(Voz de Lucía)
Hummm déjame pensar, que les cuento, soy parlanchina, así que me gustan los detalles soy una sexygirl curvy, que ama los gatitos y sueña con que un personaje de un libro salga y me diga, ´´eres mía´´. Pero ya dejemos eso ahí, no soñemos despiertas.
Hay personas que necesitan tres alarmas, dos tazas de café y un sermón motivacional para salir de la cama. Yo no soy esa persona. Yo soy el tipo de lunática que se despierta antes de que suene el despertador, salta de la cama con una sonrisa y ya está tarareando mientras se pone el delantal. Mi terapeuta dice que eso es una fortaleza. Mi vecina dice que soy insoportable. Ambas tienen razón. Hablando de mi vecina….
Mientras trabaja a las 6:20 AM ella golpea el cristal. Es la vecina del local de al lado.
—Lucía, son las seis y veinte de la mañana.
—Lo sé.
—Eso no ayuda.
—Buenos días para ti también, señora Carmen.
—Nadie puede estar tan feliz antes de las siete sin café.
—Concuerdo contigo, por eso ya esta listo, pero si me sigues gritando no te doy tu dosis de dopamina—sonrió al decirle esto—
—Esta bien, esta bien, lo siento —me dice la vecina— pero es que hoy… suena un clapson y ella sale corriendo, era el encargo que estaba esperando, la razón de sus estrés.
Decido ignorar lo acontecido ya son las 6:35 de la mañana y mi pastelería ya huele a paraíso. A pan de leche recién horneado, a canela que se niega a quedarse quieta en su frasco, a vainilla que lo impregna todo como si tuviera un plan personal de conquista mundial. El local está tibio, la luz dorada de la mañana entra por el ventanal grande y pinta el mostrador de ese color que solo existe antes de que el mundo despierte a arruinarlo todo. Este es mi momento favorito del día. Este momento, antes de que lleguen los clientes, antes de que suene el primer teléfono, antes de que la vida recuerde que tiene pendientes. Solo somos, mi cocina, yo y el olor más honesto que existe.
Empecé, como todos los días. El primer lote de croissants ya descansa en la vitrina con esa pose de divos que tienen los croissants cuando saben que están perfectos. Las galletas de mantequilla están en fila como soldaditos disciplinados, lo cual es irónico porque yo no tengo un solo hueso disciplinado en el cuerpo, pero mis galletas sí. Los macarons de lavanda y los de chocolate amargo comparten bandeja en una alianza que me tomó tres intentos fallidos. No les cuento lo del incendio. Fue un malentendido entre el soplete y yo. O bueno Técnicamente no fue un incendio, Técnicamente fue una combustión inesperadamente entusiasta. Y técnicamente la alarma contra incendios sigue sonando cada vez que paso cerca. La tecnología también guarda rencor.
Pero esta mañana hay algo más importante. Como es costumbre desde hace unos meses para acá Esta mañana estoy preparando el sándwich especial.
No es cualquier sándwich. Si me escuchan decir eso en voz alta van a pensar que exagero, que un sándwich es un sándwich y ya, pan con relleno, nada del otro mundo. Y técnicamente tienen razón. Pero técnicamente el Coliseo Romano también es solo un edificio viejo con agujeros, ¿no? El contexto lo cambia todo.
Pongo el pan artesanal de centeno a tostar a temperatura exacta, esa que descubrí después de semanas de prueba y que nunca le he dicho a nadie porque soy así de reservada con mis secretos de cocina. Mientras tanto, pico el aguacate con ese respeto que merece la fruta más temperamental del planeta, la que puede pasar de perfecta a negra en el tiempo que tardas en distraerte con el celular. El aguacate es una fruta traicionera. Un día está duro como una piedra. Al día siguiente está perfecto. Y al otro parece haber vivido tres guerras mundiales y una crisis existencial ¿no les ha pasado? Te descuidas y esta masa negro que tu conciencia pecadora. hahahahaha
Le agrego el queso crema con eneldo que hago yo misma, la pechuga ahumada cortada a mano porque la máquina corta fiambres es una traidora que no entiende el grosor ideal, y los tomates cherry asados la noche anterior con aceite de oliva, sal de mar y un poco de tomillo.
Armo el sándwich con la concentración de una cirujana. Lo envuelvo en papel kraft marrón, lo amarro con un hilo de cocina color crema y lo pongo con cuidado en la bolsa térmica que mantiene todo a la temperatura perfecta durante exactamente cuarenta minutos. Si suena loco, pero ya hice los cálculos, créanme cuando les digo, era necesario.
Luego saco mi cuadernito rosa, el que tiene la tapa gastada porque lleva dos años viviendo en mi delantal, y escribo la nota del día. Siempre escribo una nota. Es mi ritual, mi pequeña contribución al universo en un mundo donde todo el mundo está demasiado ocupado mirando pantallas para recordar que una palabra escrita a mano pesa más que cien mensajes de texto.
Hoy escribo: "El día que empieza con un buen desayuno ya ganó la mitad de la batalla. Tú tienes el desayuno. Ahora ve y gana la otra mitad. Con cariño, Lu."
Leo lo que escribí. Con el lápiz rosado tocando mi boca, pensado y pensado, no, no me gusta. Lo tacho. Vuelvo a escribir: "Hoy vas a estar bien. Te lo prometo. Con cariño, Lu."
Mejor. Más simple. Lo simple siempre llega más lejos.
Doblo la nota con cuidado, y hago lo que hago todos los días sin pensarlo demasiado: saco mi labial color frambuesa, el de toda la vida, el que huele a cereza y a costumbre, y le estampo un beso a la esquina la nota. Una marquita perfecta de labios color frambuesa sobre el papel durazno. Mi firma oficial. Mi sello personal. Mi manera de decir que esto lo hice yo, con mis manos y con ganas.
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Editado: 05.06.2026