Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 23

Eloise

Entrar a Mandtec a las tres de la mañana se sentía como profanar un templo.

Las luces principales estaban apagadas. Solo las tiras LED del suelo marcaban el camino hacia el área restringida. Mi ropa estaba empapada por la lluvia. El frío me calaba los huesos, pero el latido desbocado en mi garganta no me dejaba temblar.

Empujé la pesada puerta de cristal del laboratorio.

Ahí estaba él.

Andrés.

La pantalla principal proyectaba líneas y líneas de código sobre su rostro cansado. No estaba en su silla eléctrica. Se había transferido a la manual, probablemente para acercarse más a los servidores físicos.

Tenía los codos apoyados en las rodillas y el rostro oculto entre las manos. Se veía destruido.

—Te dije que te fueras, Eloise —su voz sonó ronca. Ni siquiera levantó la vista.

Me quedé paralizada un segundo. ¿Cómo sabía que era yo?

—El sonido de tus botas —dijo, como si leyera mi mente—. Y porque eres la única persona lo suficientemente terca para volver.

Avancé. El agua goteaba de mi casaca, manchando el suelo inmaculado.

—No me voy a ir, Andrés. No hasta que veas esto.

Abrí mi laptop de golpe sobre la mesa de aluminio. La luz de la pantalla iluminó mi rostro pálido.

—No me interesa lo que tu hermano haya fabricado para salvarse —replicó, tenso.

—¡No lo hizo Michael! —grité. El sonido rebotó en las paredes de cristal—. Lo hice yo. Entré por la puerta trasera del módulo de espejos. La que yo diseñé. La que tú me aprobaste.

Eso lo hizo levantar la cabeza.

Sus ojos azules estaban inyectados en sangre. La tensión en su mandíbula era tan fuerte que temí que se rompiera los dientes. Giré la pantalla hacia él.

—Mira la hora de extracción de los datos de los inversionistas.

Él entrecerró los ojos.

—Ayer a las 9:14 p.m. —leyó, su voz perdiendo fuerza.

—Exacto. A esa hora, Michael estaba en un vuelo a Bogotá. Y yo... yo estaba en tu casa. Contigo.

Silencio. El zumbido de los servidores parecía ensordecedor.

—Mira la terminal de origen, Andrés. No mires el usuario, mira la dirección física del equipo.

Avanzó su silla unos centímetros. Sus manos sujetaron el borde de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Esa es... la IP de la oficina de dirección de proyectos.

—Es la computadora de Luca —susurré.

El aire del laboratorio pareció congelarse.

Vi cómo la información lo golpeaba. No fue un proceso lento. Fue un derrumbe absoluto. Luca. El amigo que lo acompañó en la clínica. El que lo ayudó a levantar Mandtec. El que le dijo, hace unas horas, que yo era una espía.

Andrés soltó la mesa. Sus manos cayeron inertes sobre sus piernas.

De repente, un espasmo violento sacudió su pierna derecha. Su cuerpo reaccionaba al estrés brutal que su mente intentaba procesar. Intentó detener el temblor presionando la rodilla con ambas manos, pero le faltaba el aire. Estaba hiperventilando.

—Andrés... —Me acerqué de golpe, olvidando el orgullo, la lluvia y las acusaciones.

Me arrodillé frente a su silla.

—No me toques —jadeó, cerrando los ojos con fuerza—. Por favor.

No era rechazo. Era vergüenza. Era el terror de romperse frente a mí.

—Respira conmigo —le ordené suavemente, poniendo mis manos sobre las suyas para ayudarle a hacer presión sobre su pierna—. No estás solo. Me tienes aquí.

—Me mintió —susurró, abriendo los ojos. Había lágrimas contenidas en ellos—. Todo este tiempo.

—Lo sé.

—¿Por qué?

—Para quedarse con Aurora. Para venderla antes del lanzamiento.

El temblor de su pierna fue cediendo lentamente bajo el peso de nuestras manos unidas. Andrés me miró. Ya no había furia ciega. Solo una claridad aterradora.

—Luca cree que me tiene acorralado —dijo, su voz recuperando ese filo de acero—. Cree que mañana la junta me obligará a ceder el control por la falla de seguridad y que tú estarás fuera.

—Entonces no le demos el gusto.

Andrés asintió lentamente.

—Tenemos que sacarlo del sistema. Pero si lo hacemos desde aquí, se dará cuenta y borrará los servidores físicos.

—¿Qué sugieres?

Él acarició mi mejilla con su mano fría, su pulgar rozando mis pecas.

—Nos vamos.

—¿A dónde?

—Tengo una casa en la costa. Aislada. Sin conexión a la red central de Mandtec. Desde allí podemos crear una trampa digital para que él mismo exponga su robo frente a toda la junta. Pero tenemos que irnos ya. Antes de que amanezca.

Tragué saliva. Era una locura. Dejar la ciudad, dejar la empresa a merced de Luca temporalmente. Pero miré a los ojos al hombre por el que estaba dispuesta a arriesgarlo todo.

—Dame cinco minutos para copiar los logs en un disco duro —dije, levantándome.

Andrés sonrió. Una sonrisa de depredador que me erizó la piel.

El juego acababa de cambiar. Y esta vez, nosotros dictábamos las reglas.




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