Mi Socio Es Un Fraude

Capítulo 2

(Voz de Mateo)

—YA DEJAME DE DECIRME ESO, YA LO SÉ. Pero también sabes que no soy una persona de mañanas. Nunca lo he sido. Mis mejores ideas llegan después de las 10:00 PM, mi creatividad florece pasada la medianoche y mi humor mejora considerablemente después del mediodía. Soy un artista. Los artistas funcionamos en otros horarios. Esto no es pereza, es biología. — le colgué la llamada al abogado, ese tipo es un fastidio—

Sin embargo, aquí estoy. A las 6:50 de la mañana. Parado frente a un local en una calle que huele sospechosamente bien para ser tan temprano. Con dos maletas, una mochila, mi batidor de proteínas de medio litro y un documento legal que dice que la mitad de este lugar es mío.

—La mitad. De este lugar. En serio?

Miro el letrero sobre la puerta. "Dulce Tentación - Pastelería & Café." Las letras son de ese rosa que solo existe en los sueños de las personas que decoran con demasiado entusiasmo y ningún miedo al color. Hay una pequeña ilustración de un pastelito con ojos felices junto al nombre. El pastelito me mira. Yo lo miro a él. Ninguno de los dos parece convencido de la situación.

Respiro hondo. Huele a vainilla y a canela y a algo más que no logro identificar pero que activa algún recuerdo antiguo en algún lugar del cerebro que todavía no ha terminado de despertar. Huele, objetivamente hablando, demasiado bien para las 6:50 AM. Casi debería ser ilegal oler así de madrugada. Es una agresión sensorial. No estoy preparado.

Empujo la puerta y la campanita sobre el marco suena con un tintineo alegre. El interior es exactamente lo que el letrero prometía: rosa. Rosa por todos lados. Las paredes son de un rosa empolvado que en teoría es "sofisticado" y en la práctica es como meterse dentro de un algodón de azúcar. Las sillas son blancas con cojines rosas. Las lámparas son esas bombillas cálidas que ponen en todos los cafés que quieren que la gente se quede tres horas tomando un solo café. Las vitrinas están llenas de cosas que brillan y tienen nombres escritos en letra cursiva

Y detrás del mostrador, de espaldas a mí, revisando algo en el horno con la concentración de alguien que está desactivando una bomba, hay una mujer con un delantal rosa, el cabello recogido en un moño que sobrevivió a la mañana con más dignidad de la que merece y que está tarareando algo en ingles que suena vagamente a una canción de los noventa.

Esta, deduzco, debe ser Lucía.

Mi nueva socia de negocio. Mi nueva compañera de local. La persona que, según el documento bajo mi brazo, va a compartir este espacio conmigo de ahora en adelante.

Me aclaro la garganta.

Ella se voltea. Y lo primero que noto, antes que cualquier otra cosa, antes de procesar el resto, es que está sonriendo. No la sonrisa de "hay un cliente" ni la sonrisa de "bienvenido al establecimiento". Es una sonrisa real, de esas que ya estaban ahí antes de que llegara nadie, de esas que la persona trae desde adentro y que el mundo exterior simplemente interrumpió por un momento.

—Buenos días —dice. Y su voz tiene ese tono de alguien a quien la mañana genuinamente le parece una buena noticia. Desde ya me parece Insoportable.

—Buenos días —respondo. Y agrego, porque soy directo y no veo el punto de andar con rodeos—: Soy Mateo Andrade. El nieto de don Héctor.

La sonrisa no desaparece, pero cambia. Se vuelve más suave, más quieta. Como si esas palabras tuvieran peso y ella lo estuviera sintiendo.

—Lo sé —dice—. Te estaba esperando.

Me esperaba. Claro que me esperaba. El abuelo era así, ordenado, previsor, el tipo de hombre que no dejaba cabos sueltos. Evidentemente le avisó que algún día aparecería el nieto. Típico de él. Hasta en eso fue considerado.

Trago algo que no es del todo orgullo y que se parece demasiado a nostalgia, y lo empujo hacia abajo con la práctica de años. Ahora no. Después.

—Bien —digo—. Entonces ya sabes por qué estoy aquí.

—Sí —responde ella, y antes de que yo pueda sacar el documento, señala una mesa junto a la ventana—. ¿Quieres un café mientras hablamos? Acabo de hacer el primer lote y realme es delicioso.

Me pico el ojo en un guiño, en serio, no puede ser. Miro la mesa. Miro mi batidor de proteínas. Miro la mesa otra vez.

—Tomo batido de proteínas —digo—. No café.

Hay una pausa de exactamente un segundo y medio en la que Lucía me mira con una expresión que no es exactamente burla, pero que tampoco es exactamente respeto.

—Claro —dice—. Como quieras. ¿te paso agua o lo traes preparado?

Me siento. Pongo las maletas junto a la silla. Pongo la mochila encima de las maletas. Pongo el batidor de proteínas sobre la mesa con la autoridad de alguien que está estableciendo territorio, porque eso es exactamente lo que estoy haciendo.

Ella regresa al mostrador y sigue con lo suyo. Yo saco el documento. Lo pongo sobre la mesa. Afuera, la calle empieza a despertar con ese ruido suave de ciudad que todavía no decidió si va a ser un buen día o no.

Y entonces pasa algo que no estaba en mis planes.

El olor llega hasta donde estoy sentado. Esa cosa indefinible que noté al entrar, más intensa ahora, más cercana. Vainilla, sí, pero también algo tostado y cálido y dulce pero no empalagoso. Viene de una de las vitrinas. Hay algo ahí adentro que claramente acaba de salir del horno y que no tiene ningún derecho a oler así de bien.




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