Estaba de pie en medio de un salón inmenso y vacío. Llevaba el vestido de seda azul que había reservado para la cena con Andrés. De pronto, escuché pasos. No el zumbido eléctrico de una silla de ruedas, ni el roce de unos neumáticos, sino el sonido pesado y rítmico de unos zapatos de cuero contra el mármol.
Me giré y el corazón se me detuvo. Era él. Pero no era el Andrés que conocía. Estaba de pie. Era altísimo, mucho más de lo que había imaginado, y su figura recortada contra la luz lo hacía parecer un gigante oscuro. Se acercó a mí con una zancada depredadora; su mirada azul ya no era cálida, sino gélida, cargada de un juicio que me hizo sentir minúscula.
—¿De verdad piensas salir así? —su voz retumbó en las paredes desnudas.
Traté de hablar, de decirle que me gustaba cómo me veía, pero mi voz se había quedado atrapada en mi garganta. Él se detuvo frente a mí, invadiendo mi espacio personal. Su altura me obligaba a mirar hacia arriba, sintiendo una inferioridad que me quemaba.
—Este vestido es ridículo. Te hace ver desesperada —dijo con desprecio. Extendió una mano y, con un movimiento brusco, tiró del tirante de seda, rasgando la tela.
Sentí el frío en mi hombro y el miedo me paralizó. Quise gritarle que se detuviera, que no tenía derecho, pero mis labios estaban sellados. Él se inclinó, su rostro a centímetros del mío, y levantó la mano. Vi su palma abierta, lista para impactar contra mi mejilla, y el terror absoluto me inundó. Justo cuando su mano iba a tocarme, desperté de golpe.
—¡No! —el grito murió en mi garganta.
Estaba en mi cama. Empapada en sudor, con las sábanas enredadas en mis piernas como cadenas. Mi corazón golpeaba mi pecho con tanta fuerza que me dolía. Miré a mi alrededor: la oscuridad de mi habitación, el silencio, el aroma a jazmín... todo estaba en su lugar. Pero el miedo se quedó ahí, pegado a mi piel como una segunda capa de sudor. Sabía que él no era así, pero... ¿y si lo fuera? Todos son increíbles al inicio. Lastimosamente, lo sabía mejor que nadie. El sueño me había jugado una mala pasada; siempre en mis pesadillas figuraba otra cara que odiaba recordar, pero ¿por qué tuve que soñarlo ahora a él?
Llegué a la oficina desorientada. El sueño se repetía en mi cabeza como una película de terror.
—¡Eloise! —Lirio entró a mi oficina con una energía que me mareó—. No vas a creerlo. Luca me ha estado haciendo preguntas extrañísimas sobre restaurantes.
—¿Ah sí? —traté de concentrarme en los planos sobre mi mesa.
—Sí. Me preguntó cuál era el lugar más romántico de la ciudad, uno que tuviera una vista "impresionante" pero que fuera lo suficientemente privado. Dice que Andrés se lo encargó personalmente para la cena de hoy.
Lirio se inclinó sobre mi escritorio, bajando la voz. —Eloise, esto ya no es una reunión de inversionistas. Creo que finalmente va a dar el paso. Va a pedirte que sean algo oficial. ¿No estás emocionada?
—Yo... sí, claro —mentí.
Pero por dentro, el pánico crecía. Si Andrés me pedía ser su pareja, el control que él ejercería sobre mi vida sería total. O al menos eso me decía mi subconsciente. A mediodía, vi a Luca y Lirio hablando en el pasillo. Luca tenía esa sonrisa encantadora, la mano apoyada casualmente en el hombro de Lirio. Parecían la pareja perfecta: el director de proyectos carismático y la secretaria dulce. Luca me vio y me guiñó un ojo, una señal de camaradería que en cualquier otro momento me habría hecho reír.
La tarde se me fue entre dudas. Estuve a punto de cancelar tres veces. Llegué a casa y me miré al espejo. El vestido azul estaba ahí. Me costó ponérmelo; sentía que cada costura me apretaba más de la cuenta.
Llegué tarde. Muy tarde. A propósito. Quería que él se cansara de esperar y se fuera, pero cuando el mesero me guio a la mesa, allí estaba él. Andrés ya tenía una copa de vino frente a él, casi vacía. Su cara estaba seria, grabada en una rigidez que me recordó a la estatua de mi sueño. Me senté frente a él sin decir nada. El silencio fue inmediato, pesado.
Él no me saludó con una sonrisa. Se limitó a observarme, midiendo mi tardanza, midiendo mi incomodidad.
—¿Te incomoda lo que ves? —preguntó de pronto señalando sus piernas. Su voz era grave, cortante.
No supe qué responder. La ciudad iluminada detrás de nosotros parecía un decorado falso.
—No.
—Mientes —dijo él, girando ligeramente su silla para quedar completamente frente a mí. Sus manos descansaban sobre los apoyabrazos—. Has llegado tarde, has evitado mirarme desde que te sentaste y estás sentada al borde de la silla como si estuvieras lista para irte.
Me quedé helada. Andrés siempre era demasiado observador.
—Eloise —continuó con esa calma firme—. No soy un adolescente. No quiero jugar contigo ni busco algo pasajero. Me interesas. Y todo lo que eso implica.
Mi pecho se apretó. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que podría escucharlo. También me interesaba. Y justamente por eso… no era lo correcto. No para mí, no para él.
—Andrés… yo… —No estás lista para una relación —completó él, con una leve tensión en la voz—. O quizás, el problema es que no estás lista para una relación conmigo —añadió mientras señalaba sus ruedas.