Andrés
Después de que Luca dejó los informes sobre mi escritorio, pasé gran parte de la mañana revisándolos minuciosamente. Había algo en las cifras, una discrepancia mínima en los tiempos de acceso, que me llamaba la atención, pero me negaba a creerlo. No quería que nada empañara lo que estaba naciendo con Eloise. Le pedí que saliera a avanzar otros trabajos; necesitaba espacio para pensar, para procesar que, por primera vez, el control se me escapaba de las manos y no me importaba tanto como antes.
Los días siguientes fueron, sencillamente, increíbles. La relación con Eloise se sentía como un algoritmo perfecto que finalmente encontraba su solución. Almorzábamos juntos en la oficina, a veces la acompañaba a su casa y nos quedábamos hablando hasta altas horas de la madrugada. Sin embargo, yo trataba de evitar un poco su departamento; su baño no era del todo apto para mi silla y resultaba incómodo maniobrar en espacios tan reducidos. Prefería que pasáramos el tiempo en mi casa, algo que a ella no parecía molestarle en absoluto.
Aprendí a leer sus silencios. Veía cómo esquivaba los ojos cuando me trasladaba de una silla a otra, o cómo, con una sutileza que me conmovía, acomodaba mis piernas cuando se movían de posición y yo no me daba cuenta. No era lástima; era cuidado. Y eso, en mi mundo, valía más que cualquier fortuna.
Era viernes y habíamos decidido salir temprano. Su carro estaba en mantenimiento, así que me había convertido en su chofer oficial de toda la semana. Fuimos a una plaza comercial; caminábamos (bueno, ella caminaba y yo rodaba a su lado) pareciendo adolescentes enamorados. Me costaba admitirlo, pero con ella las cosas se sentían fáciles. Sabía que tener una relación conmigo era complejo, y aunque a veces veía que le costaba procesar ciertas cosas, me aliviaba saber que seguía aquí, sosteniéndome la mano.
—Amor, ¿está bien si cocinamos pasta? —pregunté mientras avanzábamos con el carrito de compras por los pasillos del súper.
Esta semana Cata, la persona que me ayudaba con las compras y la limpieza, había pedido permiso, así que después de mucho tiempo me encontraba recorriendo los estantes de comida. Me gustaba esta interacción: debatir si elegir fideos delgados o gruesos, comparar marcas de salsa de tomate, decidir los ingredientes para la cena.
Pasamos por la sección de higiene personal. Tomé un tubo de pasta dental y luego me detuve frente a los cepillos.
—¿Cuál te gusta? —pregunté, señalando las opciones. —¿A mí? —respondió ella, confundida.
—Quiero que compremos algunas cosas que puedas necesitar cuando te quedes conmigo. No quiero que tengas que regresar a tu departamento cada vez que se haga tarde.
Eloise
Sus palabras hicieron que mi corazón se apretara de una forma dulce.
—¿O sea que me vas a llevar de shopping? —dije en broma, tratando de ocultar lo mucho que me había emocionado el gesto.
—Justamente eso —dijo él, con esa seriedad que a veces resultaba tan atractiva—. Quiero que también te sientas en casa conmigo.
—Ya me siento en casa contigo —le dije, rodeando su cuello con mis brazos y dándole un beso rápido.
Lo que empezó como una compra para la cena terminó siendo una expedición de suministros. Compramos peines, cepillos, cremas, shampoo y hasta un set de maquillaje básico para que ella no tuviera que cargar su maleta todos los días.
Llegamos a la sección de ropa y me detuve frente a unos conjuntos.
—¿Cuál te gusta más? —le pregunté, señalando dos opciones de lencería de encaje. —Ninguno —respondió él con una chispa de picardía en los ojos
— Prefiero que no uses nada.
—¡Andrés! Estoy hablando en serio —me reí, golpeando suavemente su hombro.
—Yo también hablo en serio —replicó él, aunque luego señaló un conjunto de algodón un poco más grande hacia el fondo del estante
—Este parece más cómodo.
—¿No crees que se ve muy anticuado?
—Todo te queda precioso, Eloise. Además, tienes que sentirte cómoda. No necesitas impresionarme, ya lo haces cada vez que te miro.
Terminamos la compra y el pobre Andrés estaba repleto de bolsas: unas en sus piernas, otras colgando de las asas de su silla.
—Osea, literalmente con todo lo que hemos comprado, me podría quedar una semana entera en tu casa sin problemas —le dije bromeando mientras caminábamos hacia el estacionamiento.
—Esa es la idea —respondió él con una sonrisa triunfal.
…
Terminamos la noche viendo una película. Estábamos en el mueble, sentados juntos; yo prácticamente derretida a su costado. Habíamos estado en la misma posición por un par de horas hasta que recordé lo que me había comentado una vez sobre su salud: no puede estar en la misma posición por demasiado tiempo porque es peligroso para su piel y su circulación.
—Hey, muévete un poco —le dije suavemente, ayudándolo a reacomodarse—. Ya es tarde, Andrés.
Él asintió, hizo el traslado a su silla con esa fuerza en los brazos que siempre me dejaba fascinada y fuimos a su habitación. Lo ayudé a acomodarse, tapándolo como había hecho un par de noches atrás. Normalmente, yo me retiraba a la habitación de invitados, pero justo cuando iba a soltar su mano, él la apretó.
—Quédate —dijo, mirándome desde la cama.
—¿Seguro? No quiero invadir tu espacio personal, Andrés. Sé que valoras mucho tu independencia aquí.
—Seguro. Quédate conmigo.
Subí a la cama con cuidado. Nos quedamos abrazados, yo con mi cabeza apoyada en su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón.
Continuarà....
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:)