermosas que algunas tenían flores acuáticas impresionantes. Era todo como un cuento de hadas, ya ni sentía si caminaba con los pies o el sentimiento no importó.

—¿A qué le temes?

Lo miré, pero él veía hacia el horizonte que tenía el castillo; un sinfín de territorio se asomaba a lo lejos.

—La noche es larga, me aburre.

Habló sin rodeos.

—No es una respuesta, evades como si se tratara de un ataque enemigo. ¿Por qué siempre estás a la defensiva conmigo?

Lo que escuché fue más profundo que otras palabras de él, se escuchó preocupación, sentimiento que jamás me gustaba sentir, pero lo identifiqué en su voz. Su semblante se endureció, parecía resistirse a decir, o a hacer algo.

—Llevo toda mi vida firmando con la muerte, pero tú crees que es un ataque enemigo. Eso es otra cosa, te lo puedo demostrar, así lo tienes más claro.

Sé que cree que tenerme es tan difícil como unir dos reuniones de mundos diferentes, lo que no sabe es que esperaría hasta luchar por mantenerme con vida y no matarlo.

Mi instinto demoníaco no me deja tranquilo cuando lo siento cerca, por ello no puedo sentir sus sentimientos, solo verlos, es raro. Lo sé.

Calidez.

Presión.

Un abrazo.

Eso me asombró, me retorció, me enfureció, pero no pude moverme, me retuvo por varios minutos. Quizás el que tu alma gemela no te corresponda te hace luchar con las emociones, pero tengo “vacíos existenciales” demasiados retenidos, que podrían explotar en cualquier momento, ser un agujero negro.

☾ ───── ✧ ───── ☽

El movimiento en el castillo crecía con la llegada del día, pero dentro de la habitación el tiempo parecía avanzar de otra forma, más lento, más contenido, como si todo lo que estaba a punto de ocurrir necesitara ese espacio previo para asentarse. Las telas ya no estaban dispersas al azar, sino cuidadosamente organizadas sobre la cama y los sillones, y no había duda de su origen. No eran prendas elegidas de un guardarropa ajeno, ni opciones preparadas por alguien más: había intención en cada costura, en cada caída de la tela, en cada detalle que no buscaba solo verse bien, sino decir algo.
Y ese algo… era inconfundible.

—Al menos no tocaste nada —dijo la voz de Melodie desde la puerta, antes incluso de que pudiera girarme.
No irrumpió esta vez. Entró.
Pero la energía fue la misma.

—Eso ya es un avance —añadió mientras caminaba hacia el interior, dejando una pequeña maleta a un lado como si no tuviera importancia—. Considerando que desapareciste sin avisar, esperaba encontrar un desastre mayor.

La observé con calma, sin apresurarme a responder, dejando que su presencia terminara de llenar el espacio.

—No desaparecí —dije finalmente—. Me trajeron.

—Ajá —respondió ella, alzando una ceja—. Claro. Porque eso mejora mucho la situación.

Rachell, que se encontraba cerca de la ventana, soltó una risa suave sin intervenir de inmediato, observando la escena con evidente interés.

—Definitivamente no exagerabas —comentó—. Es exactamente como la describiste.

Melodie giró la mirada hacia ella, analizándola con rapidez, como si evaluara en segundos todo lo necesario.

—¿Y tú eres…?

—Rachell —respondió con naturalidad—. La que insistió en que ambas estuvieran aquí.

Melodie la miró un segundo más, y luego asintió apenas.

—Bien. Entonces tú eres la responsable de que esto haya escalado.

—Lo tomaré como un logro —replicó Rachell sin perder la sonrisa.

Melodie no respondió a eso. Su atención ya estaba en los vestidos.

Se acercó sin prisa, pasando los dedos por una de las telas con familiaridad, como si no necesitara comprobar nada para saber que todo estaba exactamente como debía estar.

—No los movieron —murmuró, más para sí misma—. Bien.

—No nos atreveríamos —dijo Rachell—. Solo ofrecí ayuda para arreglarlas antes de la fiesta.

Melodie levantó la mirada, cruzándose con la suya.

—¿Arreglarlas?

—Peinado, detalles, presentación —aclaró—. Nada que interfiera con lo que ya hiciste.

Hubo una breve pausa.

Melodie la sostuvo un segundo más… y luego asintió.

—Entonces está bien.

Ese pequeño gesto fue más significativo de lo que parecía.

Sin más, tomó uno de los vestidos —el mío— y lo observó con detenimiento, no como alguien que revisa su trabajo, sino como alguien que mide si sigue siendo fiel a lo que pensó al crearlo.

—No lo has entendido todavía —dijo de repente, sin apartar la vista de la tela.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Qué cosa?

Melodie levantó la mirada hacia mí, y esta vez no había dramatismo en su expresión, sino algo más claro, más directo.

—Que esto no es solo una fiesta —respondió—. Y ese vestido tampoco.

Rachell se acercó un poco más, interesada.

—Explícalo.

Melodie inclinó apenas la cabeza, como si ordenara sus ideas.

—Cuando hice estos vestidos —continuó— no estaba pensando en impresionar a nadie. Estaba pensando en equilibrio. En cómo sostener lo que eres sin que te consuma… y sin que tengas que esconderlo.

El silencio que siguió fue distinto.

Más atento.

—¿Y según tú eso es lo que soy ahora? —pregunté.

—No —respondió sin dudar—. Eso es lo que estás empezando a ser.

Rachell sonrió levemente, cruzándose de brazos.

—Me gusta cómo piensas.

Melodie la miró de reojo.
—No estoy intentando agradarte.
—No hace falta —replicó ella—. Ya lo hiciste.




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