(Voz de Lucía)
Dicen que con el tiempo hasta las situaciones más absurdas dejan de sorprender y simplemente se convierten en parte del paisaje cotidiano.
Los que dicen eso claramente nunca han intentado hacer Brownies de arequipe mientras alguien instala una barra de dominadas a tres metros de distancia con una taladradora que suena como si estuviera excavando hasta el centro de la tierra.
Llevamos cinco días de convivencia oficial. Cinco días desde que la cinta amarilla de peligro dividió mi local en dos realidades paralelas que no deberían existir en el mismo plano dimensional.
Pero la verdad, las ventas me han aumentado, pero volviendo al tema de mi tormento. puedo decir, con total objetividad y sin ningún dramatismo, que ha sido la semana más larga de mi vida adulta. Y eso incluye la semana en que se me quemaron tres lotes seguidos de merengue suizo y la semana en que la señora Carmen llegó todos los días con una opinión diferente sobre si el café estaba muy cargado, muy suave, muy caliente o muy frío. Esa semana pensé en cambiar de carrera. Esta semana pensé en cambiar de planeta.
El lado de Mateo es todo lo opuesto, es Gris. Todo gris. Las paredes que antes eran de ese ladrillo expuesto bonito que el abuelo Héctor dejó así porque decía que los materiales honestos no necesitan esconderse, ahora tienen un fondo de pintura gris cemento que Mateo aplicó el segundo día con el entusiasmo de alguien que está borrando algo que le molesta. El piso lo cubrió con esas baldosas de goma negra que usan en los gimnasios. Hay un espejo de cuerpo entero en la pared del fondo que refleja todo el local y hace que la cinta amarilla se vea el doble de ridícula.
Hay pesas. Hay barras. Hay aparatos cuyos nombres desconozco pero que tienen esa estética de instrumento medieval reconvertido en equipo deportivo.
Y hay unas cuerdas colgando del techo que parecen la entrada a un entrenamiento militar o a un culto bastante exigente físicamente.
Huele a desinfectante. A caucho nuevo. A esa cosa que huelen los gimnasios que es una mezcla de ambición y esfuerzo y una pizca de arrepentimiento.
Mi lado huele a canela, a mantequilla tostada, a café recién hecho y a las rosas de azúcar que estoy aprendiendo a moldear para las tortas de celebración. Es decir, huele a felicidad
Los clientes, hay que decirlo, están fascinados con el contraste. Se les a destapado la sinvergüencería a algunos. La señora Carmen lleva tres días viniendo con amigas distintas solo para mostrarles "la cosa esa del gimnasio al lado de la pastelería" como si fuera una atracción turística.
El señor Rodrigo ya ni siquiera finge trabajar en su laptop-helicóptero cuando Mateo empieza a entrenar porque la verdad es que ver a un hombre con esa mandíbula haciendo dominadas es un espectáculo objetivamente difícil de ignorar, aunque uno lo intente. Yo lo intento. Bastante. Con resultados moderados. Pero debo confesar, solo a ustedes que son mis confidente que, omg del rabillo del ojo siempre lo miro, que es este hombre por más antipático que sea esta más que delicioso.
Tiene una chocolatina en el abdomen que me encantaría degustar, cuando hace ejercicio y se quita la camisa, válgame Dios no sé si él que necesita agua sea el para hidratarse o yo para controlarme, menos mal siempre tengo una toallita en mi mandril para limpiar mis manos y con esa disimulo, pero el condenado con su actitud mata cualquier fantasía
Pero lo peor, lo verdaderamente peor, no es el taladro ni el gris ni el desinfectante ni el espejo que duplica la cinta amarilla. Lo peor llegó el tercer día, a las 7:00 AM, cuando Samuel entró por la puerta con su puntualidad de reloj suizo y su traje oscuro y su cara de haber visto el mundo y haber llegado a conclusiones tranquilas sobre él.
Le tenía el paquete listo, como siempre. Se lo entregué, cruzamos nuestras palabras cuando Samuel se fue y yo me quedé mirando la puerta con ese peso dulce y agridulce instalado en el pecho, escuché, desde el otro lado de la cinta amarilla, una voz.
—¿Ya llegó tu vejete favorito?
Me volteé. Mateo estaba apoyado en su lado de la cinta, con los brazos cruzados y una expresión entre curiosa y burlona que no había visto todavía, pero que archivé mentalmente bajo la categoría "señales de alerta temprana".
—Samuel es un amigo —dije, con el tono educado pero firme que uso cuando no quiero entrar en una conversación pero tampoco quiero ser grosera
—¿Un amigo. —Repitió la palabra como si tuviera comillas invisibles alrededor—. ¿El amigo que te manda mensajes y te hace reír desde las siete de la mañana?
—No es de tu incumbencia —dije. Y me volteé hacia mis brownies porque los brownies no hacen preguntas impertinentes.
Silencio de tres segundos. Luego:
—Deberías meterte a un gym, ¿sabes? Si vas a aspirar a algo mejor que un vejete con dinero, conviene trabajar en eso.
Puse la manga pastelera sobre el mesón con una delicadeza que no sentía por dentro.
Me volteé despacio. Lo miré. La cinta amarilla nos separaba con sus colores de precaución que en este momento me parecían proféticamente acertados.
—Perdón —dije, con una dulzura tan elaborada que tenía glaseado encima—. ¿Dijiste algo?
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Editado: 24.06.2026