Eloise
La cena con Michael fue… tranquila.
Un restaurante discreto. Buena comida. Conversación ligera.
Nada incómodo.
Nada demasiado personal.
Hablamos de Aurora, de inversión estratégica, de visión a largo plazo. Él hacía preguntas específicas, como alguien que no solo pone dinero, sino que realmente entiende cómo funciona lo que está financiando.
En algún momento mencionó a Andrés.
—¿Cómo te va? —me preguntó Michael, apoyando los codos sobre la mesa.
Sonreí.
—Increíble. Es un sueño poder trabajar allí. Andrés tiene ideas tan innovadoras.
Michael soltó una pequeña risa.
—Es brillante —dijo con una media sonrisa—. A veces demasiado orgulloso.
Luego me miró con esa expresión que solo tienen los hermanos cuando creen saber más de lo que dicen.
—¿Algo que decir respecto a eso, hermanita?
Lo dijo con un tono mitad curioso, mitad divertido.
Me limité a sonreír.
No pregunté más.
Cuando la cena terminó, se ofreció a llevarme. Rechacé con amabilidad. No quería regresar a casa y encontrarme con la tristeza que se respiraba últimamente por la situación de Luna.
Sabía que debía visitarla más seguido.
Pero esa noche…
Esa noche necesitaba distancia.
Al día siguiente fui al hospital.
Los hospitales siempre tienen ese olor neutro que intenta ser limpio… y termina siendo triste.
Entré a su habitación con una sonrisa ensayada.
—Mírate, toda una ejecutiva importante —dijo Luna al verme.
Sonreí.
Y por un momento parecía la misma de siempre.
Comimos lo que le habían permitido. Hablamos de cosas pequeñas. Series tontas. Chismes familiares. Mi trabajo.
—¿Y el jefe guapo? —preguntó con esa mirada traviesa que ni la enfermedad le ha quitado.
Rodé los ojos.
—No es mi jefe.
—Ajá.
Intenté restarle importancia. Pero cuando mencioné el beso, su expresión cambió.
No por escándalo.
Por interés.
—¿Y cómo fue?
Bajé la mirada a mis manos.
—Maravilloso.
Eso la hizo sonreír más amplio.
Pero mientras hablábamos, noté algo.
El brillo en sus ojos estaba ahí… pero su cuerpo no respondía igual. Se cansaba más rápido. Hablaba y luego guardaba silencios demasiado largos.
La vi alegre.
Pero también la vi más delgada.
Más frágil.
Y eso me recordó algo que a veces olvidamos demasiado fácil.
Nada es permanente.
Ni las personas.
Ni las oportunidades.
Ni los momentos.
El martes en la oficina fue extraño.
Y el miércoles.
Y el jueves.
No volvimos a mencionar el beso.
Pero estaba ahí.
En las miradas que duraban un segundo más de lo normal.
En cómo su voz bajaba apenas cuando me hablaba directamente.
En cómo yo evitaba quedarme sola con él demasiado tiempo.
Una tarde me invitó a almorzar.
—Necesitamos revisar los cambios del módulo visual —dijo.
Acepté.
Terminamos en un restaurante cercano al edificio. Nada elegante. Nada íntimo.
Pedimos comida. Hablamos del proyecto. Ajustes. Estrategia.
Hasta que el silencio se instaló.
Lo miré.
Él ya me estaba mirando.
De esa forma directa, tranquila… pero imposible de ignorar.
—Cenaste con Michael —dijo finalmente.
No fue una acusación.
Fue una afirmación.
—Sí.
Asintió apenas.
—Aceptaste rápido.
Algo en su tono me hizo tensarme.
—Fue una cena de trabajo —respondí—. Además… él es uno de los inversionistas.
No añadí nada más.
No quería que supiera que era mi hermano.
No por ahora.
Conociéndolo, las cosas se complicarían demasiado.
—Claro.
Bebió un poco de agua.
Luego añadió, con aparente ligereza:
—Me pregunto qué habría pasado si yo te hubiera invitado a cenar.