Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 13

Eloise

Hay días en los que el aire pesa más de lo normal, como si la atmósfera supiera que algo está a punto de romperse. Esa mañana, Mandtec no se sentía como una empresa tecnológica de vanguardia; se sentía como una olla a presión. El zumbido de los servidores en el pasillo me recordaba a un enjambre de abejas inquietas, y el silencio de las oficinas era demasiado perfecto para ser real.

Llegué a mi escritorio con los nervios todavía a flor de piel por lo ocurrido la noche anterior. Al abrir el cajón para guardar mi bolso, lo vi: un pequeño sobre de papel crema, elegante y discreto. Lo abrí con los dedos temblorosos.

"Gracias por la paciencia de anoche. Tu sonrisa ilumina mis mañanas y mis días. A."

Una sonrisa involuntaria me recorrió el rostro. Apenas unas horas antes, bajo la luz mortecina de los faroles, nos habíamos confesado lo impensable, y ese pequeño trozo de papel era la prueba de que no había sido un sueño. A pesar del caos, seguíamos siendo nosotros.

Pero la burbuja duró lo que dura un suspiro.

—¡No tiene sentido! —la voz de Luca retumbó desde la sala de juntas, rompiendo la calma.

Me acerqué a la puerta entreabierta. Andrés y Luca estaban frente a la pantalla principal, rodeados de gráficos de flujo de datos que parpadeaban en rojo. Luca tenía las mangas de la camisa recogidas y el cabello desordenado, la viva imagen de un genio que se ha quedado sin respuestas.

—Es una brecha de menos de un mega, Andrés —insistió Luca, señalando una línea de comandos con el bolígrafo—. Pero el que lo hizo sabe exactamente dónde buscar. Es quirúrgico. Es alguien que conoce el sistema desde dentro.

Andrés no respondió. Estaba inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en los reposabrazos de su silla, analizando los datos con una intensidad gélida que me erizó la piel.

—Si no lo frenamos, Luca, para el evento de la casa de campo seremos el chiste de la industria —dijo Andrés. Su voz no era alta, pero tenía un filo cortante—. Aurora es mi legado. No voy a dejar que un fantasma lo destruya.

Luca suspiró y se pasó una mano por la cara, suavizando el gesto. Se acercó a Andrés con la familiaridad de quien ha compartido mil batallas y conoce sus límites. —Lo vamos a encontrar, Andrés. Pero necesitas aire. Llevas diez horas pegado a esa pantalla y el código empieza a nublarte el juicio. Vamos a comer algo fuera, por lo menos treinta minutos.

Andrés asintió lentamente, cerrando los ojos un segundo. Era una tregua silenciosa. Me retiré antes de que me vieran, agradecida de que Andrés tuviera a alguien como Luca; alguien que pudiera recordarle que, debajo de todo ese genio y control, seguía siendo un hombre.

A mediodía, pasé por el área de secretaría. Lirio estaba absorta en su pantalla, pero sus mejillas tenían un color encendido que no era por el calor. Luca estaba apoyado en su escritorio, hablándole en voz baja mientras jugaba con un bolígrafo, invadiendo su espacio personal con esa naturalidad carismática que le abría todas las puertas.

—...y por eso, señorita Lirio, su eficiencia merece ser recompensada con el mejor café de la ciudad —decía Luca con ese tono meloso. Lirio soltó una risita nerviosa, acomodándose la vincha. —Señor De Negret, estoy trabajando... —Luca. Te he dicho mil veces que me digas Luca.

Me aclaré la garganta y ambos saltaron como si los hubieran atrapado en una travesura. —Lirio, necesito los informes de sensores para la tarde —dije, tratando de ocultar una sonrisa. Lirio era una joya. A pesar de su falta de experiencia inicial, su nobleza y su rapidez para aprender la habían vuelto indispensable. Tenía acceso a todas las agendas y se desempeñaba con una claridad y lealtad que eran raras de encontrar en este nido de tiburones.

Luca me miró y me guiñó un ojo antes de alejarse con ese aire despreocupado. Lirio volvió a teclear, pero sus ojos seguían brillando. Verla así me daba ternura, aunque una parte de mí se preguntaba si Luca realmente veía en ella lo que ella veía en él, o si solo disfrutaba de tener a alguien que lo mirara como si fuera un dios.

Más tarde, entré a la oficina de Andrés. Él estaba solo, de espaldas, mirando hacia el ventanal que daba al parque. El sol de la tarde recortaba su silueta contra el cristal.

—Andrés, tengo los ajustes de latencia...

Se giró rápidamente, pero el movimiento fue demasiado brusco. Noté que su mano derecha hizo un movimiento espasmódico, un temblor involuntario que no pudo controlar. El puntero digital que sostenía resbaló de sus dedos y rodó debajo de su escritorio.

Vi cómo su mandíbula se tensaba. Se inclinó hacia adelante para intentar alcanzarlo, pero su faja abdominal pareció traicionarlo; su rostro se contrajo en una mueca de dolor sutil que trató de borrar de inmediato al notar mi presencia. Me quedé estática, fingiendo que revisaba mi tablet. Recordaba bien su advertencia: odiaba la lástima.

—Perdona, Eloise —dijo, recuperando el aire mientras se reincorporaba con el puntero en la mano—. El cansancio me hace torpe.

Se ajustó el saco con una elegancia forzada, como si quisiera recomponer su armadura. Sus ojos azules me buscaron, desafiantes, midiendo si había detectado su vulnerabilidad.

—Están aquí —dije, dejando los papeles sobre la mesa y evitando mirar su mano, que todavía vibraba ligeramente sobre el apoyabrazos—. He logrado bajar a noventa milisegundos. Es el tiempo récord.




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