—Mi amor, viniste —dijo mamá al recibirme con los brazos abiertos.
—¡Mamii! —exclamé emocionada mientras la abrazaba—.
Estábamos todos ya en la cena. Éramos una familia numerosa: mis cuatro hermanos —Michael, el mayor, siempre serio y protector; Jean, un poco bromista; Leandro, el más pequeño y revoltoso; y Julián, siempre elegante y calculador—, primos y sobrinos llenaban la gran sala de la casa familiar. La mansión, con techos altos, lámparas de cristal y ventanales que daban al jardín, mostraba en cada rincón un estilo clásico y discreto.
—¡Tía! —saltó mi sobrinito Leo a mis piernas—.
—Hola, precioso —le decía mientras le acariciaba los cachetitos sonrojados, seguramente por haber estado corriendo por toda la casa—. Te extrañé, titi.
—Yo más, mi pequeño príncipe.
—¿Y a mí no me extrañaste? —me preguntó su papá, con esa sonrisa que solo él sabe poner.
—No, a ti no.
—Vamos, peque, sabes que no fue intencional.
—¿Me vas a dar un abrazo?
—No.
Se acercaron mis hermanos y me abrazaron.
—Ya nos perdonas, ¿no?
—No —dije entre risas, luchando contra las cosquillas.
—¡Luna está aquí!
—¿Qué? —dije sorprendida, con el corazón aprisionado.
Luna era mi prima. Hace poco le habían detectado cáncer. No hacía mucho tiempo que estábamos de fiestas, viajes y risas; ahora todo eso parecía un recuerdo distante y doloroso. La noticia nos golpeó con fuerza.
—Te quiere ver, está en su cuarto —dijo mamá.
Bajé a Leo de mis piernas y me acerqué al cuarto. Toqué la puerta suavemente:
—Pasa.
—Lu… —susurré al entrar.
Dios, mi corazón se rompió en mil pedazos. No era la Luna que recordaba; estaba decaída, delgada, frágil.
—¿Ya los perdonaste? —sonrió débilmente, recostada en su cama.
—No —dije, mientras me reía y la abrazaba—.
—No quiero… —murmuró mientras una lágrima escapaba de sus ojos.
—Tiene que aprender a aceptar las situaciones, Elo —me dijo Luna con voz temblorosa.
—No quiero —le repetí mientras trataba de ocultar mis lágrimas. Muy en el fondo sabía que no hablaba de mis hermanos, sino del miedo a perderla. No quería que ella se acabara.
—Me da gusto verte —dijo Luna mientras me acariciaba el cabello—Por ahí me contaron que entraste a Mandtec.
La miré sorprendida.
—¿Quién te dijo? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Jean lo escuchó en una reunión con inversionistas —respondió como si nada.
—Estoy adaptándome, es interesante—respondí, intentando restarle importancia.
—¿Interesante, eh? ¿Y no hay nadie interesante por allí? —preguntó con una sonrisa traviesa.
—No… nadie —respondí, evitando el tema.
—Claro, mi pequeña solo se dedica a trabajar.
—Sí, mi jefe es igual. Si vieras cómo está obsesionado con el trabajo, todo el tiempo…
—Como cierta persona —dijo Luna con una risa suave.
—Entonces harían buena pareja.
—¡Qué nooo! Claro que no.
—Bueno —sonó su alarma—. Es hora de mis pastillas —dijo molesta.
—Te ayudo —le ofrecí, dándole un vaso de agua.
—Me gustaría que consigas a alguien —dijo de pronto, mientras acomodaba la pastilla—. Me gustaría verte con alguien o, por lo menos, saber que te interesa alguien.
—No —dije, sin atreverme a responder más.
—No es por ser mala, pero esta pastilla hará que duerma en menos de cinco minutos.
—No te preocupes —la abracé nuevamente. Antes de salir, me giré para mirarla una vez más. Mi corazón se rompió otra vez. No era justo.
Salí del cuarto. La sala estaba iluminada con candelabros, la mesa servida con platos de porcelana fina y copas de cristal. Todos estaban conversando animadamente.
—Está muy mal —dije, sentándome a la mesa.
—Ya hemos hablado con el doctor, solo queda esperar —comentó Michael.
—Leo, no comas demasiado dulce —bromeó Julián mientras apartaba una bandeja de postres—, ya sabes que mamá se enfada.
—Pero tía Eloise me da permiso —dijo Leo sonriendo travieso.
Así estuvimos, entre risas, anécdotas y planes.
Ya era tarde cuando terminó la cena.
—No te quedas, ¿verdad? —preguntó mamá.
—No lo creo —respondí, intentando sonreír. Solía dormir en el mismo cuarto que Luna, pero no podía soportar verla así. Salí de la casa, cerrando la puerta tras de mí.
Manejé sin rumbo. Ya era cerca de la 1 a.m. No había cenado porque me sentía mal, y el hambre recién se activaba. Encontré un restaurante abierto 24/7.