Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 07

El restaurante estaba casi lleno, pero no era ruidoso. Luz tenue. Mesas bien separadas. Nada ostentoso.

Andrés estacionó con precisión.

Esta vez no lo miré con curiosidad mientras se transfería al asiento. Miré con normalidad. Como debería ser. Como quiero que sea.

Entramos.

Nos dieron una mesa junto a la ventana. La lluvia golpeaba el vidrio constantemente, como si marcara el ritmo de algo que todavía no sabía nombrar.

Pedimos vino.

Hubo un momento breve en el que ninguno habló. No era incómodo. Era como si el trayecto en el auto todavía estuviera suspendido entre nosotros.

—¿Siempre manejas así? —pregunté al fin.

—¿Así cómo?

—Como si fuera una competencia.

Ladeó apenas la sonrisa.

—Me gusta sentir que tengo el control.

Lo miré un segundo más de lo necesario.

Eso explicaba muchas cosas.

Llegó la comida. Empezamos hablando de trabajo. Del módulo predictivo. Me hizo preguntas específicas. Técnicas. Precisas.

Pero no era solo eso.

Me escuchaba como si lo que yo decía tuviera peso.

Y lo tenía.

En algún punto el silencio regresó. Esta vez más íntimo.

Lo miré.

—No solo manejas como si compitieras —dije mientras giraba la copa entre mis dedos—. También vives así.
—¿Eso es una crítica?
—Es una observación.
Sostuvo mi mirada.
—Cuando pierdes el control una vez… aprendes a no soltarlo otra vez.

La lluvia sonó más fuerte contra el vidrio.

Respiré.

—Por cierto… no te pedí disculpas por lo de la caída. Debí hacer más pruebas antes de entregártelo.

Bajé la mirada hacia mi copa.

—No fue tu culpa.

Se tomó unos segundos antes de responder. No evadió. No dramatizó.

—No me molesta caer —dijo finalmente—. Me molesta que alguien piense que necesito que me levanten… cuando puedo hacerlo solo.

Algo se me apretó en el pecho.

Porque entendí el orgullo.

Y también el cansancio que había debajo.

—No todos quieren levantarte por lástima.

Me miró directo. Sin suavizar nada.

—¿Y tú por qué lo harías?

La pregunta no fue defensiva.

Fue real.

Tragué saliva.

Podría haber bromeado. Cambiar el tema.

No lo hice.

Respiré.

No dije nada.

Pero no aparté la mirada.

Y supo la respuesta.

Bajó los ojos primero. No por debilidad. Por decisión.

Cuando el mesero se acercó por el lado estrecho, lo vi medir el espacio antes de girar. Ajustó ligeramente su pierna al notar que estaba desalineada. Fue automático.

Lo registré todo.

No intervine.

Eso también es respeto.

La conversación cambió de tono.

Me contó que vive solo. Desde hace años.

—¿Nunca te dio miedo? —pregunté.

—Al principio sí. Después entendí que depender de alguien todo el tiempo me iba a romper más que la lesión.

Asentí.

Cuando regresamos al auto, la lluvia había bajado un poco.

El trayecto hacia mi edificio fue más lento.

Ninguno tenía prisa.

Al detenerse frente a la entrada, el silencio volvió. Pero no era el mismo del ascensor.

Este era consciente.

Denso.

Él bajó primero. Abrió su puerta. Luego la mía.

Siempre atento. Nunca exagerado.

Descendí. La lluvia apenas nos rozó el cabello.

Nos miramos.

No había provocación esta vez.

Había algo más serio.

—Gracias por no correr —dijo en voz baja.

Sonreí.

—No estaba corriendo.

Un segundo.

Demasiado cerca.

Levantó la mano como si fuera a tocarme el rostro.

Se detuvo.

Di un paso hacia él.

Fue mínimo.

Pero suficiente.

El beso sucedió sin advertencia.

Suave.

Corto.

Cuando nos separamos, seguí cerca. Demasiado cerca.

—Esto complica todo —susurré.

—Ya estaba complicado.

Sonreí apenas.

Luego di un paso atrás.

No huí.

Solo me protegí.

—Buenas noches, Andrés.

—Buenas noches, Eloise.

Caminé hacia el edificio.

No volteé de inmediato.

Pero cuando lo hice…

seguía ahí.

Y eso me hizo sonreír antes de entrar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.