Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 18

El trayecto de regreso a Mandtec fue un tormento silencioso.

La mano de Andrés seguía entrelazada con la mía sobre la consola central del auto, cálida y firme, un ancla que minutos antes me había dado paz. Pero ahora, cada vez que su pulgar acariciaba mis nudillos, sentía una punzada de culpa que me quemaba la garganta.

«El responsable es alguien cercano a él».

Las palabras de Michael se repetían en mi cabeza como un disco rayado. Miré el perfil de Andrés mientras conducía. Su mandíbula estaba relajada, los hombros menos tensos después de la cita con Sofía. Por primera vez en semanas, parecía confiar en que no tenía que librar todas sus batallas solo. Y yo estaba sentada a su lado, ocultándole información vital.

Pero si abría la boca, si le decía lo que Michael me había advertido, tendría que explicarle cómo es que el "inversionista sospechoso" tenía mi número personal. Tendría que decirle mi apellido completo. Tendría que confesar que le había mentido por omisión desde el primer día que pisé su oficina.

—Estás muy callada —dijo Andrés, sacándome de mis pensamientos. Giró el volante para entrar al estacionamiento subterráneo del edificio y me miró de reojo—. ¿Te asustó lo de la clínica? Si fui muy rudo con los asistentes...

—No, no es eso —lo interrumpí rápido, apretando su mano—. Solo... estaba pensando en Aurora. En la auditoría.

Él asintió, su expresión volviéndose profesional al instante. Estacionó el auto en su espacio reservado y soltó un suspiro corto.

—Luca me mandó un mensaje mientras estábamos con Sofía. Los auditores externos ya están en el piso doce. Van a empezar a revisar los terminales personales y a solicitar acceso a cuentas bancarias de los directivos y jefes de área. Quieren rastrear cualquier pago inusual.

El aire se me atascó en los pulmones. Cuentas bancarias.

Si los auditores revisaban mis cuentas, verían los fideicomisos de Fherran Delacroix Global Holdings. Verían las transferencias familiares. Verían que Eloise, la especialista en prototipos, era en realidad Eloise Fherran.

—¿Cuentas personales? —intenté que mi voz sonara casual mientras bajábamos del auto—. ¿No es eso una invasión a la privacidad?

Andrés se transfirió a su silla eléctrica con un movimiento fluido. Se ajustó el saco y me miró con una seriedad implacable.

—Es un protocolo estándar cuando hay sospecha de espionaje industrial. El que no tenga nada que ocultar, no debería preocuparse. —Hizo una pausa, sus ojos azules clavándose en los míos con una suavidad repentina—. A menos que tengas millones escondidos en las Islas Caimán, no tienes de qué preocuparte, Eloise.

Forcé una sonrisa. No en las Islas Caimán, pero sí en los fondos de inversión de mi familia, pensé, sintiendo que el pánico comenzaba a asfixiarme.

Subimos por el ascensor en silencio. Cuando las puertas del piso doce se abrieron, el caos nos golpeó. Había tres hombres de traje gris y actitud clínica moviéndose por los pasillos. Lirio estaba de pie junto a su escritorio, abrazando una carpeta contra su pecho, luciendo visiblemente nerviosa mientras un auditor revisaba su computadora.

Y luego estaba Luca.

Estaba discutiendo acaloradamente con uno de los auditores, defendiendo a Lirio.

—¡Te he dicho que ella no tiene acceso de nivel tres! —exclamaba Luca, pasándose una mano por el cabello desordenado con evidente frustración—. Lirio solo maneja agendas. Dejen de asustar a mi personal por algo que pasó en los servidores de los ejecutivos.

Cuando nos vio, Luca dejó al auditor y caminó hacia nosotros con paso rápido. Su rostro, siempre relajado, mostraba una genuina preocupación que rara vez se le veía.

—¡Por fin llegan! —exclamó Luca, dándole una palmada en el hombro a Andrés, un gesto de apoyo puro—. Esto es un desastre, Andrés. Están poniendo la oficina patas arriba. Traté de retrasar la revisión de las cuentas personales hasta que tú estuvieras, porque esto es un atropello, pero amenazan con cancelar la póliza de seguridad.

Andrés endureció el gesto, pero asintió hacia su amigo. —Hiciste bien en esperarme, Luca. Cálmate. Nadie va a tocar a Lirio ni a los demás si no tienen pruebas reales. ¿Qué han encontrado en los servidores?

Luca suspiró, frotándose el puente de la nariz con cansancio. —Las pistas siguen apuntando al lunes. El sistema registra una extracción de datos justo en la ventana de quince minutos donde Michael Fherran estuvo solo en el pasillo. Andrés, sé que no quieres escuchar esto porque el tipo trae millones a la mesa, pero Fherran es nuestra principal fuga.

Sentí que la sangre me hervía. Mi instinto de hermana quiso saltar a defenderlo, pero me mordí la lengua hasta saborear metal. No podía defender a Michael sin exponerme.

—Vamos a mi oficina —ordenó Andrés a Luca—. Tráeme el reporte de accesos del lunes. Quiero verlo yo mismo antes de que los auditores pasen un informe a la junta.

—Voy por él —dijo Luca de inmediato, girándose hacia el área de sistemas como un soldado leal cumpliendo una orden.

Andrés se volvió hacia mí. Su mirada se suavizó al ver mi palidez. —Eloise, ve a tu oficina. No dejes que los auditores te intimiden. Si te piden algo, diles que pasen primero por mí. No voy a permitir que te traten como a una sospechosa.

Asentí, incapaz de articular palabra, y me dirigí a mi despacho.

Cerré la puerta detrás de mí y me apoyé contra ella, respirando con dificultad. Sacudí la cabeza y saqué el celular de mi bolsillo. Las manos me temblaban tanto que casi lo dejo caer. Tecleé el número de Michael a toda prisa.

Contestó al segundo tono. —Eloise. Pensé que no llamarías.

—Michael, están pidiendo accesos a las cuentas personales —susurré, caminando hacia la ventana para asegurarme de que nadie me escuchara—. Van a ver mis fideicomisos. Van a ver que soy una Fherran.

Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea. —Maldición —murmuró mi hermano—. Escúchame bien, Eloise. Tienes que negarte a firmar la autorización bancaria hoy. Di que tu asesor financiero está de viaje, invéntate un protocolo legal, cualquier cosa que te dé veinticuatro horas.




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