Su partida llegó más pronto que tarde, algo que seguramente ni ella esperaba. Mi señora había puesto su suerte en manos de la muerte, y esta, fascinada, terminó por tomar su forma.
No creo que aquello la hubiera devastado. Incluso muerta, seguía siendo el centro de atención. Era muy vanidosa.
En el ataúd, sus restos descansaban vestidos con tafetán y gasa de seda negra. Se trataba de un atuendo que me había pedido confeccionar para usar en sus visitas a los camposantos durante Día de Muertos. Sobrio, elegante y con mucha presencia, justo como ella. Creo que me hubiera dado la razón al pedir que la enterraran vestida de esa manera, después de todo, era su favorito.
Las capas de tela cubrían la delgadez de mi señora, algo que había presumido en su tiempo como su segundo mayor logro, después de desposar al gobernador del Distrito Federal, mi señor, Gerardo Varela.
Su funeral, por alguna razón, sabía que era de su agrado: una multitud reunida para guardar su memoria, un marido afligido por su pérdida, un salón cuyo único propósito era demostrar la riqueza de su familia y una difunta que parecía más modelo en portadas de revistas, sin mencionar que en un par de horas su nombre sería impreso en todos los periódicos de la capital, quizás en todos los del país.
Sin duda, sería algo que ella aprobaría, algo con lo que incluso soñaría. ¿Qué más daba ser huesos si nadie te recordaba? Mi señora, Carmen, era así, pensaba así. Se había vuelto de ese modo hasta llegar a un punto donde ya no pudo encontrar retorno y donde, finalmente, la muerte logró acorralarla.