Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 14

​Eloise

​Miré mi reflejo en el espejo por cuarta vez y solté un suspiro. ¿Cómo se supone que tengo que ir vestida? ¿Algo formal? ¿zapatos altos? Miré por la ventana: el frío de la ciudad empezaba a calar y la humedad amenazaba con arruinar cualquier intento de peinado.

​Finalmente, mandé la indecisión al diablo. Me puse unos jeans negros ajustados, una blusa de seda que se sentía suave contra la piel y mi casaca afelpada favorita. Rematé el look con unas botas altas. Salí a toda prisa, siguiendo la ubicación que Andrés me había enviado. A mitad de camino, me detuve en una pequeña pastelería boutique. Sabía que él no era de comer mucho dulce, así que elegí un postre light de frutos rojos. Un detalle pequeño para una noche que se sentía inmensa.

​Cuando llegué a la urbanización, las enormes puertas automáticas se abrieron tras confirmar mi nombre. Entré al estacionamiento —un espacio impecable con capacidad para seis autos— y apenas apagué el motor, la puerta del copiloto se abrió.

​—Hola, preciosa.

​Andrés me sonrió desde abajo. Me sorprendió verlo: no estaba en su habitual silla eléctrica, esa imponente máquina tecnológica que usaba en Mandtec. Esta vez estaba en una silla manual, más pequeña, ligera y sencilla. Llevaba una polera casual, pantalones deportivos oscuros y unas pantuflas grises. Se veía... relajado.

​—Hola —me agaché para saludarlo, pero él estiró su brazo con firmeza y me sentó en sus piernas. Quedamos a la misma altura, el frío de la noche desapareciendo con el calor de su abrazo. Me besó con una delicadeza que me hizo vibrar.

​—¿Te cambiaste de silla? —pregunté curiosa mientras avanzábamos hacia la entrada.

—Esta es más cómoda para moverme aquí. Conozco cada centímetro de la circulación de esta casa —respondió, impulsando las ruedas con una agilidad que solo daban años de práctica.

​Al entrar, la calidez del hogar me envolvió. Pero mientras lo seguía hacia la sala, noté un detalle sutil que me apretó el corazón: su pantufla derecha estaba medio salida, torcida de una forma que resultaría incómoda para cualquiera, pero él seguía avanzando sin inmutarse. No se había dado cuenta porque, simplemente, no podía sentirlo. No dije nada; no quería romper su paz con una observación que recordara su limitación.

​—¿Me permites usar el baño antes de cenar? —pregunté.

—Claro. El de visitas está en remodelación, pero puedes usar el mío. Está al final del pasillo, cruzando mi habitación.

​Caminé por el corredor hasta su cuarto y me detuve un segundo en el umbral. Era una habitación enorme, minimalista, pero con detalles que no verías en una revista de diseño: barras de metal discretas pero firmes cerca de la cama y junto a los muebles.

​Al entrar al baño, la realidad de su día a día se hizo más evidente. Era un espacio amplio, con rieles de seguridad en las paredes y una ducha a ras de suelo sin bordes. Al acercarme al estante para lavarme las manos, mis dedos rozaron un cajón que no estaba bien cerrado. Con el movimiento, un paquete resbaló y cayó al suelo.

​Me agaché para recogerlo y me quedé inmóvil. Era un pañal para adultos.

​Me quedé mirando el objeto unos segundos, sintiendo una mezcla de respeto y una nueva comprensión. Sabía que su lesión era seria, pero ver los implementos de su cuidado íntimo allí, tan reales y cotidianos, me hizo entender que amarlo significaba aceptar un mundo diferente, uno que requería una fortaleza que yo apenas empezaba a vislumbrar. Guardé el paquete en el cajón con cuidado, lo cerré bien y me lavé las manos en silencio. No había rastro de rechazo en mí, solo una admiración profunda por el hombre que, a pesar de todo eso, se presentaba ante el mundo como un titán.

​Regresé a la sala donde la cena ya estaba servida.

—Puré de papa con lomo al jugo —dijo él, señalando los platos—. Me dijeron que es tu favorito.

—Traje postre —sonreí, dejando la cajita en la mesa—. Es light, por si acaso.

​La velada se puso larga. Entre copas de vino y conversaciones sobre el futuro, el cansancio del día me venció. Me acomodé en el sofá y, sin darme cuenta, me quedé dormida bajo el arrullo de su voz.

​Andrés me miró en silencio. Quiso cargarme, llevarme a la cama y sentir mi peso contra él, pero la frustración de no poder hacerlo de forma segura lo detuvo. Se limitó a taparme con una manta y se quedó allí, velando mi sueño toda la noche, preguntándose si era lo correcto dejar que me quedara en su vida.

​Me desperté con el olor a café. En la mesa había fruta cortada y sándwiches calientes.

—¿Todo eso lo preparaste tú? —pregunté entre sueños, estirándome.

—¿Cómo? —rio él desde su silla manual.

—No, es que... despertarse y ver todo listo...

—Eloise, estar en una silla no me imposibilita para cocinar —dijo con un deje de orgullo—. Sé moverme en mi cocina.

—Lo sé... perdón. No quise decir eso —bajé la mirada, apenada.

​Él se acercó y me tomó la mano.

—Está bien. Desayunemos. Tenemos que ir a Mandtec. La auditoría ha empezado y Luca dice que han encontrado algo sobre Michael Fherran.

​La burbuja se rompió. El calor de la noche desapareció cuando recordé el secreto que todavía guardaba. Michael. Mi hermano. El hombre que Andrés ahora veía como su principal sospechoso.




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