Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 19

El silencio en la oficina se volvió tan denso que podía escuchar el zumbido del aire acondicionado sobre nuestras cabezas. Sostenía el lápiz digital sobre la tablet del auditor, pero mis dedos se sentían de piedra.

—¿Eloise? —La voz de Andrés, suave pero cargada de una creciente confusión, me obligó a levantar la vista. Sus ojos azules, que anoche me habían mirado con tanta devoción, ahora empezaban a mostrar ese brillo analítico que usaba para detectar fallas en el código.

—Yo... —Tragué saliva, sintiendo que el corazón me martilleaba en los oídos—. Andrés, mis cuentas están bajo un protocolo de seguridad familiar. Mi asesor financiero me pidió que no firmara nada sin que él revisara los términos de confidencialidad de la auditoría. Es por un tema de impuestos...

Fue una excusa pobre, y lo supe en cuanto la solté. Andrés frunció el ceño. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de nuevo. Luca entró, cargando dos cafés y luciendo esa sonrisa despreocupada que siempre lograba relajar el ambiente.

—¡Ey! ¿Todavía siguen con esto? —Luca se acercó a la mesa, dejando un café frente a Andrés con naturalidad—. Vamos, señor auditor, no atosigue a la ingeniera. Ella ha estado trabajando dieciocho horas seguidas. Andrés, no dejes que estos tipos la traten como si fuera una criminal de cuello blanco.

Andrés miró a Luca y luego a mí. El apoyo de su mejor amigo pareció suavizar su postura inicial.

—Luca tiene razón —dijo Andrés, aunque su mirada seguía fija en la mía—. No quiero que te sientas presionada, Eloise. Pero la junta está pidiendo resultados. Si te niegas ahora, los auditores pondrán una bandera roja en tu perfil técnico.

—Andrés, solo necesito veinticuatro horas —insistí, tratando de que mi voz no temblara—. Solo para que mi asesor dé el visto bueno legal. No tengo nada que ocultar, lo sabes.

Luca soltó una carcajada ligera y se sentó en el borde de mi escritorio, actuando como el mediador perfecto. —Es lógico, Andrés. Cualquiera con dos dedos de frente protege su información financiera. Yo mismo tuve que llamar a mi abogado antes de darles mis claves. —Luca miró al auditor con suficiencia—. Dele un respiro. Mañana a primera hora tendrá la firma. Yo me encargo de que así sea, ¿verdad, Eloise?

El auditor suspiró, claramente molesto, pero asintió ante la presión de los dos directivos. —Mañana a las ocho, señorita. No habrá más prórrogas.

Cuando el hombre salió de la oficina, sentí que la vida me regresaba al cuerpo, aunque fuera solo por un momento. Luca me guiñó un ojo con complicidad, demostrando una vez más por qué Andrés confiaba ciegamente en él: era el que siempre sabía cómo calmar las aguas y proteger al equipo.

—Gracias, Luca —susurré, sintiendo una mezcla extraña de alivio y angustia.

—Para eso están los amigos, ¿no? —respondió él, dándole un sorbo a su café—. Andrés, tenemos que ir al laboratorio. Los sensores de Aurora están dando un error de calibración en el entorno urbano y solo tú sabes cómo ajustar el núcleo del sistema.

Andrés asintió, aunque antes de girar su silla, tomó mi mano. —Ve a casa, Eloise. Descansa. Mañana resolvemos lo del banco y cerramos este capítulo de la auditoría. Confío en ti.

—Lo sé —respondí, aunque la palabra me dolió como una herida abierta.

Los vi salir del pasillo. Luca iba caminando al lado de la silla de Andrés, hablando animadamente sobre el proyecto, proyectando la imagen perfecta de lealtad y profesionalismo. Nadie sospecharía de él. Ni los auditores, ni Andrés, ni siquiera yo, si no fuera por el mensaje de Michael.

Me quedé sola en la oficina. El sol empezaba a caer, pintando las paredes de un naranja intenso. Sabía lo que tenía que hacer. Si Michael tenía razón, el traidor no estaba fuera, sino compartiendo el café con nosotros.

Tomé mis cosas y salí del edificio. No fui a mi departamento. Manejé directamente hacia la casa familiar de los Fherran. Necesitaba que Michael me diera pruebas, algo sólido que pudiera mostrarle a Andrés antes de que la auditoría me destruyera a mí primero.

Al llegar, la mansión se veía imponente bajo la luz de la luna. Michael me esperaba en el despacho, rodeado de pantallas.

—Tardaste —dijo sin apartar la vista de los códigos que corrían por su monitor.

—Casi me descubren, Michael. Andrés sabe que estoy ocultando algo. —Me acerqué a él—. Dime que tienes algo. Dime que sabes quién es.

Michael giró su silla y me miró con una seriedad que me heló la sangre. —La filtración no salió de un usuario externo. Usaron un "puente" desde una terminal de confianza. Alguien que no necesita hackear el sistema porque ya tiene las llaves de la casa.

—¿Luca? —pregunté en un susurro, sintiendo que la idea era absurda. Luca era el que había estado con Andrés desde el accidente.

—No tengo el nombre definitivo todavía, pero el rastro digital apunta a una cuenta de administrador que se activó anoche, mientras tú estabas en casa de Andrés. Alguien entró a los archivos de los inversionistas y descargó tu perfil completo, Eloise.

—¿Mi perfil?

—Saben quién eres. Saben que eres mi hermana. Y están esperando el momento exacto para soltar la información y hacer que Andrés piense que tú eres la espía.

En ese momento, mi celular vibró. Un correo de la oficina de auditoría interna de Mandtec, con copia a Andrés Morss.

El asunto decía: "DISCREPANCIA EN IDENTIDAD: ELOISE HELENA FHERRAN DELACROIX".

La bomba acababa de estallar. Y yo no estaba al lado de Andrés para explicarle que la verdad era mucho más compleja que un apellido.




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