(Voz de Mateo)
La conversación duró cuarenta minutos. Cuarenta minutos en los que Lucía y yo revisamos cada cláusula del documento sobre una mesa con cojín rosa mientras el señor de la laptop-helicóptero fingía trabajar desde su esquina pero claramente estaba escuchando cada palabra porque cada vez que había una pausa tensa levantaba los ojos exactamente medio centímetro.
El resumen ejecutivo de esos cuarenta minutos es el siguiente: los dos somos dueños del cincuenta por ciento. Los dos tenemos derechos iguales sobre el espacio. Ninguno puede obligar al otro a vender. Ninguno puede echar al otro. Y ninguno, según el documento redactado por el notario más meticuloso del hemisferio occidental, puede "interferir con el ejercicio legítimo del negocio de la otra parte".
Interferir. Qué palabra tan interesante.
Lucía leyó esa cláusula, me miró y dijo, con la tranquilidad de alguien anunciando el pronóstico del tiempo: "Entonces los dos operamos en el mismo espacio y nos respetamos mutuamente."
"Exacto", dije yo.
"Bien", dijo ella.
"Bien", dije yo.
Y en ese momento los dos sabíamos que nada iba a ser bien. Lo sabíamos con la misma certeza con que se sabe que va a llover cuando el cielo se pone de ese gris específico que no es nube decorativa sino promesa de diluvio. Pero ambos somos adultos y los adultos hacemos el pacto tácito de fingir que todo va a estar bien hasta que definitivamente no lo está.
Esa misma noche luego de instalarme en el departamento, que gracias a dios lucia tenía semiamoblado y me lo rento la verdad económico, no sé que tanto sabe de mi, pero me dijo que por ahora me acumularía por 3 meses el alquiler ya que recién comenzaré con el negocio, luego de cerrar fui a la ferretería.
Necesitaba cinta. No cualquier cinta. Cinta de demarcación, de esa amarilla y negra que usan en las obras y los sitios de peligro, que es exactamente lo que este local iba a ser a partir de ese momento: un sitio de peligro. O al menos de peligro potencial para mi salud mental, que en este punto ya estaba bajo suficiente presión sin necesidad de añadir vainilla ambiental y medialunas a la ecuación.
El señor de la ferretería me preguntó cuántos metros necesitaba.
Le dije que me diera diez.
Me miró.
Le dije que mejor veinte.
Me dio veinte metros y una mirada de "no quiero saber" que respeto profundamente.
Volví al local esa noche, cuando Lucía ya se había ido, porque soy estratégico y porque algunas batallas se ganan mejor en silencio y sin público. Medí el espacio con una cinta métrica que también compré en la ferretería porque soy meticuloso. Calculé el punto exacto de la mitad. Y con la precisión de un cirujano y la determinación de alguien que ha tomado una decisión y no va a reconsiderarla, pegué la cinta amarilla de peligro de pared a pared, de piso a techo en los extremos, marcando una línea divisoria que el universo entero podía ver con claridad absoluta.
Mi mitad: el lado derecho mirando desde la entrada. Espacio limpio, funcional, con potencial de gym. Sin croissants con ojos. Sin rosa.
Su mitad: el lado izquierdo. Con toda su decoración y sus vitrinas y su olor a vainilla y su letrero de "Dulce Tentación" que honestamente necesita un rediseño porque la tipografía cursiva en negocios pasó de moda hace años, pero eso no es mi problema, hice lo mismo en el segundo piso y le subi las mesas y sillas que estaban de mi lado, había una puerta que no se usaba, me sirve perfecto para la entrada de mi negocio.
Quedé satisfecho. Di un paso atrás para admirar el trabajo. La cinta amarilla dividía el local con una claridad que el documento legal nunca podría igualar porque los documentos legales no se ven desde el otro lado del ventanal.
Fui a dormir sintiéndome, por primera vez en semanas, en control de algo.
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(Voz de Lucía)
Hay una cosa que aprendí en mis años detrás de este mostrador: los locales tienen personalidad propia. Este, por ejemplo, tiene la personalidad de un abrazo. Entra la gente con cara de lunes y sale con cara de viernes. Entra la gente con el ceño fruncido y sale con migajas de croissant en la ropa y una sonrisa que no saben de dónde les vino. No es magia. Bueno, sí es magia, pero es la magia del azúcar a temperatura correcta, de la mantequilla de calidad y de ponerle intención a lo que uno hace. El secreto de la buena repostería es el mismo que el de cualquier cosa que vale la pena en la vida: hay que hacerlo con ganas o no hacerlo.
Yo lo hago con ganas. Siempre. Y me refiero a todo. Por Dios por que pienso como si fuera guion de Netflix, noooo mi amiga Jimena Páez me esta volviendo loca con sus novelas de vaqueros y CEO son una adicción. Booknet, sal de mi mente, debo dejar de leer novelas calientes para dormir. Ya dejemos mis sueños atrás.
Son las 6:58 AM y el local ya tiene tres mesas ocupadas. La señora Carmen, que viene todos los días desde que abrí y que a estas alturas considero parte del inventario fijo del lugar, está en su mesa de siempre con su café negro y su periódico de papel porque dice que las noticias en pantalla no tienen el mismo peso y yo no tengo ningún argumento en contra. El señor Rodrigo, contador jubilado que viene a trabajar en sus "proyectos personales" con una laptop del año del diluvio que hace un ruido de ventilador que parece un helicóptero en despegue, ya está instalado con su americano doble. Y una pareja joven que no había visto antes está compartiendo un pain au chocolat con esa energía de gente que todavía está en la etapa de impresionarse mutuamente. Los miro un segundo y sonrío. El pain au chocolat es buena elección para impresionar. Lo apruebo.
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Editado: 05.06.2026