Dicen que escribir llena el alma. No sé si sea cierto, pero esta noche necesitaba volver a saber de ti, aunque fuera de la única manera que todavía conozco. Tal vez escribir siempre fue nuestro punto de encuentro, incluso cuando ya no había nada que decir. Quizás este siempre fue mi verdadero medio de comunicación: escribirte sin esperar una respuesta, hablarte sabiendo que el silencio también responde.
No sé qué fue de nosotros. No sé en qué momento las conversaciones dejaron de existir o cuándo dejamos de buscarnos con la misma urgencia. A veces intento recordar el instante exacto en el que todo cambió, pero la memoria tiene esa costumbre de borrar los finales y dejar intactos solo los momentos que más dolieron.
De repente extraño mucho aquellos días en los que simplemente se cantaba. Cuando cualquier canción parecía suficiente para hacer que el mundo fuera un lugar más ligero. Llegué a decir que era mejor quedarme en la cama que salir a mirar el cielo, y eso era extraño en mí. Porque siempre fui de las personas que encontraban paz afuera, caminando sin rumbo, mirando los árboles moverse con el viento o dejando que el atardecer respondiera preguntas que ni siquiera sabía formular.
Pero hubo un tiempo en el que cuatro paredes lograron convencerme de que ese era todo mi mundo. Me hicieron creer que mi espacio terminaba donde comenzaban esas paredes, y poco a poco dejé de mirar hacia afuera para empezar a perderme por dentro.
Quisiera cumplir ese sueño de simplemente irme de viaje. No hablo de conocer un lugar en específico, sino de sentir esa libertad de hacer una maleta y salir sin miedo, como cuando uno cree que todavía le queda toda la vida por delante. Ahí vamos, ¿no? No con la edad que imaginábamos tener cuando todo estuviera resuelto, ni con los planes que alguna vez hicimos, pero seguimos caminando. Más lento de lo que esperábamos, más cansados de lo que pensábamos, pero seguimos.
Algunas cosas no salieron como queríamos. Otras terminaron convirtiéndose en recuerdos que uno guarda con cariño, y otras... otras decidieron quedarse para siempre como esas cicatrices que ya no sangran, pero que todavía duelen cuando cambia el clima del corazón.
También perdimos mucho.
Hay pérdidas de las que nadie habla. Personas que siguen vivas, pero ya no están. Versiones de nosotros que jamás volverán. Lugares a los que no regresaremos siendo los mismos. Sueños que dejaron de tener sentido porque nosotros cambiamos antes de poder cumplirlos.
Mi vida después de ti no volvió a ser la misma. No sé si mejor o peor; simplemente distinta. Aprendí a seguir adelante como se puede, porque a veces uno no avanza por valentía, sino porque quedarse quieto también cansa. Sin embargo, todavía hay días en los que te pienso sin buscarte, en los que te extraño sin decir tu nombre. Y creo que eso también es una forma de querer.
Dicen que uno empieza a extrañar de verdad cuando deja de sentir el calor de unas manos conocidas, cuando un abrazo deja de existir y uno descubre que ningún otro tiene exactamente el mismo refugio. Tal vez sea cierto. Tal vez el cuerpo también tiene memoria y por eso hay ausencias que se sienten incluso cuando parece que ya aprendimos a vivir con ellas.
Lo siento.
Creo que, en algún momento, simplemente me perdí. Me alejé de quien era, de lo que soñaba, de la persona que quería llegar a ser. Pero también quiero creer que perderse no siempre significa desaparecer. A veces perderse es el único camino para encontrarse de nuevo. Y en eso estoy. Volviendo despacio. Recogiendo las partes de mí que fui dejando en lugares donde ya no vivo. Aprendiendo otra vez a reconocerme frente al espejo sin preguntarme quién es esa persona.
Cada día es un tesoro. Lo repetimos tanto que dejó de parecer importante, hasta que un día descubrimos que el tiempo sí se acaba, que las oportunidades también envejecen y que hay palabras que llegan demasiado tarde.
Y tú, personita que llegaste hasta aquí intentando descubrir de quién hablo... deja de buscar nombres. No importa quién fue. Tal vez nunca existió una sola persona. Quizás hablo de alguien, de varios, o incluso de mí. Quédate con el sentimiento y no con el destinatario.
Solo disfruta este escrito.
Porque, al final, los escritos más sinceros nunca nacen con la intención de ser leídos. Nacen porque el corazón ya no encuentra otro lugar donde guardar tanto.
Valora el tiempo. Abraza más fuerte. Perdona antes. Di lo que sientes cuando todavía puedas hacerlo. Mira el cielo de vez en cuando y recuerda que hay días que jamás volverán a repetirse.
Y cuando la vida vuelva a sentirse demasiado pesada, escribe.
No para que alguien te responda.
Escribe para recordarte que sigues aquí.
Porque este escrito nació exactamente así. Sin un plan, sin un título y sin un destino. Estabas acostada, mirando el techo, pensando en cualquier cosa. De pronto me levanté porque sentía que había algo haciendo ruido dentro de mi cabeza y de mi corazón. No sabía si era culpa, nostalgia o simplemente el peso de todo lo que nunca dije.
Entonces escribí.
Y quizás eso era todo lo que necesitaba esta noche.
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Editado: 04.08.2026