Mi señora de Cervantes

CAPÍTULO I

ANTONIA "TOÑA"

Comencé a trabajar en casas de acaudalados desde los doce. Limpiaba habitaciones y cuidaba de hijos ajenos, igual que mi madre, mi abuela y todas las mujeres de la familia Cruz. Era una especie de tradición impuesta, incluso, por nuestro mismo apellido.

Nuestra cruz había sido siempre cargar con las penitencias de otros.

Vivía en las colonias bajas de la ciudad, aquellas que conformaban los límites del Distrito Federal, donde lo rural sobrevivía en la espera de caridad por parte de sus gobernadores. De familia numerosa, donde el dinero era escaso, mis abuelos y tíos esperaban que mi trabajo nos diera alguna salida. Para ellos, significaba llamar la atención de algún patrón. Convertirme en amante estaba bien, si fuera esposa sería una bendición. Mis padres no lo decían abiertamente, pero podía pensar que querían lo mismo, y cuanto antes sucediera, mejor.

Me gustaba trabajar casi tanto como pasar el tiempo en mi casa. Convivir con gente pudiente era igual de desagradable que escuchar las tonterías que mi familia tenía para decirme; sobre como estaba "mal aprovechando" mi cuerpo y que, si no hacía algo ya, el tiempo se me iría. Tenía dieciséis, por amor a Dios.

Aun así, trataba de tomar todo lo que mis patrones pudieran darme, y no me refiero solo a las habitaciones prestadas o la comida en las despensas. Cuidar de sus hijos también significaba aprender con ellos; leer, escribir, todo lo que ellos hicieran, (o lo básico, al menos). Me gustó.

Fue en uno de esos trabajos de criada, cuando acompañé a la hija de un inversionista a la sastrería de la colonia para confeccionar algunos vestidos. Descubrí algo que me dejó encantada: la ropa. Entré al lugar atiborrado de telas y encajes por trabajo, y quedé prensada por la fascinación que me hizo sentir la costura.

Supe que a eso quería dedicar mi vida: vestir personas.

En casa no había material para hacer camisas o vestidos, así que tomaba toda la ropa que mis jefes desechaban para transformarla. Aprendí de costura observando al sastre trabajar; como tomaba las medidas, que tipo de tela era la preferida de sus clientes, como insertaba la aguja para unir retazos. Era muy bueno, quería ser tan buena como él.

Por otra parte, no podía llegar y decirle a la familia que a esto encaminaría mi vida. Ni siquiera tenía experiencia o sabría si funcionaría, así que por un tiempo seguí trabajando con las personas de siempre, atendiéndolos como siempre y postergando mis planes de iniciarme como modista.

Doña Eulalia fue mi patrona por poco más de tres años. Ella mantenía una licorería en medio de la ciudad. La mujer regresó a Coahuila después de dejar el negocio en manos de su hijo mayor, Héctor. Despidió a mis compañeros y a mi sin ofrecer disculpas o un simple centavo y desapareció casi tan rápido como la niebla que cubre los campos por la mañana.

No hubo tiempo para que me molestara con ella. Tuve que encontrar un trabajo lo más pronto posible sino quería volver a casa. Quizás fue Dios quien me escuchó y puso la oportunidad en mi camino o el destino pidiéndome ser testigo de algo grande que pronto sucedería. Hasta el día de hoy, no estoy segura, pero conocer a don Aurelio, aquella tarde de abril de mil ochocientos noventa y nueve, se volvió el inicio del rumbo que tomaría mi vida al servicio de Carmen, su hija menor.




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