Mi Rosa Blanca

La fórmula prohibida

Londres, 2016

Un día antes de que la familia Fernandez partiera hacia Bali...

El cielo de Londres estaba cubierto de nubes aquella tarde. Una fina llovizna comenzaba a caer, envolviendo la ciudad en una atmósfera fría y sombría.

Aquel clima no parecía afectar en absoluto a un hombre de unos cincuenta años, rostro severo y gafas oscuras.

Caminaba de un lado a otro por el aparcamiento del Hospital St Albans, alerta y visiblemente impaciente. De vez en cuando, dirigía la mirada hacia una salida ubicada en la parte trasera del edificio.

Finalmente, vio llegar a la mujer que estaba esperando.

La mujer salió del hospital acompañada de un hombre que caminaba con cierta dificultad. Tenía el rostro completamente cubierto de vendas.

En cuanto se acercó, el hombre que llevaba varios minutos esperando comenzó a interrogarla.

—¿Está listo?

La mujer respondió con absoluta calma.

—Todavía no. Solo una parte.

Ambos intercambiaron una mirada mientras observaban de reojo al hombre vendado.

—Maldición, no tenemos mucho tiempo. Has perdido demasiado tiempo con esos juegos emocionales durante estos cuatro años. Yo solo necesito que él sea un peón. —El hombre miró a ambos lados para asegurarse de que nadie los estuviera observando—. Para 2019 estaré acabado.

Hizo una pausa.

—Hablaremos del resto en el lugar de siempre.

Los tres subieron al automóvil y se alejaron bajo la oscuridad de la noche, iluminados apenas por la tenue luz de la luna.

El hombre vendado se acomodó en el asiento trasero y cerró los ojos, completamente relajado, como si no le importara lo que el futuro pudiera traerle.

El hombre al volante lo observó a través del espejo retrovisor.

—Adler, asegúrate de no involucrarte más de lo necesario. Limítate a hacer lo que te corresponde. Espero haber sido claro.

Adler respondió con un simple movimiento de cabeza.

La mujer, que había permanecido en silencio hasta entonces, finalmente habló con el hombre que conducía.

—Los juegos emocionales no nos han hecho perder el tiempo. Cuando quieres destruir a alguien, primero tienes que conocerlo profundamente. Cuando ya sabes cómo piensa, lo destruyes poco a poco. Empiezas por sus sentimientos más vulnerables, después por las personas en las que confía y, finalmente, haces que comprenda que el mundo en el que creía vivir nunca fue tan inocente como imaginaba.

La mujer soltó una carcajada.

Parecía estar celebrando haber ganado la lotería.

El hombre al volante apretó la mandíbula.

Cada vez estaba más irritado al verla tan tranquila mientras él se encontraba al borde de la desesperación.

—¿Y qué hay de tu fórmula mágica? Pensé que sería tan maravillosa como tus palabras bonitas, pero fracasó por completo. Quizá el que termine volviéndose loco sea yo y no él.

La mujer arqueó una ceja.

—Bueno... he oído que últimamente entra con frecuencia al hospital debido al vértigo, ¿verdad?

—Sí.

—Ese apenas es el comienzo. Después de administrársela regularmente durante un año, solo tendremos que aumentar la dosis y continuar con el tratamiento. En un año, estoy segura de que alcanzará la paz eterna que tanto necesita para liberarse de esta vida agotadora.

El hombre permaneció en silencio.

La mujer continuó:

—Antes de utilizar Lunacy L con él, ya la habíamos probado directamente en seres humanos. En apenas dos años, nuestro sujeto comenzó a mostrar cambios drásticos y bastante prometedores.

Sonrió.

—Tú también conociste a nuestro conejillo de Indias, ¿no? ¿Quieres que volvamos a verlo?

—Ni loco.

La respuesta fue inmediata.

—Todavía recuerdo la mordida que me dio en el brazo. Por suerte, los efectos de la fórmula no son contagiosos. Pero dime algo... ¿por qué está funcionando tan lentamente con él?

La mujer se acomodó el maquillaje mientras respondía tranquilamente.

—Porque el metabolismo de cada persona es diferente. Lunacy L actúa más lentamente en su organismo porque, antes de comenzar a administrársela, llevaba una vida bastante saludable y cuidaba mucho su alimentación. Es completamente diferente a nuestro primer sujeto, que no era más que un vagabundo.

Su sonrisa se ensanchó.

—Por eso la reacción de Lunacy L fue mucho más rápida en él. El pobre Rico creyó que encontraríamos un lugar cálido para él cuando lo recogimos. Pero, al menos, ahora ya no tiene que preocuparse por qué comerá al día siguiente.

El automóvil descendió por una carretera inclinada y serpenteó entre las curvas antes de adentrarse en una zona rural.

Finalmente, llegaron a una pequeña cabaña situada en las afueras de Castleton.

Mientras tanto, en Londres...Belgravia

Evan estaba tumbado en su cama, contemplando la fina lluvia que resbalaba por la ventana de su habitación.

Sus ojos se desviaron hacia una mesa cercana.

Sobre ella había un portarretratos cubierto con una tela.

Era una fotografía de Erika tomada tres años atrás.

En ella llevaba su uniforme escolar y sostenía una rosa blanca, el mismo regalo que Evan le había entregado después de que su madre prácticamente lo obligara a hacerlo.

Carissa había colocado aquella fotografía allí y no le permitía retirarla.

Sin embargo, cuando Evan se quedaba solo en su habitación, siempre cubría el rostro de Erika.

Se levantó de la cama y salió de la habitación.

Bajó las escaleras hasta el segundo piso y encontró a su madre, Carissa, sentada en el sofá de la sala.

Sostenía un cigarro entre los dedos mientras se masajeaba la frente.

—¿El vértigo está empeorando, mamá? ¿No sería mejor posponer el viaje?

Evan se acercó y comenzó a masajearle suavemente las sienes.

A sus cincuenta y dos años, Carissa tenía el cabello rubio salpicado de canas, pero conservaba una apariencia que hacía difícil creer que ya hubiera pasado de los cincuenta.




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