Mi (segunda) Primera Boda Dorada

Prólogo

Tomó la cinta dorada con las manos temblorosas, de reojo vio a su madre limpiándose las lágrimas y dudo. Defraudar a su familia nunca ha sido su fuerte, la perfección y su fascinación por halagos la persiguen. Sin embargo, esta vez se oye algo más fuerte que los halagos. Es lejano, pero poderoso.

¿Realmente quiere hacerlo? Condenar desde el primer segundo este matrimonio, no solo lo afecta a su futuro marido, sino también a ella misma. Sabe que va a ser catalogada como “problemática”, no va a poder casarse nuevamente. Él es su única opción. Ahí está de nuevo esa melodía que representa su cárcel y libertad. Se dejó llevar por ella. La arrastró hasta un teatro donde solo había una butaca y la rodeaba un escenario enorme a su alrededor. Cada rincón decorado de momentos, cada espacio relleno de instantes, luces cálidas y de colores alumbrando la vida. Telas de seda la abrazaban al caminar intentando que se quede en ese momento, en ese instante. El piso vibra debajo suyo acompañando la experiencia embelesados por aquella voz. Fue guiada por la mágica melodía hasta el aterciopelado asiento, los bordes dorados aclamaban su nombre y la calidez que irradiaba la hechizo para que se apodere del privilegio de ser espectadora.

El silencio la despertó. La desconexión con aquel sitio la devolvió a su realidad, donde cientos de ojos estaban posados sobre ella. Expectantes. Esperando.

—¿Qué? —preguntó volviendo a la boda. A el listón dorado que seguía sobre su mano.

No recuerda haber dicho sus votos, ni haber firmado nada, quizá se perdió demasiado en ella.

El pequeño trozo de cinta comenzó a pesar cada vez más, veía sin poder hacer mucho como su mano bajaba con cada segundo que pasaba, dando la sensación de que el tiempo venía acompañado de un ladrillo.

—Debe atar el lazo para concretar la unión— dijo el anfitrión.

Dudosa, volvió a mirar al hombre frente a ella, sintió lastima por ambos. En sus ojos pudo ver el mismo miedo que recorría cada esquina de su ser. Esa chispa que se le ve solo a quien es perseguido y alcanzado por su peor temor. En medio de un mundo que se está volviendo opaco, que va perdiendo razón y esperanza. Ahí se encontraba el temor.

—Oh claro.

Fue entonces que decidió dar el paso. Alzó la mano, torpe, golpeando la del otro; cerró los ojos, respiró profundo y lo ató en el pulgar.

Los jadeos de sorpresa hicieron eco durante el resto de la velada.




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