Eloise
A veces, el silencio comunica más que un grito.
En los días que siguieron a aquel almuerzo, Mandtec se convirtió en un campo de batalla silencioso. Trabajábamos codo a codo, revisando líneas de código y puliendo la interfaz de Aurora, pero entre nosotros había un hilo invisible que se tensaba con cada roce accidental o cada mirada que duraba un segundo de más.
Andrés era... desconcertante. Tenía esa habilidad de ser el CEO más implacable del país y, al minuto siguiente, tener un detalle que me desarmaba por completo.
—Te ves cansada —dijo una tarde, sin apartar la vista de su monitor.
—Estoy bien. Solo es el ajuste de los sensores —respondí, aunque mis ojos ardían.
—Lirio me dijo que no has almorzado.
No esperó a que le diera una excusa. Movió su silla hacia el pequeño frigobar que tenía en su oficina y sacó un recipiente con fruta cortada y un jugo natural. Avanzó hacia mi escritorio y lo dejó a un lado de mi laptop.
—Cinco minutos, Eloise. El proyecto no se va a caer si comes algo. Lo miré. Sus ojos azules estaban fijos en mí, ya no con la frialdad del jefe, sino con una calidez que me hacía sentir protegida. Era ese el problema: Andrés Morss no era solo un hombre en una silla de ruedas; era un hombre con una presencia tan fuerte que, por momentos, me hacía olvidar mis propios muros.
—¿O sea que solo quieres que esté bien por Aurora? —pregunté seria, aunque por dentro me derretía.
—Claro. ¿Por qué otra razón sería? —respondió él, manteniendo la máscara.
—No lo sé... ¿Por ser un buen jefe que se preocupa por sus empleados?
—Creo que esa descripción no sería la adecuada contigo —dijo, bajando la voz mientras se acercaba apenas—. Porque, definitivamente, "buen jefe" es lo que menos busco ser contigo.
Sonreí sin poder evitarlo. Era encantador de una manera casi injusta.
Pasó una semana más. Una noche, me quedé tarde para terminar de documentar los cambios. El edificio estaba casi vacío, sumido en esa paz artificial de las luces LED. Andrés salió de su oficina y se detuvo en la puerta de la mía.
—Te llevo a casa. No acepto un no por respuesta —dijo con esa autoridad que, curiosamente, ya no me molestaba.
El trayecto fue inusualmente tranquilo. Las luces de la ciudad se filtraban por la ventana, creando sombras en su perfil. Cuando el auto se detuvo frente a mi edificio, el silencio no se sintió como una despedida. Se sintió como un punto y seguido.
—Gracias por traerme, Andrés. Él asintió, pero sus ojos azules se quedaron fijos en la entrada. Parecía estar procesando algo. En ese momento, algo en mi interior se rebeló contra el plan de cenar sola mientras pensaba en Luna o en la inercia de mi propia soledad.
—Tengo un vino tinto que me regalaron y que no pienso tomarme sola —mentí, omitiendo que lo compré yo misma—. Me vendría bien una opinión experta antes de que se eche a perder. ¿Te gustaría pasar?
Vi el momento exacto en que su armadura de CEO se agrietó.
—¿Estás segura? —preguntó, su voz bajando un octavo de tono—. Mi logística para entrar a un lugar nuevo no es precisamente rápida.
—Tengo todo el tiempo del mundo, Andrés. Y mi edificio tiene rampa.
Mi departamento era pequeño, pero era mío. Lleno de libros de arte, bocetos y ese olor a jazmín que me ayudaba a dormir. Andrés entró moviéndose con cuidado, analizando el espacio como quien estudia un territorio nuevo. Me dirigí a la cocina para no hacerlo sentir observado.
—Es acogedor —dijo, deteniéndose frente a mi estantería—. Tienes ediciones muy raras de historia universal. —Eran de mi abuelo —respondí, sirviendo dos copas—. Él decía que para construir el futuro, hay que entender qué cimientos del pasado lograron quedarse en pie.
Me acerqué y le entregué su copa. Por un segundo, nuestros dedos se rozaron. El calor de su piel fue como una pequeña descarga eléctrica. Nos sentamos en la sala; él en su silla, frente al sofá donde yo me acomodé bajo la luz ámbar de una lámpara de pie.
—¿Por qué este empeño en crear? —preguntó él, probando el vino—Tienes mente de ingeniera, pero alma de artista.
—Me gusta la idea de crear refugios para las personas —respondí relajada—. Espacios donde alguien pueda sentirse a salvo.
Andrés se quedó callado, mirando el vino. —Yo pasé mucho tiempo odiando los espacios —dijo de pronto, con una sinceridad que me desarmó—. Después del accidente, cada puerta era un enemigo. Cada escalón, un peligro. Mandtec nació de esa rabia. De querer que la tecnología hiciera el mundo tan grande como mi mente, aunque mi cuerpo se sintiera atrapado.
Era la primera vez que hablaba de su accidente de forma tan personal. —No eres pequeño, Andrés. Nunca lo has sido.
Él levantó la vista. La luz de la lámpara hacía que su mirada fuera inusualmente suave. —A veces me pregunto si la gente me sigue viendo igual... o si solo ven al pobre joven que quedó en silla de ruedas por una mala noche de fiesta —susurró.
No lo pensé. Puse mi mano sobre la suya en el apoyabrazos. Estaba firme.