En base a lo aprendido,
creo que ya puedo dejarte ir.
Es mi momento de seguir caminando,
aunque mis pasos aún duden,
aunque mis manos sigan buscando en el aire
algo que hace tiempo dejaron de tocar.
Espero puedas entender
que yo también necesito seguir,
que no puedo quedarme eternamente
sentada en el mismo recuerdo,
mirando la puerta por la que te fuiste,
esperando que algún día decidas volver
como si el tiempo supiera regresar.
Quiero aprender a no quererte más,
a entender que ya no estás en mi vida,
que hace mucho tomaste otro camino
y yo, por necia,
seguí recorriendo el nuestro
como si todavía quedaran huellas.
Ya es momento de dejarte ir.
De soltar tu nombre sin miedo,
de pronunciarlo sin que me tiemble el pecho,
sin que mi voz se quiebre en la mitad,
sin sentir que cada sílaba
abre una herida que nunca cerró del todo.
Ahora pienso que, vagamente,
eres solo un pensamiento.
Uno de esos recuerdos borrosos
que aparecen en noches silenciosas,
cuando la casa duerme
y el corazón insiste en hacer ruido.
A veces creo que te inventé.
Que todo fue una historia
que mi tristeza escribió para no sentirse sola.
Que tus abrazos fueron un refugio
que mi memoria construyó
para justificar este vacío.
Te amó mi yo del pasado,
te amó con esa inocencia
que no sabía de despedidas,
que creía que amar era suficiente
para quedarse,
para sostener a alguien,
para evitar que el mundo cambiara.
Pero ya no puedo volver.
En verdad ya no puedo volver a ser la de antes.
Esa que te esperaba sin orgullo,
esa que lloraba en silencio
para que nadie notara
que se estaba rompiendo por dentro.
Esa que se miraba al espejo
y todavía reconocía su sonrisa.
Ya no es su tiempo.
Su tiempo ya pasó.
Se quedó atrapado en algún lugar
entre las cartas que nunca envié,
las canciones que dejé de escuchar
y las promesas que jamás se cumplieron.
Este amor que siento por ti,
o por aquello que fuimos,
es algo que nunca supe nombrar.
Porque mientras más intento olvidarte,
más me doy cuenta
de que no eras tú quien me hacía falta.
No eras tus ojos,
ni tus palabras,
ni la forma en que decías mi nombre
como si fuera importante.
No eras tus manos,
ni tus silencios,
ni siquiera el amor
que juré haberte tenido.
Lo que extraño
no eras tú.
Era la persona que yo era
cuando todavía creía en ti.
Era esa versión de mí
que reía más fuerte,
que no dudaba de su cuerpo,
que no se sentía pequeña,
que no lloraba por las noches
preguntándose en qué momento
dejó de reconocerse.
Todo este tiempo te escribí cartas
pensando que eran para ti.
Llené páginas enteras
hablándole a un amor que se fue,
culpándote por el vacío,
extrañando una historia
que juré habías destruido.
Y hoy, después de tanto,
entiendo la verdad más triste:
nunca fueron para ti.
Cada palabra,
cada despedida,
cada poema,
cada noche en la que pronuncié tu nombre
esperando olvidarte...
eran para ella.
Para la chica que fui antes de perderme.
Para esa versión de mí
que se quedó esperando en el pasado
mientras yo seguía creciendo
sin darme cuenta de que la había dejado atrás.
Y quizá por eso dolía tanto soltarte.
Porque dejarte ir
era aceptar
que ella tampoco volverá.
#7977 en Otros
#2062 en Relatos cortos
#818 en No ficción
amor, amor juvenil rencuentros de la vida, poemas cartas y un poco de tristeza
Editado: 17.05.2026