Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 15

Eloise

​Terminé mi desayuno en un silencio cómodo, observando cómo la luz de la mañana bañaba la sala de Andrés. Él se había retirado a su habitación hacía un rato para alistarse. Sabía que apenas había dormido un par de horas —lo sentí velar mi sueño—, pero cuando la puerta se abrió de nuevo, el hombre que salió no mostraba rastro de cansancio.

​Apareció oliendo a una mezcla de jabón cítrico y ese perfume amaderado que ya se me había instalado en la memoria. Llevaba un traje gris perfectamente entallado, el cabello impecable y una sonrisa coqueta que me recordó por qué medio Mandtec le temía y la otra mitad lo admiraba. Había vuelto a su "modo jefe", pero con un brillo en los ojos que solo yo conocía.

​Me quedé mirándolo, embobada, con la taza de café a medio camino.

​—Tengo una obsesión con tus besos —susurró, acercando su silla hasta quedar frente a mí. Me tomó por la nuca con suavidad y me besó con una intensidad que me dejó sin aliento—. Buenos días, preciosa.

​—Buenos días —logré decir, recuperando el aire—. Andrés, tengo que ir a mi departamento. Tengo que bañarme, cambiarme... aquí no tengo nada de ropa. Mis cosas están allá.

​Mi plan era que él se adelantara a la oficina y nos encontráramos allí, pero Andrés arqueó una ceja con esa determinación que no aceptaba un "no" por respuesta.

​—Te acompaño —dijo con firmeza—. No voy a dejar que te vayas sola después de anoche. Iremos juntos a Mandtec.

​—Pero, Andrés... —traté de protestar, aunque en el fondo me encantaba la idea.

​Mientras terminaba mi batido, lo observé hacer algo que me detuvo el corazón. Iba a trasladarse de la silla manual a la eléctrica. Vi cómo usaba sus brazos, cuya fuerza era impresionante, para mover sus propias piernas una a una, acomodándolas para el impulso. Fue un proceso que para él era rutina, algo mecánico y rápido, pero para mí fue una sacudida de realidad.

​Me levanté por instinto para ayudarlo, pero él me detuvo con la mirada.

—Puedo hacerlo, Eloise. Confía en mí.

​Se impulsó con un movimiento seco y preciso. Por un segundo, su cuerpo pareció inerte de la cintura para abajo, suspendido en el aire antes de aterrizar con exactitud en la silla eléctrica. Fue un recordatorio mudo de su lucha diaria, de esa desconexión entre su mente brillante y su cuerpo que él manejaba con una dignidad feroz. Me sentí rara al verlo, no por rechazo, sino por la magnitud de su esfuerzo silencioso.

​—Podemos ir en mi carro —sugerí para romper la tensión—. Si quieres, yo manejo.

​—Me encantaría que me llevaras tú —sonrió él—. Hoy tú tienes el control.

​Cuando llegamos al estacionamiento, el pánico me golpeó. Mi carro no tenía rampa, no tenía mandos manuales, no tenía nada adaptado. Iba a decirle que mejor tomáramos el suyo, pero Andrés pareció leerme el pensamiento.

​—No hay problema, Eloise. Solo acércame a la puerta.

​Lo observé con asombro. Acercó la silla al asiento del copiloto, bloqueó las ruedas y empezó a impulsarse lentamente. Movía las caderas con un esfuerzo rítmico, usando sus manos para guiar sus piernas dentro del vehículo. Vi cómo su mano resbaló un momento por el cuero del asiento, pero se recuperó de inmediato. Le costó, aunque su orgullo jamás le permitiría admitirlo. Una vez sentado, se acomodó el traje como si nada hubiera pasado.

​Guardé su silla en la maletera — y subí al volante. Puse algo de música suave y manejamos hacia mi departamento. Verlo en el asiento de mi copiloto, en mi espacio, se sentía extrañamente correcto.

​Al entrar a mi casa, Andrés se quedó en silencio un momento, observando la sala.

—Moviste los muebles —notó, mirándome con curiosidad.

​Me sonrojé, evitando su mirada mientras buscaba mi ropa.

—Sí... los acomodé un poco para que pudieras moverte mejor si venías. No quería que nada te estorbara.

​Vi cómo su expresión se suavizaba. Se acercó a mí y me tomó de la mano, tirando suavemente hasta que quedé frente a él.

—Nadie había movido un mueble por mí antes, Eloise. Siempre soy yo el que tiene que adaptarse al mundo. Gracias por pensar en esos detalles.

​Me dio un beso rápido en la mano antes de que yo me escapara a la ducha.

​Llegamos a la oficina juntos. Entramos por el lobby principal, él llevándome de la mano con una naturalidad que hizo que varias cabezas se giraran y que el murmullo de los empleados subiera de volumen en segundos. Ya no nos importaba.

​Pasamos la mañana en su oficina, trabajando en los últimos detalles de Aurora. Él en su escritorio y yo en la pequeña mesa redonda a su lado. Era una paz productiva, rota solo por los correos de Luca y las actualizaciones de la auditoría.

​—Parece que la calma ha vuelto —dije, estirando los brazos tras horas de código.

​Andrés levantó la vista de su monitor.

—Es la calma antes de la tormenta, Eloise. Mañana veremos sobre la prueba del prototipo. Michael Fherran ya confirmó que nos encontrará allá, a pesar de que le pedí que no fuera. Dice que como inversionista mayoritario tiene derecho a supervisar las pruebas de campo.

​Se me hizo un nudo en el estómago. Mi hermano no iba a rendirse. Y Andrés, bajo esa fachada de tranquilidad, seguía rastreando cada paso de Michael.

​—Andrés, sobre Michael... —empecé a decir, pero en ese momento Luca entró a la oficina sin tocar.

​—Tenemos los resultados preliminares de la auditoría —dijo Luca, lanzando una carpeta sobre la mesa. Su cara era de absoluta seriedad.




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