Debo admitir que hace mucho tiempo dejé de comprender algunas cosas. Tal vez no se trata de entender, dicen. Solo vivir y seguir adelante, como si fuese tan simple. Pero mis pensamientos no me dejan en paz, son como un eco constante, algo que no puedo callar ni controlar.
Un nudo en el estómago y un golpe seco en el corazón... Así es despertar, y sentir, con esa amarga certeza, que ya nada será igual. Hace mucho que su voz dejó de habitar en mi mente, y aún así, su ausencia pesa más que cualquier palabra que alguna vez pronunció.
Tal vez lo que más me duele no es su partida, sino el abandono de esas promesas que alguna vez juramos cumplir. Es curioso cómo las palabras, que parecen tan eternas cuando se dicen, se desmoronan al menor soplo del tiempo. Hoy, rota y cansada, confirmo mi juramento: no volveré a prometer nada. No volveré a llorar o sentirme de esta manera, por algo que nació para ser efímero... quizás.
Se fue... sin más, sin siquiera mirar atrás. Y yo, que alguna vez quise arreglarlo todo, me encontré con su resistencia, con su tardío deseo de arreglar lo que él mismo dejó quebrar. Cuando vio que podía marcharme, intentó quedarse. Pero ahora... ahora la calma no entiende razones.
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