Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 01

En el mundo de la tecnología, la innovación no se roba con armas.

Se roba con información.

Y yo estaba a punto de entrar en una empresa donde alguien ya estaba filtrando secretos.

Lástima que mi mayor problema esa mañana fuera haber olvidado activar la alarma.

—No puede ser.

Miré el reloj del celular.

8:00 a. m.

Exactas.

—¡No, no, no!

Me incorporé de golpe. Mi primer día en Mandtec Innovations Group y ya iba treinta minutos tarde. Perfecto. Una entrada triunfal.

El celular vibraba en silencio sobre la mesa de noche. Cerré los ojos y me cubrí con las frazadas, como si esconderme pudiera retroceder el tiempo.

Ayer me quedé revisando la presentación. Solo cinco minutos más, me dije.
Olvidé activar el volumen.

Y aquí están las consecuencias del “solo cinco minutos”.

Salté de la cama y corrí al baño. Si iba a llegar tarde, al menos llegaría impecable. Ducha rápida. Vestido suelto pero elegante. Sandalias discretas. Maquillaje mínimo. Profesional. Funcional.

Tomé mi bolso y salí.

Pasé por café. El caos siempre se enfrenta mejor con cafeína.

Cuando llegué al edificio, me detuve un segundo.

Era imponente. Vidrio oscuro. Líneas limpias. Sin excesos.

Respiré hondo.

Esto no es un lugar para dudar.

Entré.

—Buenos días. Tengo una reunión con el señor Andrés Morss.

La recepcionista tecleó sin levantar demasiado la vista.

—La están esperando en la sala de reuniones. Piso doce.

Piso doce.

El ascensor subía en silencio. Mi reflejo me devolvía una imagen segura. Por dentro, mi corazón iba a velocidad máxima.

Sabía que necesitaban una especialista en diseño y gestión de prototipos.
Sabía que yo era buena.

Pero también sabía que Mandtec tenía fama de ser una empresa implacable.

Las puertas se abrieron.

Un hombre alto salió primero. Traje oscuro. Sonrisa brillante.

—Tú debes ser Eloise.

—Así es.

—Luca de Negret. Director y coordinador del proyecto. Trabajo directamente con Andrés… ya lo conocerás.

Su tono era cercano. Demasiado cercano para ese ambiente tan pulcro.

—Siéntete cómoda —añadió mientras abría la puerta.

Entré.

—Gracias.

Nos sentamos.

—Andrés puede parecer duro —dijo Luca inclinándose ligeramente hacia mí—. Pero si te llamó es porque realmente te necesita.

Antes de que pudiera responder, la puerta volvió a abrirse.

Y entró él.

No alzó la voz.
No hizo ningún gesto exagerado.

Pero el aire cambió.

Traje impecable. Espalda recta. Movimientos controlados.

Su silla avanzó con precisión hasta la cabecera de la mesa.

—Buenos días.

—Llegan tarde —dijo, mirándonos a ambos.

Su voz no era alta. Era firme.

—Treinta minutos —respondió Luca con una sonrisa relajada—. Avisaste anoche. Estaba cruzando la ciudad.

Andrés rodó apenas los ojos.

Luego me miró.

Directo. Evaluando. Como si estuviera leyendo más allá de mi ropa, más allá de mi cuestionable puntualidad.

Sentí el impulso absurdo de justificarme.

No lo hice.

—Buenos días, señor —dije, extendiendo la mano.

Él observó el gesto un segundo.

Luego avanzó hasta acomodarse frente a mí.

—Buenos días, Eloise.

No estrechó mi mano.

Bajé el brazo lentamente.

Qué descortés.

—Sabes por qué estás aquí —continuó.

No era pregunta. Era afirmación.

—Sí.

—¿Qué opinas del proyecto?

Saqué la carpeta de mi bolso.

—Es brillante. Pero tiene margen de mejora en rendimiento sensorial y latencia de respuesta. He trabajado en algunas posibles optimizaciones.

Sus ojos recorrieron los documentos.

No sonrió.

Pero algo en su expresión cambió.

—Interesante.

Silencio.

Uno calculado.

—Debes saber que es un proyecto confidencial. Si trabajas con nosotros, será exclusivamente con nosotros.




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