...
Caminé hacia el bosque con ganas de acercarme mucho más a la luna. No entendía qué me estaba pasando. Era esa sensación extraña de saber que hay algo dentro de ti, algo que no quieres descubrir, pero que permanece ahí, esperando.
A medida que me alejaba, el peligro parecía disminuir. Me sentía segura en aquel lugar. Sin embargo, algo seguía sin encajar. Podía sentir el poder que ejercían las piezas; algo se estaba moviendo. Las tragedias parecían suceder cuando yo estaba cerca. Desde que había despertado completamente, tenía la sensación de estar siempre en medio de una batalla.
Me senté sobre una roca y dejé que el silencio del bosque me envolviera.
Entonces volvió aquella presión en mi pecho.
¿Cuántas veces había llorado? Ya ni siquiera lo sabía. Siempre intentaba hacerme la fuerte cuando ese sentimiento aparecía, como si reconocerlo fuera una debilidad. Pero aquella noche no podía seguir fingiendo.
Habían sido demasiadas emociones.
Y, de alguna manera, todo aquello me hizo recordar a mis padres.
¿Qué habría sido de mí si ellos siguieran vivos?
Tal vez habría tenido una familia. Una familia de verdad.
No sabía si podía imaginarlo, pero aquella noche había visto algo parecido. Lo había visto en la vida de Edmond. Había visto ese cariño, esa unión, ese calor que solo puede existir cuando sabes que perteneces a algún lugar.
Y eso me enfurecía.
Porque él tenía aquello que yo nunca había podido tener.
Quizá no estaba completamente sola. Tenía a mi hermano, a mi mejor amiga y a mis tías. Pero, a lo largo de los años, había aprendido que para ellos el poder siempre estaba por encima de cualquier otra cosa.
Sabía que era por eso que debíamos luchar.
Pero ¿de qué servía?
La familia de Edmond era mucho más unida de lo que había imaginado. Se sentaban juntos a comer. Se preocupaban unos por otros. Había pequeños detalles entre ellos que había observado cuidadosamente, casi sin darme cuenta.
Su poder parecía crecer cuando permanecían juntos.
Lideraban juntos.
Se sostenían entre ellos.
Y yo...
Yo estaba sola.
Mi hermano no podía ayudarme completamente. Él era un demonio de sangre y yo era una híbrida. Éramos diferentes incluso dentro de nuestra propia familia.
Entonces, ¿qué significado tenía yo allí?
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas. Cada pensamiento chocaba contra una realidad que no quería aceptar.
Me limpié el rostro, intentando recuperar aquella fortaleza que siempre fingía tener.
Pero cuando giré...
Él estaba allí.
Edmond.
Maldita sea.
¿Cuántas veces iba a pensar que necesitaba protección si, al final, yo era el verdadero peligro en aquel lugar?
Me miraba sin inmutarse. Todo su cuerpo parecía firme al verme, pero sus ojos revelaban algo incierto. Aquel verde que había visto durante la mañana ya no estaba. Sus ojos dorados brillaban en la oscuridad.
Comenzó a acercarse lentamente.
¿Qué intentaba hacer?
Antes de que pudiera reaccionar, sentí sus fuertes brazos rodear mi cintura.
Todo lo que estaba sintiendo pareció quebrarse.
Su olor llegó a mis fosas nasales. Olía a bosque y frutos silvestres, una combinación que, contra toda lógica, me hizo sentir hechizada.
Mis brazos quedaron extendidos, inmóviles, sin saber qué hacer.
Una lágrima intentó escapar, pero sus dedos la alcanzaron antes de que pudiera caer.
Me observó directamente a los ojos.
No dijo nada.
No sabía qué estaba pensando. Tal vez me estaba juzgando. Tal vez me veía débil.
Intenté apartar esos pensamientos, pero él los cortó de golpe.
—No eres débil. No para mí.
Mis ojos se abrieron.
Lo había vuelto a hacer.
Había leído mi mente.
—¿Por qué te metes en mi cabeza? Estás violando mi privacidad.
No sabía si le había gritado. Mis sentimientos estaban demasiado confundidos para distinguirlo.
Edmond simplemente me observó y tomó mis manos entre las suyas.
Por un momento ninguno de los dos habló.
—¿Sabes qué es lo que más miedo me da? —preguntó finalmente.
Negué con la cabeza.
Su mirada se desvió hacia el bosque.
—Equivocarme.
Fruncí el ceño.
—¿Tú?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, pero desapareció casi de inmediato.
—Soy parte de esta manada. Algún día tendré que tomar decisiones que afectarán a todos. Y a veces pienso que basta con dar un paso en la dirección equivocada para poner en peligro a las personas que más amo.
Guardé silencio.
Por primera vez, entendí que detrás de toda aquella seguridad también existía miedo.
—¿Y si los decepciono? —continuó—. ¿Y si tomo una decisión pensando que estoy protegiéndolos y termino haciéndoles daño?
Mis dedos se tensaron entre los suyos. No sabía por qué aquellas palabras habían conseguido afectarme de aquella manera, pero algo dentro de mí se removió. Quizá porque entendía demasiado bien lo que significaba tener poder suficiente para proteger a las personas que amas y, al mismo tiempo, ser capaz de convertirlas en un objetivo. Yo había vivido rodeada de esa realidad durante demasiado tiempo como para ignorarla.
Lo miré en silencio. Edmond no tenía idea de lo que realmente significaba nuestra conexión. No sabía lo que yo sabía, ni podía comprender por qué cada vez que se acercaba sentía aquella necesidad absurda de alejarlo. Para él, quizá solo era una sensación que no podía explicar, una atracción hacia alguien cuyo olor debería resultarle extraño. Para mí era diferente. Yo sabía que no era una casualidad.
Y eso era precisamente lo que me aterraba.
Si otras manadas llegaban a descubrirlo, ¿qué sucedería con él? ¿Qué sucedería con su familia? Había pasado toda la noche observándolos, viendo la forma en que se protegían, cómo permanecían juntos incluso cuando existían diferencias entre ellos. Había visto algo que yo nunca había tenido y, por primera vez, comprendí que mi presencia podía convertirse en una amenaza para aquello que Edmond más amaba.