Mi Segunda Elección

CAPÍTULO 27

Eloise

El sonido del mar tiene esa extraña cualidad de hacer que los problemas del mundo parezcan minúsculos.

Abrí los ojos lentamente. La luz de la mañana inundaba la habitación principal de la casa de la costa a través de las cortinas blancas y traslúcidas. Me tomó un segundo recordar dónde estaba y por qué mi cuerpo se sentía tan pesado, como si hubiera corrido una maratón.

Entonces sentí su respiración contra mi cuello.

Andrés estaba dormido. Su brazo fuerte me rodeaba la cintura, atrayéndome contra su pecho con una posesividad que, lejos de asustarme, me hacía sentir en el lugar más seguro del planeta. Estaba profundamente dormido, algo raro en él. Las sombras de agotamiento bajo sus ojos eran la prueba física de la batalla que habíamos librado la noche anterior.

Con mucho cuidado de no despertarlo, deslicé mi mano bajo las sábanas hasta encontrar sus piernas. Estaban frías. Las froté con suavidad, intentando darles un poco de calor y estimular la circulación, algo que había leído que ayudaba con la rigidez matutina.

Él suspiró en sueños y apretó más su agarre en mi cintura.

Me quedé mirándolo. Su rostro relajado era precioso. Ya no estaba el escudo del jefe implacable, ni el resentimiento, ni el dolor. Solo estaba Andrés. El hombre por el que estaba dispuesta a enfrentarme al mundo entero si hacía falta.

De pronto, el zumbido insistente de un teléfono rompió la paz.

El celular de Andrés vibraba sobre la mesa de noche. Él se removió, frunciendo el ceño, y abrió los ojos de golpe, desorientado. Su instinto de alerta se activó en un milisegundo.

—Tranquilo —susurré, acariciándole el pecho—. Ya pasó. Ganamos, ¿recuerdas?

Andrés parpadeó, enfocando su mirada en mí, y todo su cuerpo pareció derretirse de alivio. Me dio un beso rápido y profundo en los labios antes de estirarse para alcanzar el teléfono.

—Es tu hermano —dijo, mirando la pantalla con una media sonrisa antes de contestar y ponerlo en altavoz—. Fherran. Más te vale que tengas buenas noticias, porque me estás interrumpiendo mi bonita mañana.

La carcajada de Michael resonó en la habitación.

Tranquilo, cuñado. Solo llamaba para darles el reporte matutino —dijo Michael. Escucharlo llamar "cuñado" a Andrés me hizo sonrojar hasta la raíz del cabello—. Se acabó. Jaque mate definitivo.

Me incorporé apoyándome en un codo. —¿Qué pasó con Luca?

Intentó huir —explicó mi hermano, y su tono se volvió serio y profesional—. En cuanto vio el correo que enviaron, vació sus cuentas personales e intentó tomar un vuelo privado hacia las Islas Caimán de madrugada. Pero los correos que mandaron fueron tan precisos que el equipo legal de Mandtec actuó en tiempo récord.

Andrés se tensó a mi lado. —¿Lo arrestaron?

La policía de delitos informáticos lo interceptó en el aeropuerto antes de que pasara seguridad —confirmó Michael—. Tienen su laptop, los registros que ustedes forzaron y la IP. Está bajo custodia y está siendo investigado por espionaje corporativo severo. Va a pasar mucho tiempo antes de que vuelva a ver una tecla, Andrés. Y la junta directiva está pidiendo tu regreso inmediato. Te quieren hacer un monumento.

Andrés soltó un suspiro largo. Cerró los ojos. No había felicidad en su rostro al escuchar el destino de Luca, solo el cierre necesario de una herida que dolía demasiado.

—Gracias, Michael. Por todo —dijo Andrés con sinceridad.

Cuiden ese proyecto. Y tú, cuida a mi hermana, Morss, o la próxima auditoría te la hago yo —bromeó Michael antes de colgar.

La habitación volvió a sumirse en el sonido de las olas.

Andrés dejó el teléfono en la mesita y se dejó caer de espaldas contra las almohadas, pasándose ambas manos por la cara.

—Se acabó —murmuró.

Me arrastré por la cama hasta quedar a horcajadas sobre él, con cuidado de no presionar demasiado. Apoyé mis manos en su pecho desnudo y lo obligué a mirarme.

—Se acabó la pesadilla de la empresa —lo corregí suavemente—. Pero nosotros recién estamos empezando.

Él bajó las manos de su rostro y me miró. Sus ojos azules estaban tan claros, tan desprovistos de miedo, que me quitaron el aliento. Sus manos grandes subieron por mis muslos, deteniéndose en mis caderas con una firmeza que me hizo temblar.

—Fui un imbécil contigo ayer —susurró, trazando la línea de mi mandíbula con su pulgar—. Cuando vi el informe con tu apellido... entré en pánico. Pensé que todo era una mentira. Que me habías mirado y solo habías visto un objetivo fácil, un hombre anclado a una silla con dinero al que podías manipular.

Me dolió físicamente escuchar cómo se veía a sí mismo en sus peores momentos. Me incliné hasta que nuestras narices se rozaron.

—Escúchame bien, Andrés Morss, porque solo lo voy a decir una vez. —Mi voz tembló un poco, pero no retrocedí—. Yo no veo a un objetivo. Y jamás, ni por un segundo, he visto a alguien roto. Veo al hombre que admiro. Al que tiene el control de todo, pero que se permite perderlo conmigo. Al hombre que me vuelve loca. Si te oculté mi apellido fue por mis propios complejos, por no querer ser "la hermana de", no por ti. Tú eres la realidad más hermosa que me ha pasado.

Él cerró los ojos, tragando saliva con dificultad. Cuando los volvió a abrir, la intensidad en su mirada era fuego puro.

Agarró mi nuca y me tiró hacia abajo, devorando mi boca. No era un beso de agradecimiento ni de consuelo. Era un beso hambriento, posesivo, que reclamaba todo lo que éramos. Abrí los labios, dejándolo entrar, perdiéndome en el sabor a menta y a él.

Sus manos bajaron por mi espalda, presionándome contra su cuerpo. Sentí el calor de su piel quemándome a través de mi pijama ligero.

—Te amo —murmuró contra mis labios, sin dejar de besarme, su respiración agitada mezclándose con la mía—. Joder, Eloise, te amo tanto que a veces siento que no puedo respirar si no estás cerca.




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