Eloise
El sol de la mañana se filtraba por los inmensos ventanales, pero no traía ningún tipo de calor. El mar seguía de un tono gris metálico, golpeando las rocas con una furia que encajaba perfectamente con la tormenta que yo llevaba por dentro.
Llevaba cuatro horas sentada frente a la laptop en la mesa de roble. Mi cabeza era un torbellino de líneas de código, comandos de seguridad y una taza de café que ya estaba intomable de lo fría que se había puesto.
Escuché el roce suave de unos neumáticos de goma sobre el suelo de madera.
No tuve que girarme para saber que era él. El aroma a jabón cítrico y ese perfume amaderado que me volvía loca se adelantó a su llegada.
—Hueles a estrés —dijo Andrés.
Me giré en la silla. Estaba en su silla manual, vestido con un pantalón de chándal gris y una camiseta negra de algodón que se ajustaba a sus hombros anchos. Tenía el cabello un poco húmedo. Se había duchado y preparado solo, en silencio, mientras yo tecleaba como una desquiciada.
—Y tú hueles a alguien que está a punto de recuperar su empresa —repliqué, frotándome los ojos cansados.
Andrés esbozó una media sonrisa, avanzó hasta quedar a mi lado y me tendió una taza humeante.
—Café de verdad. Tómalo antes de que colapses sobre el teclado.
—Gracias —murmuré, aceptando la taza. El roce de sus dedos contra los míos me mandó una descarga eléctrica directa a la espina dorsal.
Se quedó a mi lado, mirando la pantalla. Su expresión se volvió clínica, analítica. La mente maestra entrando en acción.
—¿Cómo va el espejo? —preguntó.
—Casi listo. He clonado la interfaz exacta de los servidores de Mandtec. Si Luca intenta entrar al directorio de Aurora usando sus credenciales de administrador, no entrará al sistema real. Entrará a esta caja de arena.
—Un Honeypot —asintió Andrés, apoyando los codos en los reposabrazos e inclinándose hacia la pantalla—. Es brillante, Eloise. Pero Luca no es estúpido. Si nota que la latencia del servidor es distinta, abortará la descarga.
—Por eso te necesito a ti —dije, apartando la laptop un poco para hacerle espacio en la mesa—. Yo puedo engañar a sus ojos con el diseño frontal, pero tú conoces el núcleo del sistema. Necesito que escribas un algoritmo que simule el peso de los archivos originales. Que le haga creer que está robando oro, cuando en realidad solo está bajando plomo.
Andrés me miró a los ojos. Había un brillo peligroso en su mirada, la chispa del estratega que sabe que tiene la jugada ganadora en sus manos.
—Dame el teclado.
Trabajamos hombro a hombro durante las siguientes seis horas.
El mundo exterior dejó de existir. No había llamadas, no había juntas directivas, no había auditories amenazando con revisar mis cuentas. Solo éramos código, café y un silencio que de vez en cuando se rompía por el sonido de nuestras respiraciones.
Era hipnótico verlo trabajar. Sus manos volaban sobre el teclado con una rapidez feroz. Cuando se concentraba, fruncía el ceño y mordía ligeramente el interior de su mejilla.
En un momento, noté que se removía en la silla, incómodo. Su mano bajó instintivamente hacia su muslo derecho, masajeando el músculo por encima del pantalón. La espasticidad estaba volviendo por culpa de tantas horas en la misma posición.
Sin decir una palabra, aparté mi silla, me arrodillé a su lado y aparté sus manos.
—Déjame a mí —susurré.
Andrés se tensó, deteniendo sus dedos sobre el teclado.
—Eloise, estoy bien. Tenemos que terminar esto.
—Y lo vamos a terminar. Pero la doctora Sofía dijo que no puedes descuidar los estiramientos, y llevas seis horas rígido como una tabla. —Lo miré desde abajo, con firmeza—. No seas terco, Andrés.
Me sostuvo la mirada por unos segundos, debatiéndose entre su orgullo inquebrantable y el alivio que su cuerpo pedía a gritos. Finalmente, soltó un suspiro largo y dejó caer la cabeza contra el respaldo de la silla.
Con cuidado, comencé a masajear su pierna, aplicando la presión exacta que había visto usar a sus terapeutas. Sentí cómo el músculo, duro como una roca bajo mis manos, empezaba a ceder lentamente. Él cerró los ojos, soltando el aire retenido.
—Eres mi perdición, ¿lo sabías? —murmuró, con la voz ronca por el cansancio.
—Yo diría que soy tu salvación, pero no quiero sonar egocéntrica —bromeé en voz baja, pasando a su otra pierna.
Andrés abrió los ojos y me miró desde arriba. Ya no había paredes. El CEO implacable había desaparecido por completo, dejando solo al hombre. Extendió una mano y apartó un mechón de cabello que me caía por la frente. Su tacto fue tan suave que cerré los ojos instintivamente.
—¿Por qué no te fuiste? —preguntó de pronto, su voz apenas un susurro sobre el sonido de las olas—. Cuando te grité en mi casa. Cuando te traté tan mal. Cualquier otra persona se habría largado y no habría mirado atrás.
Terminé el masaje y apoyé mis brazos sobre sus rodillas, mirándolo fijamente.
—Porque sé reconocer a un hombre asustado cuando lo veo, Andrés. Y porque sé que el dolor hace que digamos estupideces para proteger lo poco que nos queda. —Le acaricié la mano—. Además, te lo dije anoche. Yo no me rindo fácil.
Un silencio pesado y cálido nos envolvió. Él se inclinó hacia adelante, tomó mi rostro entre sus manos y me besó. Fue un beso lento, profundo, cargado de un agradecimiento que no necesitaba palabras. Sabía a café, a cansancio y a nosotros.
Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.
—El código está listo —dijo, respirando cerca de mis labios—. En cuanto Luca intente exportar los planos de Aurora, el sistema capturará su dirección IP, grabará su pantalla y enviará un paquete de correos encriptados directamente a cada miembro de la junta directiva y al equipo legal.
Me levanté despacio, sintiendo un nudo de anticipación en el estómago.
—¿Y ahora qué? —pregunté, mirando la pantalla donde el pequeño archivo trampa parpadeaba, esperando ser devorado.