Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 17

Despertar a su lado fue increíble, aunque cuando abrí los ojos, él ya estaba en su silla, observándome en silencio.

—Buenos días —dije con una sonrisa perezosa. Andrés vestía ropa deportiva: unos pantalones cómodos y un polo con la casaca azul abierta. Se veía fuerte, pero de una manera más humana y cercana.

—Buenos días, preciosa. Te venía a preguntar si me quieres acompañar a entrenar. Luego tengo cita con mi doctora y... quería saber si quieres ir conmigo.

—Claro —respondí, aunque primero debía bañarme.

Entré al baño para organizar mis cosas. Él entró conmigo, llevando las bolsas con mis cremas. Fue entonces cuando abrió el cajón que yo había descubierto por accidente la noche anterior. Vio el paquete de pañales, me miró fijamente y soltó una pregunta que me cortó el aliento:

—¿Quieres preguntar?

—Me gustaría conocerte en todos tus aspectos, Andrés —respondí, acortando la distancia entre nosotros.

Él comenzó a explicarme con bastante claridad. No hubo vergüenza en su voz, solo una explicación técnica impregnada de una cruda realidad. Sus ojos, sin embargo, me escaneaban buscando el más mínimo rastro de rechazo, una mueca de asco o un paso hacia atrás.

—Básicamente —continuó, bajando la vista al paquete—, no tengo control de esfínteres. Mi organismo no me avisa cuando la vejiga está llena. He pasado años entrenando mi cuerpo para evacuar en horarios fijos, pero el cuerpo no es una máquina perfecta. En viajes largos, o cuando sé que los baños son un laberinto para una silla, el pañal es mi seguridad. Otras veces uso una sonda conectada a una bolsa en mi pierna.

Me quedé en silencio, procesando. No era solo "no caminar". Era gestionar cada función biológica con una logística agotadora.

—¿Te asusta? —preguntó, y por primera vez, su voz flaqueó.

Crucé el espacio que nos separaba y puse mis manos sobre las suyas, que aún sostenían el paquete.

—No me asusta, Andrés. Me sorprende lo mucho que te admiro por manejarlo todo con tanta naturalidad. Te dije que quería conocerte en todos tus aspectos, y esto es parte de ti. No voy a salir corriendo porque tu cuerpo funcione distinto al mío.

Él soltó un suspiro largo, un peso que parecía haber llevado durante años. Soltó el paquete y me rodeó la cintura con sus brazos, hundiendo su rostro en mi abdomen. Sentí su alivio en la forma en que se aferró a mí.

—Sofía decía que esto era lo más difícil de aceptar —susurró contra mi blusa—. Que le quitaba el "glamour" a nuestra vida.

—Entonces esa “Sofía” no sabía lo que era amar de verdad —le acaricié el cabello—. El amor no tiene que ser glamuroso, Andrés. Tiene que ser real.

Después de la ducha, bajamos al gimnasio de la casa. Verlo entrenar fue otra revelación. Sus músculos se tensaban bajo el esfuerzo, el sudor brillaba en su frente y su mandíbula permanecía apretada por la concentración. Era un guerrero luchando contra la gravedad.

—¿Lista para conocer a mi doctora? —preguntó mientras recuperaba el aliento—. Sofía Salvat es una buena amiga. Ha estado conmigo desde el accidente.

Salimos hacia la clínica. Andrés manejaba su Mercedes con destreza, pero esta vez, su mano no soltó la mía ni un segundo. Al llegar, el ambiente cambió. Ya no era el CEO de Mandtec; era el paciente 402. Antes de entrar, mi celular vibró. Un mensaje de Michael:

"Eloise, sé que Andrés está dudando de mí. Yo también estoy investigando, pero por el momento no digas nada. Creo que ya sé quién es el responsable de las filtraciones. Van a pedir una orden para revisar tus cuentas personales; es mejor que él no lo sepa aún porque el responsable es alguien cercano a él."

Miré a Andrés. Mi corazón se encogió. El suelo estaba a punto de desaparecer bajo mis pies.

Él sonrió, una sonrisa triste pero llena de alivio. Me besó la palma de la mano.

La clínica olía a antiséptico caro y a una extraña mezcla de esfuerzo y silencio. Entramos al área de rehabilitación, un gimnasio inmenso lleno de espejos y camillas acolchadas.

—Andrés, puntual como siempre —dijo la doctora Sofía Salvat, una mujer de mirada inteligente y bata blanca impecable—. Un gusto, Eloise. He oído mucho de ti.

Ignoré la punzada de celos al ver la familiaridad con la que Sofía le puso una mano en el hombro. Era la mano de alguien que conocía cada cicatriz de su cuerpo.

—A la camilla, Andrés. Vamos a ver esa columna.

Dos asistentes corpulentos lo cargaron con una técnica depurada. Vi cómo sus piernas colgaban, inertes, mientras lo acomodaban. Luego, lo sentaron sobre una pelota terapéutica inmensa. Un asistente lo sostenía por la cintura para que no perdiera el equilibrio. Andrés cerró los ojos, concentrándose en mantener el tronco erguido. Sus músculos abdominales luchaban contra una gravedad que su cuerpo ya no sabía procesar.

—Vamos a evaluar la escoliosis —dijo Sofía, acercándose con un escoliómetro.

Vi cómo su columna se marcaba bajo la piel. Sofía pasó sus dedos por las vértebras, midiendo la desviación. Era un mapa de su lucha: cada grado contaba una historia de horas frente al monitor.

—La rotación ha aumentado, Andrés. Has descuidado los estiramientos. El trabajo no te va a sostener los pulmones si esa caja torácica sigue colapsando —le riñó ella con afecto—. Eloise, ven aquí. Pon tus manos en su zona lumbar. Siente esto.




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