Dormí dos horas.
Dos.
Y ni siquiera fueron continuas.
Llegué a Mandtec a las 8:07 a.m. con un café demasiado grande en la mano y la sensación de que el corrector había perdido la batalla contra mis ojeras.
El edificio reflejaba la luz de agosto como si nada pudiera desordenarlo. Yo, en cambio, me sentía ligeramente desfasada.
Apenas crucé el área ejecutiva, una voz suave me recibió.
—Buenos días, Eloise.
Levanté la mirada.
Lirio —coleta alta, vincha perfecta, falda y botas altas como si el mundo fuera una pasarela— me sonreía con una energía que yo claramente no tenía.
Le devolví la sonrisa.
—Buenos días, Lirio. Gracias… ¿Revisaste toda la información que te envié al correo?
—Sí, todo —respondió—. Está bastante claro.
Luego me miró con más atención.
—¿Todo bien?
Dejé el bolso sobre el escritorio y acomodé el café entre mis manos.
Sonreí, esta vez con honestidad.
—La verdad… he tenido mejores días.
Ella rió bajito.
Y yo intenté convencerme de que las malas noches no afectaban decisiones importantes.
Mentira.
La noche anterior no había sido larga por trabajo.
Nos cruzamos con una sonrisa breve, educada.
Yo pedí lo primero que vi en la carta. Ni siquiera leí la descripción. Solo señalé lo primero que apareció frente a mí.
Nervios, supongo.
Cuando trajeron la orden, pedí todo para llevar. Diez minutos después ya estaba afuera.
Él se quedó.
No miré atrás.
Y aun así, no dejé de pensar en sus ojos el resto de la noche.
Ridículo.
La sala de juntas estaba al final del pasillo. Cuando me acerqué, la puerta se abrió desde dentro.
Andrés.
Saco azul oscuro. Camisa clara. Reloj minimalista. Impecable.
Sostenía la puerta con naturalidad, como si el gesto no significara nada.
—Buenos días.
—Buenos días.
Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo habitual.
En mi mente:
No puede ser que haya dormido menos que yo… y aun así se vea así.
Entramos.
La pantalla principal mostraba el render tridimensional de Aurora girando lentamente sobre fondo negro.
El ambiente cambió apenas tomó la palabra.
—El prototipo funcional llega en un par de horas —dijo mientras cambiaba la diapositiva—. Latencia actual: ciento dieciocho milisegundos. Necesitamos bajar a ochenta antes de la siguiente fase.
Otra gráfica.
—Duración de batería en simulación inmersiva: seis horas doce minutos. Nuestro objetivo mínimo es ocho.
Nadie hablaba por encima de nadie. No hacía falta levantar la voz. Bastaban los números.
—Hoy probaremos el entorno completo —su mirada se movió hacia mí—. Necesito el laboratorio listo y el sistema de aviso de límite activado. No quiero sorpresas.
Asentí.
—Lo dejo preparado.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Bien.
La reunión continuó con ajustes de interfaz, sincronización con el reloj y calibración de respuesta háptica.
Profesional. Precisa.
Cuando todos comenzaron a levantarse, terminé mi café de un trago.
Error.
Quedamos últimos en salir.
Él avanzó primero y, sin detenerse del todo, dijo en voz baja:
—Parece que alguien no es muy buena manejando las malas noches.
Me giré para responder.
Pero ya estaba avanzando por el pasillo.
Respiré hondo y seguí mi camino.
El laboratorio era otra cosa.
Pantallas LED en las paredes. Paneles activos. La plataforma circular en el centro, elevada unos dieciocho centímetros del suelo. Una rampa en espiral permitía el acceso sin interrupciones.
Me quedé observando unos segundos.
—¿Es la primera vez que entras? —preguntè a Lirio.
—Sí.
Sonreí.
—Entonces te va a gustar.
Me acerqué a la mesa de control.
—Activa el aviso de límite cuando el usuario se acerque al borde.
—¿Vibración y sonido?
—Sí. Que esté doble.
La vi configurarlo. Confirmación en verde.