Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 24

Eloise

Si alguien me hubiera dicho hace veinticuatro horas que terminaría huyendo de la ciudad a las cuatro de la mañana, con la ropa empapada y el corazón latiendo a mil por hora, probablemente me habría reído en su cara.

Pero ahí estaba.

El Mercedes devoraba los kilómetros de la carretera en un silencio absoluto. La lluvia seguía golpeando el parabrisas con una violencia que casi parecía personal. Afuera, todo era oscuridad. Adentro, la tensión era tan espesa que casi podía cortarla con un cuchillo.

Miré a Andrés de reojo.

Conducía usando los mandos manuales con una precisión mecánica, pero sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que aferraba la palanca. Tenía el ceño fruncido, la mandíbula tan apretada que temí que se hiciera daño, y la mirada fija en el asfalto mojado.

No era el Andrés invencible de la oficina. Era un hombre al que acababan de apuñalar por la espalda. Y lo peor de todo es que la herida venía de la única persona que él creía que nunca soltaría el cuchillo.

—Si sigues mirándome así, voy a pensar que te arrepientes de haber subido al auto —dijo de pronto.

Su voz sonó ronca, cansada. Ni siquiera había apartado los ojos de la carretera.

—No me arrepiento —respondí al instante, acomodándome en el asiento de cuero—. Solo estaba pensando en que, para ser un par de fugitivos corporativos, nos falta un poco de glamour. Mírame, parezco un perro mojado.

Andrés soltó una exhalación que pareció un intento fallido de risa.

—Estás hermosa. Incluso cuando pareces dispuesta a asesinar a alguien.

—Créeme, si tuviera a Luca enfrente ahora mismo, mis intenciones no serían muy pacíficas.

El nombre de Luca cayó entre nosotros como una piedra. El ambiente volvió a enfriarse. Andrés aflojó ligeramente el agarre del volante, y por un segundo, vi cómo su mano derecha temblaba. Un espasmo mínimo, casi imperceptible, pero yo ya conocía su cuerpo lo suficiente como para notarlo.

Extendí mi mano y la puse sobre su muslo. Sentí la rigidez del músculo bajo la tela del pantalón. No la aparté. Solo la dejé ahí, intentando transmitirle que no tenía que sostener todo el peso del mundo él solo.

Para mi sorpresa, no me apartó. Al contrario, cubrió mi mano con la suya, entrelazando nuestros dedos sobre su pierna. Estaba helado.

—Siento mucho lo que te dije en la casa, Eloise —murmuró, su voz apenas un hilo compitiendo con el sonido de la lluvia—. Me cegué. El miedo me hizo volver a ser ese idiota que cree que todos lo van a abandonar.

Tragué el nudo que se me formó en la garganta.

—Estabas herido. Y Luca sabía exactamente qué botones presionar.

—Pero tú te quedaste. —Por primera vez en todo el viaje, me miró. Sus ojos azules brillaban en la penumbra del auto, vulnerables y abrumadoramente sinceros—. Te eché de mi casa. Te traté como a una traidora. Y tú volviste al laboratorio por mí. ¿Por qué?

—Porque te amo, Andrés. Y porque soy demasiado terca para dejar que un idiota de traje arruine lo que tenemos.

Una pequeña sonrisa curvó sus labios antes de volver a mirar al frente. Apretó mi mano un poco más fuerte.

El amanecer apenas empezaba a teñir el cielo de un gris pálido cuando llegamos a la costa. La casa no era una mansión ostentosa, sino una estructura moderna de concreto expuesto, madera y enormes ventanales que daban directamente a un mar embravecido. Era hermosa. Minimalista. Triste.

Andrés estacionó bajo un porche techado.

Apagó el motor y el silencio nos envolvió de nuevo. Me bajé rápido, cogí su silla manual de la maletera y la armé junto a su puerta. Lo vi hacer el traslado con esa fuerza de brazos que siempre me dejaba fascinada, pero esta vez fue más lento. El agotamiento físico y emocional le estaba pasando factura.

Entramos a la casa. Olía a sal, a madera cerrada y a soledad.

—Bienvenida a mi búnker —dijo, avanzando por el pasillo hacia una sala hundida que tenía una rampa lateral integrada al diseño—. No hay servidores conectados a Mandtec. Aquí, el sistema de la casa es un circuito cerrado. Luca no puede vernos.

—Es perfecto —dije, dejando mi laptop sobre una enorme mesa de roble.

Me giré para mirarlo. Estaba en el centro de la sala, deteniendo las ruedas de su silla, mirándome con una intensidad que me hizo perder el aliento. Ya no había barreras. No había trajes, no había juntas directivas, no había apellidos. Solo éramos él y yo.

Caminé hacia él. No me detuve hasta que mis rodillas rozaron las suyas.

Me incliné, apoyando mis manos en los reposabrazos de su silla, acorralándolo suavemente. Andrés levantó la vista, su respiración agitándose un poco.

—¿Qué haces? —susurró.

—Asegurarme de que el hombre brillante y mandón del que me enamoré siga aquí adentro —respondí, rozando mi nariz con la suya.

Él cerró los ojos y dejó caer la frente contra la mía. Sus manos subieron por mi cintura hasta aferrarse a mi espalda, atrayéndome hacia él con una necesidad que me rompió el corazón y me lo curó al mismo tiempo.

—Estoy aterrorizado, Eloise —confesó contra mis labios, su voz rota, cruda—. Si Luca logra vender los códigos antes de que lo detengamos, lo perderé todo. Aurora. Mi empresa. Todo lo que construí para demostrar que no soy solo un hombre roto en una silla.

Levanté el rostro y acuné sus mejillas con mis dos manos. Lo obligué a mirarme.

—Tú nunca has sido solo un hombre en una silla. Eres la mente más brillante que conozco. Y vamos a destruir a Luca. Vamos a armar una trampa digital tan perfecta que él mismo se pondrá la soga al cuello.

—¿Y si fallamos?

Le sonreí, esa sonrisa que sabía que lo desarmaba.

—Entonces empezaremos de cero. Juntos. Pero te prometo algo, Andrés Morss: hoy nadie nos va a ganar.

Sus ojos se oscurecieron. La tristeza dio paso a algo mucho más peligroso y ardiente. Me tomó de la nuca y me besó. No fue un beso dulce ni paciente; fue un beso desesperado, lleno de furia, de miedo y de promesas. Me aferré a sus hombros, dejando que el sabor a lluvia y a él me inundara por completo.




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