Eloise
Dicen que la paciencia es una virtud. Yo digo que es una tortura china, especialmente cuando tu futuro, tu reputación y la empresa del hombre que amas dependen de una barra de carga en una pantalla negra.
Pasaron dos horas. Luego tres.
El sol comenzó a esconderse, tiñendo el cielo de un naranja violento que se reflejaba en los ventanales del búnker. El único sonido en la casa era el rítmico romper de las olas contra el acantilado y el tictac insoportable del reloj de pared.
Andrés no se había movido de la mesa. Estaba en su silla, con la postura rígida de un soldado a punto de entrar en combate, la mirada clavada en la pantalla que mostraba el monitor de red.
—Si sigues mirando esa pantalla con tanta intensidad, le vas a hacer un agujero al cristal, Andrés —dije desde el sofá, encogiendo las piernas contra mi pecho.
Él no apartó la vista.
—Debería haber entrado ya. La junta exige los resultados de la auditoría a primera hora de mañana. Si Luca quiere vender los códigos de Aurora y desaparecer antes de que estalle la bomba de tu apellido, tiene que hacer la transferencia hoy.
Solté un suspiro, me levanté y caminé hacia la cocina abierta. Abrí un par de alacenas hasta encontrar un paquete de galletas y dos botellas de agua. No era exactamente una cena de cinco estrellas, pero nuestros estómagos estaban demasiado cerrados por la ansiedad como para procesar algo más.
Me acerqué a él, abrí la botella y se la dejé junto a la mano.
—Bebe —ordené suavemente.
Andrés parpadeó, como si saliera de un trance, y miró la botella. Luego me miró a mí. La luz anaranjada del atardecer suavizaba las líneas de tensión de su rostro, pero no podía ocultar la tristeza profunda que nadaba en sus ojos azules.
—No entiendo en qué momento pasó, Eloise —murmuró, su voz cargada de una vulnerabilidad que me rompió el corazón—. Luca estuvo ahí cuando me desperté en el hospital y me dijeron que no volvería a caminar. Estuvo ahí cuando Sofía se fue. Él me ayudó a construir Mandtec cuando los bancos no querían darle un préstamo a un "discapacitado".
Me apoyé en el borde de la mesa de roble, justo a su lado.
—La gente cambia, Andrés. O tal vez, la ambición los ciega tanto que olvidan quiénes eran.
—Me pregunto si alguna vez me vio como un igual, o si solo se quedó cerca porque pensó que eventualmente yo me rendiría y él podría quedarse con todo.
Esa frase me golpeó con fuerza. El síndrome del impostor, el miedo a la lástima, todo eso seguía ahí, acechándolo. Deslicé mi mano por su brazo hasta entrelazar mis dedos con los suyos. Estaban fríos.
—No te atrevas a dudar de lo que vales por culpa de un traidor —dije, mirándolo con fiereza—. Eres el hombre más fuerte, brillante y capaz que he conocido. Si Luca hizo esto, es porque es un cobarde que sabía que jamás podría superarte en una competencia justa. No lo perdiste, Andrés. Él decidió tirarse por la borda.
Andrés apretó mi mano. Una pequeña sonrisa, triste pero real, apareció en sus labios. Levantó mi mano y besó mis nudillos.
—No sé qué hice para merecerte, Fherran.
—Probablemente salvar un orfanato en tu vida pasada —bromeé, intentando aligerar el ambiente.
Iba a responder, pero un sonido agudo y estridente cortó el aire.
¡BEEP!
Ambos dimos un salto. Mi corazón se disparó a mil por hora.
En la pantalla de la laptop, un recuadro rojo parpadeaba frenéticamente en el centro.
ALERTA DE SISTEMA: INTENTO DE ACCESO - NIVEL ADMINISTRADOR
—Está adentro —dijo Andrés.
Su voz cambió instantáneamente. La tristeza desapareció, reemplazada por la frialdad calculadora del CEO de Mandtec. Sus manos volaron sobre el teclado, abriendo una ventana paralela que nos mostraba el registro en tiempo real de lo que el usuario estaba haciendo.
Me incliné sobre su hombro, conteniendo la respiración.
—Está usando el túnel VPN de la oficina principal —susurré, leyendo las líneas de código verde que desfilaban por la pantalla negra—. Ha esquivado el firewall primario...
—Porque tiene las credenciales maestras —completó Andrés, con la mandíbula tensa—. Está buscando la carpeta del código fuente de Aurora.
Vimos cómo el cursor invisible navegaba por los directorios falsos que yo había creado. Cada clic que daba lo metía más profundo en la red de nuestro Honeypot.
INICIANDO DESCARGA: PROTOTIPO_AURORA_MASTER.ZIP
Una barra de progreso apareció en nuestra pantalla. 10%... 25%...
—Si revisa el peso de los paquetes de datos ahora mismo, se dará cuenta de que es una simulación —dije, sintiendo que el aire me faltaba.
—No lo hará. Está desesperado por salir rápido —replicó Andrés, sus ojos fijos en los números que subían.
50%... 75%...
Agarré el respaldo de la silla de Andrés con tanta fuerza que me dolieron los dedos. Él cubrió mi mano con la suya, anclándome a la realidad.
99%... 100%
DESCARGA COMPLETADA.
—Ahora, Eloise —ordenó Andrés.
Me incliné y presioné la tecla F8.
El guion que habíamos diseñado se ejecutó a la velocidad de la luz. En la pantalla del intruso, el archivo zip recién descargado se bloqueó, iniciando un protocolo de rastreo inverso.
Nuestra pantalla se dividió en dos. En el lado izquierdo, la dirección IP real, la ubicación GPS y la dirección MAC de la computadora de Luca quedaron expuestas, registradas y empaquetadas en un PDF inalterable.
En el lado derecho, el sistema forzó el encendido remoto de la cámara web de la laptop de Luca en la oficina de Mandtec.
La imagen apareció pixelada por un segundo antes de enfocarse.
Y ahí estaba él.
Luca. Sentado en su oficina, con la corbata aflojada y el rostro iluminado por la luz de la pantalla. Su expresión pasó de la concentración absoluta al pánico puro cuando se dio cuenta de que su cámara se había encendido y el archivo que acababa de robar mostraba un mensaje parpadeante en su propia pantalla: