Andrés
Era sábado y el reloj marcaba las 4:00 a.m., como siempre.
Abrí los ojos y lo primero que sentí fue ese peso familiar en el cuerpo, una mezcla entre rigidez y cansancio acumulado. No había hecho los ejercicios los últimos días. Mi cuerpo no tardaba en cobrármelo.
Respiré hondo, contando hasta tres.
Girarme para sentarme en la cama no era automático; era una secuencia calculada. Apoyé el antebrazo, activé el abdomen, dejé caer las piernas con cuidado. Un mal movimiento podía provocar un espasmo o un dolor innecesario. Me coloqué la faja abdominal, ajustándola con práctica precisión. Luego acomodé mis pies con las manos y me impulsé hacia la silla.
El sonido suave del freno liberándose siempre me daba una extraña sensación de inicio. Como si cada día empezara oficialmente en ese momento.
La rutina matutina tomó casi una hora. Trasladarme al baño, asearme, vestirme, comprobar que todo estuviera en su lugar. La espasticidad iba y venía como una interferencia molesta. Mi pierna derecha temblaba con ese movimiento mínimo, constante, que ya formaba parte de mí. No dolía siempre, pero estaba ahí. Recordándome que mi cuerpo tenía sus propias reglas.
Cuando llegué a la cocina, el cielo apenas comenzaba a aclararse.
Preparé un omelette pequeño con verduras y café negro. Mientras comía, abrí la laptop.
El lunes presentaríamos oficialmente Aurora ante Del.Global Holdings. El CEO —uno de los inversionistas tecnológicos más influyentes del sector— había mostrado un interés particular en nuestra propuesta. No era solo una reunión. Era una puerta hacia la cima.
Revisé los archivos otra vez.
Diagramas estructurales.
Simulaciones predictivas.
Proyecciones financieras.
Código de prueba.
Modelos de optimización.
Cada carpeta tenía subcarpetas. Cada enlace estaba compartido con permisos específicos. Eloise había organizado el flujo de información con una meticulosidad admirable. Luca había reforzado la parte técnica del backend. Yo me encargaba del núcleo del sistema y la integración.
Todo parecía en orden.
Aun así, no podía evitar revisar una vez más quién tenía acceso a qué. Era información sensible. Valiosa. Demasiado valiosa para circular libremente. Pensar que todo eso vivía dentro de servidores y nubes digitales, accesibles desde una pantalla, me producía un leve escalofrío que preferí ignorar.
La tarde se me fue entre ajustes, correcciones y llamadas rápidas con proveedores de hardware.
A las tres, la puerta se abrió sin previo aviso.
—¿Y cómo te fue en tu cita? —dijo Luca mientras se dejaba caer en el sofá como si la casa también fuera suya.
—No fue una cita —respondí sin levantar la vista.
—Ya… —arqueó las cejas—. Pero se te nota, Andrés. Se te nota que babeas por ella. Cualquiera lo haría.
Mi mandíbula se tensó apenas al oír ello.
—Pero no para mí, claro —añadió, observándome con esa sonrisa de quien ya ganó la discusión antes de empezarla.
Lo miré.
No sabía si lo que me molestaba era que tuviera razón o que me conociera demasiado bien.
—Si te gusta, no hay nada de malo —continuó, esta vez serio—. Inténtalo. Lánzate. Literalmente. No como la otra vez.
—Ja. Muy gracioso —dije, pasando los dedos por el aro de la rueda—. Sabes que es complicado.
No era solo miedo al rechazo.
Era miedo a repetir historia.
A que alguien se quedara hasta que la realidad pesara más que el cariño.
—Ella no parece indiferente —insistió—. Solo necesita que tú dejes de auto sabotearte. Es inteligente. No es Sofía. No todos se van.
El nombre quedó flotando en el aire.
Sofía se había ido poco después del accidente. No de golpe. No con crueldad. Pero sí con esa distancia progresiva que termina siendo más dolorosa que una ruptura directa.
Desde entonces, yo era experto en convencerme de que era mejor no intentar.
Seguimos trabajando en Aurora durante horas. Ajustamos una simulación que arrojaba un margen de error mínimo pero molesto. Reordenamos la presentación. Luca sugirió simplificar una diapositiva técnica para que el CEO la entendiera sin necesidad de explicación adicional.
En medio del trabajo, abrí uno de los enlaces compartidos y tardó un segundo más de lo normal en cargar.
Nada grave.
Probablemente la conexión.
Lo cerré y continué.
No le di importancia.
La noche cayó sin que me diera cuenta.
Luca dejó de escribir y me observó.
—¿Por qué no has estado yendo a terapia?
Mi pierna temblaba más de lo habitual.
—He estado ocupado.
—Andrés… —su tono cambió—. Tu salud no es opcional. No puedes tratarla como si fuera una tarea secundaria.
No respondí de inmediato.