Mi Rueda está Girando Ahora Solo Tiene Que Seguir En Curso

Mi Rueda está Girando Ahora Solo tiene que seguir en curso

CAPITULO 2

Todo parecía una película de terror. Afuera morían miles de personas y yo sentía que perdía partes de mi vida que jamás recuperaría: mi adolescencia quedó sepultada bajo una mascarilla que apenas me dejaba respirar. Mientras el mundo hacía bailes tontos en TikTok para intentar hacerse viral, dentro de mi casa el ambiente era otro. Vivía con mis padres, mi hermano, mi hermana mayor de 22 años y mi sobrina de apenas dos añitos.

Mi hermana era extrovertida, guapa y perfecta. Le encantaba molestarme; incluso estando en la habitación de al lado, me mandaba audios para hacerme enojar. Yo la admiraba en silencio. Siendo la hermana menor, a veces me moría por abrazarla, pero nunca lo hice porque simplemente no sabía cómo demostrar mi afecto.

Justo en esa época de encierro, ella empezó a aislarse. Nadie lo notó; todo parecía demasiado normal. Ella siempre fue nuestra guerrera, la que peleaba por nosotros y protegía a la familia, aunque a sí misma se llamara 'la oveja negra'. ¿Cómo una persona tan maravillosa podría considerarse mala? Pero las enfermedades corren en silencio: atacan, matan y destruyen no solo a quien las padece, sino a todos los que se quedan a su lado.

Todo empezó con un simple dolor de cabeza. Cuando fue al médico, yo estaba segura de que regresaría. Pensé que volvería para estar presente en mis 15 años, en mis 18, en toda mi vida; pensé que seguiríamos compartiendo, riendo y hablando juntas. Pero no regresó. Ella simplemente falleció.

Recibir esa noticia fue como ver el cielo y la tierra colisionar. Me derrumbé en mil pedazos. Caminaba sin rumbo, lloraba hasta cansarme y cerraba los ojos sin poder dormir porque seguía viendo su rostro y escuchando su voz. Pero en el fondo sabía la verdad: se había ido para siempre. Ya nunca más me llamaría 'hermana', ya no usaría mi apodo favorito ni se burlaría de mí. Aunque mi hermano y yo seguíamos ahí, nadie —absolutamente nadie— podría llenar el vacío que ella dejó.

Solo quería morir. Vi mi propio cuerpo desgastarse, me negué a comer y deseaba cada día desaparecer, como si pudiera arrancarme el corazón para dejar de sentir. Sé que para mamá y papá esto era un infierno aún más doloroso, pero también sé que nadie, a menos que lo viva, podría entender este dolor: el dolor de perder a una hermana."




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