Me sentía tan mal conmigo misma que llegué a gritarte, a pedirte que me recogieras, que hicieras algo para que todo terminara. Nunca te llamé con tanta desesperación como aquella noche. Te habías llevado a muchos, y yo, rota por dentro, te estaba pidiendo lo mismo.
En medio de mi rabia pronuncié tu nombre una y otra vez. Ya no soportaba el peso de las lágrimas. Miraba a todos lados buscando una respuesta, intentando entender por qué me estaba pasando a mí. Solo quería comprender qué estaba ocurriendo. Lloraba hasta quedarme sin fuerzas, lloraba tan fuerte que sentía que el mundo debía escucharme. Pero tú no respondías, nadie parecía entenderme y, poco a poco, yo misma dejaba de reconocer quién era. Simplemente me estaba perdiendo.
Ahora duele recordar. Duele saber que, en el momento más oscuro de mi vida, te llamé y te pedí que me llevaras. Hoy sigo aquí, intentando no rendirme y arrepentida de aquellas palabras.
Porque todavía quiero ver este cielo.
Lo siento, pero ya no deseo que vengas por mí. No porque el dolor nunca haya existido, sino porque entendí que también puede pasar. Hoy ya no quiero desaparecer; quiero estar bien. Quiero aprender a comprender qué hago en este espacio que llamamos vida. Quiero volver a encontrarme, descubrir quién soy después de haberme perdido y darme la oportunidad de vivir todo aquello que, en medio de la oscuridad, creí que nunca llegaría.
Voy a arriesgarme. Voy a disfrutar lo que pueda. No quiero volver a perderme. No quiero regresar a ese lugar donde sentía que la única salida eras tú. No quiero volver a gritar tu nombre creyendo que eras mi única respuesta.
Lo siento. Estaba tan rota que llegué a pensar que podías ser la mejor solución.
Pero me equivoqué.
Lo siento, muerte, pero ya no requiero de tus servicios.
Hoy, prefiero apostar por la vida, incluso sin saber cómo termina la historia.
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Editado: 04.08.2026