Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 06

Tengo manías.

No muchas. Solo las suficientes para que mi día se desordene cuando algo no sale como espero.

Café grande cada mañana. Espuma ligera. Mucha azúcar.
Y, si está disponible, una dona cubierta de glaseado de fresa. De esas que parecen empalagosas pero no lo son tanto.

Es mi pequeño ritual antes de entrar al edificio de cristal y acero donde todo el mundo parece saber exactamente lo que hace. Mi dosis de control antes de un lugar donde todo se mueve rápido y nadie titubea.

Ese viernes, la persiana metálica de la cafetería estaba abajo.

Un plástico transparente cubría la entrada.
Un cartel anunciaba remodelación.

Me quedé mirando el interior vacío como si me hubieran traicionado.

—No puede ser… —murmuré.

Había salido más temprano porque mi carro estaba en mantenimiento. Todo planeado. Todo bajo control.

Excepto eso.

Entré al edificio con el cabello ligeramente húmedo por la neblina y el ánimo no del todo bueno. No estaba enojada. Solo… desalineada.

Y cuando mi día empieza desalineado, me siento extrañamente vulnerable.

La sala de reuniones parecía sacada de una película futurista.

Paneles de vidrio oscuro.
Pantallas suspendidas.
Proyecciones tridimensionales flotando sobre la mesa.

Y él ya estaba ahí.

Camisa blanca. Mangas recogidas hasta los antebrazos. El reloj metálico discreto. La silla perfectamente alineada en la cabecera.

No necesita levantar la voz para dirigir el espacio.

Lo hace con la mirada.

Tomo asiento frente a una pantalla táctil.

Sin café.
Sin dona.
Sin estabilidad emocional.

—¿Todo bien? —me susurra Luca.

—La cafetería está cerrada. No alcancé a comprar nada.

—Abajo hay máquinas.

—Lo sé… pero ahí no venden los pancitos dulces cubiertos de fresa.

Luca se ríe.

Y desde la cabecera, Andrés levanta la vista.

Solo un segundo.

Pero sé que escuchó.

Vuelve a la presentación como si nada.

Y no entiendo por qué eso me acelera el pulso.

—Necesitamos reducir la latencia de navegación en entornos abiertos —dice mientras una ciudad virtual aparece flotando sobre la mesa.

Observo la simulación. El avatar gira. Hay un retraso mínimo.

Pero está.

Y algo dentro de mí se activa.

Levanto la mano.

—El problema no es solo latencia.

Varios me miran.

Él no me interrumpe.

Eso me da fuerza.

—Es interpretación del gesto. El reloj reconoce el movimiento completo, pero no los microgestos previos. Si el sistema captara la intención desde el primer giro mínimo de muñeca, podría anticipar el desplazamiento.

Me levanto sin pensarlo demasiado. Me acerco a la proyección.

Siento su mirada.

—Aquí —señalo el módulo—.Si añadimos una capa predictiva basada en microaceleraciones…

La simulación cambia.

Las transiciones se vuelven suaves.

—Y además, el sistema podría ajustar el sonido envolvente según la inclinación de la muñeca. No solo imagen. También dirección auditiva.

Silencio.

Pero no es incómodo.

Lo miro.

Me está mirando diferente.

No evaluando.

Reconociendo.

—Desarróllalo.

Una sola palabra.

Pero significa confianza.

Vuelvo a mi asiento intentando que no se note la sonrisa que quiere escaparse.

Siento su mirada un segundo más.

Y me gusta.

El lunes paso frente a su oficina con la intención de mostrarle un avance.

Puerta cerrada.

—Está en reunión con un posible inversionista —dice Crisi.

Asiento.

Cuando entro a mi oficina, me detengo.

Hay un café grande sobre mi escritorio.

Con mucha azúcar.

Y una dona cubierta de fresa.

También un café pequeño para Lirio.

Parpadeo.

¿Error?

Veo a Luca mirando a Lirio con una sonrisa sospechosa.

Ah.

Claro.




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